Recuerdos

Madrid, 3 de abril de 1939. La guerra había terminado. Andrés regresaba a casa tras tres largos años de horror y desesperación. Tenía veintisiete años, pero aparentaba casi cincuenta; la piel ajada, envejecida; la mirada perdida y triste; las manos llenas de callos, heridas y cicatrices; la ropa destrozada, las suelas de los zapatos llenas de agujeros…

Ya, por fin, había terminado todo. Volvía con su familia. Conducía el Jeep de su amigo Carlos, fallecido en la contienda. Utilizaba el coche a modo de taxi, llevando a varios de sus compañeros de batallón hacia sus hogares. Los iba dejando en sus casas, uno a uno, recorriendo la geografía española. Cada uno vivía en una parte de la península, uno en Galicia, otro en Albacete, otro en La Rioja y otro en Madrid. Ya solo quedaba él. Había dejado al último en Madrid y regresaba a su casa. Llevaba varios días recorriendo las carreteras de España y estaba muy cansado, agotado, extenuado. 

Habían sido tres años de lucha intensa, de tensión. Tres años sin dormir, sin apenas comer, en estado de alerta continuo. Quería llegar a su casa y dormir, dormir mucho, dormir durante semanas. Reencontrarse con su mujer, con su familia, con sus amigos. No sabía nada de ellos desde hacía tiempo. No sabía si estaban vivos o muertos. Aunque, en realidad, eso poco le importaba. En ese momento, lo único que quería era llegar a casa y descansar. Lo necesitaba. 

Iba por la carretera y veía soldados de uno y otro bando volviendo a casa caminando, desde donde les hubiera tocado terminar la guerra, hasta sus hogares. Él tenía la suerte de contar con un coche. Sin embargo, no se dio cuenta de que se estaba quedando dormido mientras conducía. Se había relajado tanto solo de pensar que ya no estaría más en alerta, que se quedó dormido al volante. El sonido de un claxon le sobresaltó y consiguió dar un volantazo y esquivarlo. Pero seguía teniendo mucho sueño. Debía parar, aunque solo pensaba en llegar a su casa. Se hizo de noche y el cansancio hizo aún más mella en él. Comenzó a tener alucinaciones. Vio a una joven en la carretera que le hacía señas para que parase. Pero no lo hizo. Siguió adelante. Solo quería volver a casa. Hizo caso omiso a su señal. Siguió adelante. Era de noche y no se percató de que había aceite derramado en la carretera de otro accidente anterior. Perdió el control, se salió de la carretera y cayó por un precipicio. Murió. 

Andrés sintió cómo se separaba de su cuerpo y viajaba por el aire. Flotaba. Se movía de un sitio para otro con rapidez, pero no podía controlar hacia dónde iba. Acabó en una casa en algún lugar desconocido. En la alcoba había un matrimonio haciendo el amor. Andrés los miraba sin saber muy bien por qué. No sabía qué hacía ahí ni cómo había llegado. De repente, sintió una fuerza irresistible. Su alma empezó a girar alrededor de sí misma como si fuese un huracán, se hizo cada vez más pequeña y se introdujo dentro de la mujer, al mismo tiempo que marido y mujer gritaban de placer. A los nueves meses, nació un niño al que pusieron por nombre Andrés. 

Pasaron los años y el niño se hizo adulto. Era el 3 de abril de 1966. Él y su familia vivían en un pueblecito de Toledo. Tenía que ir a Madrid. Trabajaba en el ayuntamiento y de vez en cuando tenía que hacer algunos recados fuera del municipio. Normalmente, las cosas importantes las hacía el propio alcalde directamente y solo le mandaba a hacer gestiones a localidades cercanas o, como mucho, a Toledo ciudad. Pero, en esta ocasión, había tenido que ceder esa responsabilidad a Andrés, pues su mujer estaba gravemente enferma y tenía que ir a Madrid a recoger unas medicinas. Le prestó su coche y Andrés se marchó sin demora al amanecer. Cumplió el encargo sin problemas, aunque con algo de retraso, pues se perdió a su llegada a la gran ciudad. Estaba todo preparado. Fue al lugar convenido a coger las medicinas y emprendió el camino de vuelta. Todo debía hacerlo en el mismo día. Ya iba tarde, por haberse perdido por la mañana, y volvió a perderse por la tarde, con lo que al final se le hizo de noche y no sabía muy bien dónde estaba ni cómo volver a casa. Se paró en el arcén de la carretera. Miró el mapa, pero estaba tan cansado que no se enteraba de nada y no quería retrasar más la vuelta. Así que siguió adelante, sin saber hacia dónde le llevaría la carretera. Fue dando vueltas de un camino a otro. Pasaba el tiempo y cada vez estaba más cansado. Pensaba en la pobre mujer que tenía que recibir sus medicinas y en la bronca que le echaría el alcalde por llegar tan tarde. Entre el cansancio y el nerviosismo no conducía bien. Lo hacía erráticamente. No sabía lo que hacía ni hacia dónde se dirigía. Él solo quería llegar a su casa lo antes posible. 

