María José salió del trabajo a las cinco de la tarde, como llevaba haciendo día tras día desde hacía quince años. Su casa no estaba lejos, así que hacía el recorrido andando, hiciera el tiempo que hiciera. En esta ocasión, era una preciosa tarde primaveral. Se oía el cantar de los pájaros y los niños jugando y correteando por todas partes. Llevaba una chaqueta en la mano. Hacía calor, la temperatura había subido varios grados de golpe. Invitaba a caminar. En vez de irse a su casa, decidió dar un paseo; un poquito de vitamina D nunca venía mal.
Había un grupito de niños muy pequeños jugando a la pelota. Uno de ellos, chutó fuerte y la sacó a la carretera. Otro de los niños iba corriendo detrás de ella, saliéndose del parque. María José se apresuró a parar al niño, impidiéndole que pasase de la acera y se acercó a coger ella la pelota. En ese momento, pasó un coche a gran velocidad y la arrolló.
El escándalo que se formó fue muy grande. El lugar se llenó de gente. Todo el mundo quería cotillear, saber qué había pasado, cómo estaba la accidentada y grabarlo todo con los móviles para subirlo a redes sociales. Conducía el coche una chica muy joven. Llevaba muy poco tiempo conduciendo; aún tenía puesta la L en la parte trasera del vehículo. Se encontraba en shock del susto. Se le pasó enseguida, al ver que María José se levantó y no parecía que estuviese herida. Al principio, le costó levantarse del suelo y cojeaba un poco. Se encontraba a varios metros del coche, debido al golpe. Se sacudió la ropa y recogió sus cosas: la chaqueta, el bolso y el móvil. La pantalla del teléfono estaba negra y completamente rajada. Intentó encenderlo, pero no hubo manera, se había roto del impacto.
La policía y la ambulancia llegaron enseguida. Los médicos le hicieron un chequeo rápido y comprobaron que no tenía nada grave. Insistieron en llevarla al hospital para mirarle el tobillo, pero María José decía que se encontraba bien y que solo quería volver a casa, que solo necesitaba descansar. Les convenció de que si se encontraba peor, iría al hospital.
Atendió también a la policía, dando cuenta punto por punto de todo lo que había pasado. Lo único que le preocupaba era el móvil, que se había roto y quería que alguien se lo pagara.
Al final, la ambulancia se fue, la policía también y el gentío se fue disolviendo. María José se sentó en un banco del parque. Le dolía el tobillo y no estaba muy segura de si sería capaz de llegar a su casa caminando. Les había dicho a los médicos que estaba bien, pero no era cierto. Su problema era que tenía fobia a los médicos, a los hospitales y a todo lo que estuviera relacionado. Le aterraba ir a un hospital. Se sentó en un banco del parque a descansar, esperando que se le pasase un poco el dolor y la inflamación. Se le había puesto el tobillo al doble de su tamaño. Pensó que lo mejor era sentarse un rato y luego ir a casa tranquilamente, cuando pudiera levantarse.
Al principio, la gente la miraba. Pasaban por delante de ella, mirándola y haciendo comentarios, pero nadie se acercó y le preguntó si estaba bien o si necesitaba ayuda. Pasó un largo rato allí sentada, sola en el banco, mirando a la gente pasar y los niños jugar. No podía hacer otra cosa, el teléfono se le había roto y no se podía levantar. Pasó el tiempo y el parque se fue vaciando poco a poco. Los niños y sus padres se fueron marchando. De vez en cuando, pasaba algún grupo de adolescentes y llegó un momento en que ya no pasaba nadie, solo los perros acompañados de sus dueños, que estaban absortos con el móvil. Les podría haber caído una bomba al lado y no haberse enterado.
Se había hecho de noche. Estaba cansada y se quería ir a casa. El dolor empezó en el tobillo, pero iba subiendo por la pierna y cada vez era mayor. Cerró los ojos y respiró hondo. Tenía que concentrarse para sacar fuerzas y salir de allí. Al abrirlos, vio a una persona delante.
—¡Papá! —gritó desconcertada—. ¿Qué haces aquí?
—Me he enterado de lo que te ha pasado.
—No me ha pasado nada. Estoy bien.
María José y su padre hacía años que no se veían. Así que estuvieron hablando largo y tendido. La que más hablaba era María José. Quería contarle a su padre todas las cosas que le habían pasado en los últimos años. Estaba muy animada. Pensaba que, así, conseguiría vencer al dolor. Su padre prácticamente no decía nada, solo la escuchaba, la dejaba hablar y que se desahogara.
Había momentos en que lo miraba y le daba la sensación de que parecía más joven de lo que era en realidad. Era como si tuviera veinticinco años menos. Aparentaba unos cincuenta o cincuenta y cinco años, lo que no podía ser, porque tenía setenta y cinco. ¿Se habría hecho algún tipo de retoque y por eso tenía tan buena apariencia? Además, tenía muy buen porte: alto, delgado, bien vestido. A veces, le daba la sensación de que no era su padre y le miraba extrañada. Aún así, deseaba que fuera él y le seguía contando sus cosas. El dolor de la pierna se le iba pasando. Se encontraba mucho mejor. Hizo ademán de levantarse, pero su padre le dijo que no lo hiciera, que aún no era el momento. Lo dijo en un tono extraño, que la dejó aún más intrigada.