Al igual que pasara años atrás, Andrés vio a una joven en la carretera haciéndole señales para que parase. Pero no le hizo caso. No podía demorarse más. Además, le habían hablado de personas que se hacían pasar por autoestopistas y luego atracaban a los pobres conductores que paraban para socorrerles. Así que, al igual que ocurriera exactamente en ese mismo punto y exactamente veintisiete años antes, pasó de largo, perdió el control del vehículo, cayó por el precipicio y murió. Y, al igual que ocurriera con su vida pasada, su alma se separó de su cuerpo, flotaba en el aire y viajaba por carreteras y pueblos hasta llegar a un lugar desconocido para él. Volvió a repetirse la misma escena. Se encontró en el dormitorio de un matrimonio haciendo el amor. Se quedó embobado mirando hasta que su alma empezó a girar y a hacerse cada vez más pequeña, introduciéndose en el cuerpo de la mujer al mismo tiempo que el matrimonio alcanzaba el clímax. La historia se repitió exactamente de la misma manera. Nueve meses después, nació otro niño al que pusieron por nombre Andrés.

Pasaron los años y el niño creció. Era el 3 de abril de 1993. Andrés se había ido de camping con su novia y otra pareja a un lugar recóndito. Salieron de la carretera y entraron en un camino de tierra. Se adentraron todo lo que pudieron y allí acamparon. Después de un buen rato de borrachera y sexo desenfrenado se hizo de noche y el grupo de amigos quería cenar. Se habían dejado la comida en la casa de uno de ellos; así que no tenían nada que llevarse a la boca. Lo echaron a suertes y le tocó a Andrés ir al pueblo más cercano a por algo para comer. La condición era que tenía que ir solo, de noche, por aquel lugar desconocido. Andrés aceptó el juego. Cogió las llaves, fue andando haciendo eses hasta el coche, se metió dentro a trompicones, dándose un golpe en la cabeza con el marco de la puerta. No era capaz de meter la llave en el contacto. Le daba con la mano una y otra vez, pero se desviaba unos veinte centímetros. No atinaba a meter la llave. Sus amigos se reían de él, llamándole borracho, mientras estaban tirados en el suelo partiéndose de risa. Finalmente, consiguió meter la llave en el contacto. Arrancó el coche, dio la vuelta, siguió por el camino de tierra y salió a la carretera. Conducía muy despacio debido a la ingente cantidad de alcohol que había tomado. No conocía el lugar y no veía con claridad. Puso la música a todo volumen, cantaba a gritos y daba golpecitos al volante al son de la música. Se frotaba los ojos con la mano, echándose el flequillo hacia atrás y, de paso, se sujetaba la cabeza, porque veía borroso y le costaba fijar la vista. Se echó hacia adelante, pegando la barbilla al volante, agarrándolo bien fuerte con las dos manos, con los ojos achinados y la boca abierta, por si así conseguía ver mejor. 

A lo lejos, vio una figura blanca en la carretera. Estaba en el arcén derecho. Levantaba los brazos, como indicándole que se parase o que aminorase la marcha. Andrés conducía bastante despacio. No entendía por qué esa chica le decía que parase. Quizá le había pasado algo y necesitaba ayuda. Pero él no estaba en condiciones de socorrer a nadie. Si había habido algún accidente, estaría cerca la policía. Él estaba borracho. Lo detendrían. Por lo menos, triplicaba la tasa máxima de alcohol permitida y seguramente eso era delito. Iba a ir a la cárcel. Decidió pasar de largo y no parar. Como conducía muy despacio, podía verlo todo con más o menos con claridad, a pesar de estar ebrio. Se trataba de una chica joven; iba vestida de blanco; llevaba algo así como un camisón o un vestido largo; tenía el pelo negro y largo que tapaba la mitad de su cara. Se fue acercando poco a poco a ella. La chica le miraba y le hacía gestos con la mano, indicándole que parase. Andrés se horrorizó al ver que no tenía rostro. Podía ver su cuerpo, pero no podía ver ni su cara ni sus pies. Estaba como suspendida en el aire, flotando. Entró en pánico y aceleró todo lo que pudo, al mismo tiempo que daba un grito desgarrador. El coche patinó a apenas unos metros de la chica, perdió el control y cayó precipicio abajo. Murió.

Al igual que ocurriera las veces anteriores, el alma de Andrés se separó del cuerpo y comenzó a viajar por campos, pueblos y carreteras hasta llegar a otro lugar donde había una pareja en una tienda de campaña en medio del campo, como había estado él mismo apenas un rato antes. Su alma atravesó la tienda de campaña y ahí estaba mirando atónito a la pareja haciendo el amor. Su alma comenzó a girar sobre sí misma, como un huracán, haciéndose cada vez más pequeña y metiéndose dentro de la mujer, en el mismo instante en que la pareja tenía el orgasmo. Nueve meses después, nació un niño al que pusieron por nombre Andrés. 

Pasaron los años y Andrés se hizo adulto. Había tenido una vida absolutamente normal. Una infancia y una adolescencia de lo más normales. Sin embargo, en los últimos meses había estado teniendo pesadillas, sueños extraños y visiones que no le dejaban dormir bien. Soñaba con una chica espectral en una carretera en mitad de la noche. Una chica suspendida en el aire a unos centímetros del suelo, sin pies ni rostro, con un vestido blanco y una larga melena de color negro que le tapaba media cara. La típica chica de la curva. Le hacía gestos con la mano para que parase. Pero él pasaba de largo y acababa teniendo un accidente. Moría y al instante estaba en otra vida, sin recordar nada de la anterior. Era un sueño recurrente. Se despertaba sudando y asustado. Los sueños eran tremendamente reales. A veces, cuando se estaba afeitando en el baño de su casa, se miraba al espejo y le parecía ver a la chica espectral. Se daba la vuelta y no estaba. Pensaba que se estaba volviendo loco y acudió al psicólogo. 

Estuvo varios meses de sesiones. El psicólogo le sometió a regresiones para intentar averiguar a qué podía deberse esos sueños recurrentes tan extraños. Con las sesiones de regresión, recordó todo lo que veía. Poco a poco, iba perfilando lo que parecía ser recuerdos de vidas pasadas. Todas las sesiones eran grabadas en vídeo. Andrés las veía una y otra vez. Ya no eran sueños, que podía recordar con mayor o menor precisión o, incluso, olvidarlos por completo. Con cada regresión iba recordando cada vez más cosas. Recordaba su supuesta primera vida pasada; el horror de la guerra, los disparos, las bombas, la muerte, cómo su amigo Carlos murió a su lado en el frente al caerle encima una bomba de mano. Recordaba el viaje en carretera, recorriendo miles de kilómetros dejando a sus compañeros en sus casas. 

Recordaba el viaje que hizo a Madrid desde Toledo para buscar unas medicinas; cómo se había puesto nervioso y se había perdido. 

Recordaba, también, la noche de cámping y cómo se aterró al ver a la chica de la curva. 

Con cada sesión iba recordando cada vez más y con mayor nitidez detalles de la vida de todos y cada uno de ellos. Veía con total claridad cómo habían sido sus muertes. 

En un primer momento, no se dio cuenta de que el lugar era el mismo. Solo veía un tramo de carretera, de noche, pero nada especial que indicase de qué lugar se trataba, una señal, un árbol, una roca, un punto kilométrico… algo que pudiera identificar cada lugar. De vez en cuando, cogía el coche y buscaba carreteras que estuvieran en medio del campo, para ver si conseguía dar con alguna de ellas. Se pasó meses intentando averiguar qué lugares eran aquéllos. 

Buscó personas que pudieran ayudarle, parapsicólogos, médiums e investigadores de lo paranormal. Lo único que consiguió fue que le sacaran el dinero. 

Hasta que un día una joven llamó a su puerta.

—Hola, me llamo Rosa. He recibido un email donde se me cita para una entrevista de trabajo —le enseñó el email.

—Perdona, debe tratarse de un error. Yo no doy trabajo a nadie. Es verdad que pone mi nombre y mi dirección, pero yo no te he enviado eso. Quien sea, te ha gastado una broma.

—Vaya —dijo, apenada—. Vengo de muy lejos. ¿Te importaría si paso al baño y me das un vaso de agua, por favor? Te lo agradecería.