—¿Por qué no es el momento? El dolor se me está pasando. Ya puedo levantarme e ir a casa.
—Aún no. Debes esperar un poco más. Debes darle tiempo a las heridas para que sanen.
Hablaba de forma enigmática. Le miraba fijamente a los ojos. «¿Seguro que es mi padre?», pensaba María José.
A medida que iba pasando el tiempo se iba encontrando mejor. El dolor de la pierna iba remitiendo, pero comenzó a toser y a dolerle el pecho.
—¡Vaya! He cogido frío. Debería irme ya a casa. Es muy tarde. ¿Qué hora será? No tengo móvil y no sé qué hora es. El reloj también se me ha roto con el golpe.
—Aún no. No es el momento.
—¿Qué quieres decir con eso del momento?
—Solo tienes que esperar un poco más, hasta que llegue el momento. No te muevas de aquí.
Permanecieron un rato más, charlando amigablemente, aunque María José notaba algo extraño en toda esa situación. No era normal lo que estaba ocurriendo. Le miraba fijamente, intentando escudriñar sus pensamientos en sus ojos. ¿Seguro que era su padre? Era de noche y estaban solos en el parque. Hacía ya bastante tiempo que por allí no pasaba ni una sola persona, ni siquiera paseando a perros. Solía ser un parque bastante concurrido, de día y de noche. No era normal que no hubiese absolutamente nadie. Comenzó a mirar más allá del parque, a la calzada donde había sido atropellada varias horas antes. Tampoco había nadie en la calle, ni siquiera coches. ¿Qué hora sería para que no hubiese nadie en ninguna parte? Era una noche de primavera y hacía muy buen tiempo. A la gente le gusta salir. ¿Por qué no había nadie por la calle?
—Espérame aquí, ahora vuelvo.
Se levantó, le dio un beso en la mejilla y se marchó. María José se quedó sola en el parque. Completamente sola, sentada en ese banco en el que llevaba horas y del que, misteriosamente, por algún motivo u otro, no se podía levantar. No había ninguna fuerza física que le impidiese levantarse, pero era como si hubiese una fuerza que no era capaz de ver que le obligaba a permanecer allí sentada. Su padre le había dicho que le esperase, que enseguida volvía. Y eso hizo, esperarle. Le esperó durante un largo rato. Pero su padre no aparecía. Esperó, esperó y esperó. Miraba a su alrededor y no veía un alma, ni en el parque ni en la calle. Ni personas, ni perros, ni coches. Nadie. ¿Qué era aquello que estaba pasando? Todo era extraño. El dolor de la pierna se le había pasado por completo, con lo que pensó que podía levantarse y marcharse, pero, cuando hizo el amago de hacerlo, algo se lo impidió. Sintió una terrible presión en el pecho. María José cayó al suelo, retorciéndose de dolor. No podía moverse. No podía gritar. No podía pedir ayuda. No había nadie que pudiera socorrerla. Estaba sola en medio de la oscuridad, tirada en el suelo, retorciéndose de dolor, gritando en silencio. Se ahogaba. Tenía ganas de toser, pero no podía hacerlo. De repente, todo cesó. No le dolía nada, ni la pierna, ni el pecho. Nada. Se levantó y comenzó a caminar rumbo a su casa.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, no lo hizo en su cama, como ella pensaba. Estaba en el hospital, intubada. No podía hablar, ni respirar, ni moverse. Estaba inmovilizada en una cama de hospital. Miró hacia abajo y tenía la pierna escayolada. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Llegó una enfermera.
—¡Vaya! Ya te has despertado. Ya era hora. ¿Cómo estás? —María José debió mirarla con ojos de terror, porque enseguida la enfermera le dio las explicaciones que necesitaba oír—. Me llamo Amalia. Soy enfermera. Llevo cuidándote quince días. Estás en la UCI. Tuviste un accidente de tráfico. Estuviste muy grave. Has tenido varias operaciones, en la pierna y de corazón, que ha sido lo más complicado. Has estado en coma. Pero ya pasó todo. Ya solo queda que te recuperes. Tu madre y tus hermanos no se han movido de tu lado en todo este tiempo. En la sala de espera, claro, porque aquí no se puede pasar, solo te pueden ver de lejos por una ventana a la hora de las visitas.
María José empezó a entender lo que había pasado. Nunca estuvo en el parque tras el accidente. No se levantó por su propio pie tras el atropello. Nunca estuvo con su padre.
Comenzó a recordar. Su padre llevaba muerto décadas. Murió a los cincuenta y cuatro años de un infarto. Ahora, tendría setenta y cinco. Él tenía razón, no era el momento. No era su momento. No iba a irse con él. La acompañó en el momento más crítico de su vida, hasta que se estabilizó y la dejó continuar su camino.
María José lo entendió todo. Ya estaba tranquila y feliz.
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Foto: Pexels.
Maravilló relató
Estoy impaciente por el proximo..👍🏻
Muchas gracias!!! 😍