—¡Claro! Pasa —Una vez que la chica había bebido agua, le preguntó—. Bueno, y, ¿cómo es eso de que te presentas así a una entrevista de trabajo sin comprobar nada? No sé, a mí no se me ocurre —En ese momento, la chica agachó la cabeza, sonriendo, y se le echó el pelo sobre la cara, una larga melena negra. Andrés reconoció de inmediato esa figura. Le recordó a la chica espectral de sus visiones—. En serio, ¿quién eres y qué haces aquí?

—Está bien. Me llamo Rosa y soy clarividente. 

—¡Venga ya! —Dijo Andrés, en tono enfadado.

—Nadie me ha mandado el email. No sabía cómo acercarme a ti y se me ocurrió eso. Tienes sueños extraños recurrentes, ¿verdad? Algo a lo que no le encuentras explicación. ¿Recuerdas ya tus vidas pasadas? —Andrés no salía de su asombro—. Yo, al principio, tampoco lo recordaba. No quiero parecer loca por lo que voy a decir, pero creo que yo soy la chica de la carretera que ves en tus sueños.

—¿Perdón? —dijo Andrés, atónito. 

—Llevo toda la vida con imágenes de vidas pasadas. Tengo un accidente, salgo a la carretera a buscar ayuda y tú pasas de largo. No me socorres. Te sales de la carretera y te mueres. Andrés, no son sueños. Es real. 

—Pero, ¿qué me estás contando, Rosa de mi alma? —dijo Andrés con ironía.

—Se acerca el momento, si no le ponemos remedio, moriremos los dos, de nuevo. Estamos condenados a repetir la historia una y otra vez. 

—¿Con qué finalidad?

—Para estar juntos el resto de nuestra vida.

—Eso te lo acabas de inventar. 

—Piensa, Andrés. ¿No me reconoces? Recuerda. Me conoces. ¿Quién soy?

Andrés la miraba estupefacto. No sabía qué responder. Rosa se acercó a él, se situó a su espalda, le tapó los ojos con las manos y le susurró al oído «recuerda». Andrés sintió sus manos, su cuerpo pegado al suyo, su olor… Respiró profundamente y dijo:

—¡Eres mi mujer! —gritó sorprendido.

De repente, le vinieron a la mente decenas de imágenes de su vida pasada con ella, de su primera vida pasada. Recordó cuando volvía de la guerra, la chica que se encontró en la carretera y que había tenido un accidente era su mujer. ¡Y no la había reconocido! ¡¿Cómo era posible?! ¡¿Cómo no reconoció a su mujer?!

—Debemos volver al mismo punto, al pasado, a esa carretera y deshacer todo esto. 

—¿Por qué? Podemos quedarnos aquí y empezar una vida juntos. Si volvemos al pasado, en este presente alternativo ya no existimos. 

—En este presente volveremos a morir. Tenemos que regresar. Hoy es tres de abril. Tenemos que irnos. En un rato se hará de noche. 

Andrés, sin saber muy bien por qué, se dejó llevar y acompañó a Rosa. Por un lado, quería que se terminasen las pesadillas, pero, por otro, no le hacía mucha gracia eso de dejar de existir. Aun así, se fue con ella. Sentía una fuerza irresistible, como si hubiera perdido la voluntad, como si le hubiera hipnotizado.

A medida que iba avanzando por la carretera iba reconociendo el camino. Aún era de día y podía apreciar el paisaje. Era una carretera secundaria de doble sentido sin arcén, rodeada de árboles frondosos. Rosa aminoró la marcha y se fue adentrando poco a poco en el paraje que ya sí que le resultaba familiar. 

—¡Es aquí! ¡Es éste el sitio! —gritó Andrés, emocionado—. ¡Es aquí! ¡Para!

Rosa paró el coche fuera del camino y ambos se bajaron. Andrés seguía emocionado. Le estaban viniendo a la cabeza decenas de recuerdos, uno tras otro, como en una película. Iba de un sitio para otro, nervioso, diciendo cosas del estilo de «recuerdo este árbol y esta roca; el aceite vertido en la carretera estaba aquí». Entonces, vio un hueco donde no había árboles, justo donde la carretera tomaba la curva. Había una pequeña valla de protección, pero no era más que un quitamiedos que de poco protegería en caso de una fuerte colisión. Se asomó y vio el precipicio. Se quedó inmóvil y sin palabras. Miró a Rosa. Ambos asintieron sin decir una sola palabra y volviendo a mirar al vacío. 

—¿Y ahora? ¿Qué debemos hacer? —preguntó Andrés. 

—Esperar.

Se sentaron en una pequeña roca en la boca del precipicio y esperaron a que se hiciera de noche. La espera se hizo larga. Permanecieron en silencio, en alerta, pendientes de todo ruido, movimiento y sensación. Refrescaba. Durante varias horas no pasó absolutamente nada, ni siquiera pasó un solo coche por aquella solitaria carretera. A eso de la una de la madrugada comenzaron a sentir una ligera brisa un tanto extraña y apareció una bruma. La imagen que tenían ante sí era como si de una película vieja se tratara, como si estuvieran en el cine viendo una película de los años treinta corroída por el paso del tiempo. Vieron con toda claridad cómo un coche antiguo, de los años veinte, todo destartalado, viejo y descolorido, iba perdiendo aceite. El coche hacía mucho ruido y se paró. Una joven se bajó del mismo y se agachó a mirar los bajos del vehículo para comprobar la pérdida de aceite. En ese momento, pasó un camión a toda velocidad y se la llevó por delante. El camionero se bajó, vio el cadáver de la chica, se asustó, se volvió a meter en el camión y salió corriendo. El cadáver de la joven quedó en medio de la carretera, muy cerca de donde estaban Andrés y Rosa, presenciándolo todo sin poder hacer nada, pues eran unos meros espectadores. La carretera estaba llena de charcos de aceite y de la sangre de la joven atropellada. Vieron cómo el alma de la chica se desprendía del cuerpo inerte y flotaba en el aire. Se oía el ruido de otro vehículo que cada vez estaba más cerca. El espectro de la joven se acercó a ese otro coche, un Jeep, y le hizo gestos para que parase. El conductor del vehículo dio un volantazo, el coche resbaló y se salió de la carretera. Andrés y Rosa sintieron cómo el coche les atravesaba y ambos giraron el cuello y miraron hacia atrás, siguiendo con la mirada el recorrido del vehículo dando vueltas de campana precipicio abajo. El espectro de la joven se asomó al precipicio y reconoció de inmediato al hombre que había dentro. Era su marido. Al instante, apareció el alma de Andrés, flotando, al igual que ella. Sin embargo, esta vez era diferente, el alma de Andrés no se marchó en busca de una reencarnación, como ocurrió la primera vez y todas las posteriores. Algo había cambiado. El Andrés del siglo veintiuno debería haber muerto, pero no lo hizo, porque estaba parado en el momento exacto del accidente, no estaba dentro del coche, no vio a la chica de la curva mientras conducía. Algo había cambiado. 

De repente, sucedió algo extraño. Como si de una película se tratara, la escena vuelve hacia atrás, paso a paso. La vida se rebobinó. El Jeep volvió a aparecer marcha atrás desde el precipicio hacia la carretera y se alejó por donde vino, el camión dio también media vuelta y la joven que estaba agachada en la carretera se levantó y se metió en el coche. Y, nuevamente, la escena hacia adelante, pero, esta vez, ya era distinta. La chica, al ver que el coche estaba estropeado, lo aparcó fuera de la carretera y se bajó. En vez de agacharse, se quedó apoyada en la puerta del coche, esperando a que pasase alguien. Vio aparecer un camión, pero éste pasó de largo. Y después apareció el Jeep. Le hizo señas para que parase y éste paró y se bajó. 

Ambos se reconocieron al instante y se fundieron en un largo abrazo, mientras lloraban acaloradamente. Habían sido tres años muy duros, separados, sin tener noticias el uno del otro, sin saber si el otro estaba vivo o muerto. Al rato, una vez pasada la emoción del momento, se montaron en el Jeep y se fueron juntos a casa. La bruma desapareció y la noche volvió a quedar como antes. Andrés y Rosa se miraron perplejos. 

—¿Y nosotros qué? —preguntó Andrés al aire, mientras miraba a Rosa—. ¿Pero esto no era una vida anterior? Si no se han muerto. ¿Y yo ahora qué soy? ¿Me voy a morir, ya estoy muerto o qué?

Miró a Rosa y vio que estaba con los ojos cerrados, sentada en el suelo, en la postura de meditación, completamente inmóvil y en absoluto silencio. Al rato dijo:

—Todo ha terminado. La maldición se ha deshecho. Ya somos libres. Tú y yo somos sus descendientes, no sus reencarnaciones. 

—¿Somos familia?

—Un poquito lejana. 

—Entonces, tú y yo podemos tener un affaire, ¿no?

—Pues, mira, sí. ¿Tienes planes para esta noche?

***

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Foto: Pexels.

© Copyright 2021. Todos los derechos reservados. Alicia Zumajo Fuentes.

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