Sábado, nueve de la mañana. Darío, Marco y Jorge estaban en la puerta de la casa de Julián. Ana, su novia, les había dejado una copia de las llaves. Ella había pasado la noche fuera con una amiga para dejar a Julián solo, que no sospechaba nada. Los tres amigos estaban en el rellano de la puerta, riendo en silencio. No querían hacer ruido para no despertar a Julián antes de tiempo. Los tres iban vestidos de enfermera asesina, con el disfraz ensangrentado, bisturíes, jeringuillas gigantes, fonendoscopios, guantes de fregar, una gran peluca rubia y los labios pintados de un rojo extravagante. Sabían que estaban ridículos así vestidos y, más aún, con la barba, las piernas velludas y las espaldas anchas. Pero sabían que era un día para divertirse. No todos los días se casaba uno de la pandilla.
Finalmente, fue Darío quien cogió la llave de la casa. Hizo un gesto a los otros dos, poniendo el dedo índice sobre los labios, indicando que iba a abrir la puerta. Todo estaba preparado, solo había que abrir la puerta, entrar hasta el fondo lo más rápido posible y gritar mucho, para asustar a su amigo. Darío dijo en voz muy baja:
—Uno, dos —y gritó—… ¡y tres!
Los tres chicos entraron corriendo al grito unísono de:
—¡Secuestro, secuestro, secuestro!
Entraron hasta el fondo de la casa; uno entró en la cocina, otro se quedó en el salón y otro llegó hasta al pasillo. Estaban buscando a Julián. No sabían dónde estaba, si estaba en el dormitorio, en la cocina, si estaría despierto o dormido… Así que entraron los tres a la vez, se desplegaron y cada uno se dirigió a un sitio distinto de la casa para localizarle.
Darío cogió el bisturí gigante con su mano derecha y se abalanzó sobre la persona que había en el salón, gritando:
—¡Secuestro, secuestro! —Se echó encima de él y le tiró al suelo. Entonces, se dio cuenta de que no era Julián. Se levantó y se echó hacia atrás. Gritó, desesperado— ¡Ayudadme! —Había un hombre desconocido tirado en el suelo. No podía respirar, se estaba ahogando, se llevaba la mano derecha al pecho—. ¡Le está dando un infarto! ¡Llamad a emergencias!
Marco llamó a emergencias y Jorge lo único que consiguió decir, tras unos instantes de confusión, fue:
—Ésta no es la casa de Julián. ¿De dónde son estas llaves? ¿Cómo hemos podido abrir? —Salió al rellano y miró el número—. Estamos en otro piso.
—¡Jorge, coño, llama a Julián! —Gritó Darío.
Julián vivía en el piso de abajo. Subió corriendo por las escaleras. Apenas tardó un minuto. Estaba en pijama y descalzo, solo llevaba encima las llaves de su casa y el móvil. A los pocos minutos llegaron la ambulancia y la policía. El hombre estaba tirado en el suelo, en estado de semi-inconsciencia. Los tres chavales comenzaron a explicarle a trompicones a la policía lo que había sucedido.
—Es la despedida de soltero de Julián —dijo Jorge—. Nos íbamos a ir de fiesta. Su novia nos ha dado las llaves para que podamos entrar. Hemos entrado en esta casa por error, se lo juro. ¡Pero es que las llaves han funcionado! ¡No lo entiendo!
El policía cogió las llaves que tenía Jorge y las probó en la puerta. Abrían y cerraban a la perfección. Buscó las llaves del dueño de la casa. Estaban colgadas al lado de la puerta, en un llavero de pared recuerdo de Mallorca. Preguntó cuál era el piso de Julián y se dirigió a su casa con los dos juegos de llaves. Comprobó que ambos eran iguales y que abrían sendas puertas. Dio por buena la explicación de los chicos, que estaban consternados. Le dijo a Julián que debería cambiar la cerradura de su casa y poner una de seguridad, donde solo se pudieran hacer copias de las llaves con código, para que no pasasen este tipo de cosas.
Después de estabilizar a Manuel, que así se llamaba el dueño de la casa, los sanitarios de la ambulancia se lo llevaron al hospital. Estaba inconsciente. Los cuatro chicos, ridículos tal cual iban vestidos y con el susto tan grande que tenían encima, miraban cómo se lo llevaban. El policía colgó las llaves de Manuel en su sitio y cogió las llaves de Julián para cerrar la puerta.
Mientras tanto, Manuel en el hospital seguía inconsciente. El infarto había sido de consideración y tenían que operarle de urgencia para salvarle la vida. Había tenido complicaciones y había entrado en coma. Su cuerpo no respondía.
Sin embargo, su mente estaba muy activa. Pensaba con claridad. Era capaz de razonar, de recordar. Se había dado cuenta de que podía, incluso, actuar. Intentó salir de su cuerpo. No sabía cómo hacerlo, pero sabía que se podía hacer. Lo había visto en alguna película. Intentó levantarse de forma normal, como si fuese a levantar su cuerpo, y lo que hizo fue levantar su alma de la cama del hospital, separándola del cuerpo. Se vio a sí mismo a dos metros de distancia. Su alma estaba en el techo de la habitación y su cuerpo, inmóvil en la camilla, enganchado a un montón de aparatos que le mantenían con vida, con el corazón al descubierto y rodeado de un montón de personas, de las cuales solo veía la cabeza con el gorro verde. Ahora era libre. Podía ir donde quisiera. Podía hacer lo que quisiera. ¿Dónde podía ir? ¿Qué podía hacer? Sabía que en su nuevo «estado» podía ir donde quisiera, hacer lo que quisiera. Esta situación era completamente nueva para él.
Manuel llevaba una vida triste, apática. Hacía años que murió que su mujer y solo le quedaba su hijo. Sin embargo, éste no quería saber nada de él. Se marchó a vivir a Chicago y solo le llamaba por Navidad, en un conversación fría y corta, y no siempre le cogía el teléfono. Estaba solo. Siempre solo. Estaba muerto en vida. Estaba pagando su condena por lo que hizo años atrás. Cabía la posibilidad de que se muriese y no había podido enmendar su error del pasado. Debía hacerlo. Ahora podía. ¿Y si viajaba hasta Chicago? Tenía que ver a su hijo. Tenía que hablar con él. Tenía que explicarle qué es lo que verdaderamente pasó aquella fatídica noche en la que cambió sus vidas para siempre. Tenía que hacerlo. Ahora podía. Su alma podía viajar. Tenía que ir a Chicago y pedirle perdón a su hijo. Pero, ¿cómo lo iba a hacer? ¿Eso cómo se hacía? ¿Se lo imaginaba y ya estaba? Intentó recordar cómo se hacía, lo había visto en alguna película o en algún documental. ¿Cómo se hacía un viaje astral?
—Está bien, Manuel, concéntrate. Estás en el hospital. Tienes el corazón encima de una mesa. Confía en los médicos. Ellos te salvarán. ¿O quizá no? No pudieron salvar a Eloísa. No, debo darme prisa antes de que muera. Tengo que hablar con Antonio. Antonio. Antonio. ¿Dónde estás?
Manuel estaba tan concentrado en su hijo, Antonio, que, sin darse cuenta, su alma había viajado hasta su casa en Chicago. Ahí estaba, en su casa. Allí estaba, con su mujer y sus hijos. No podían verle ni sentirle. Pero él estaba ahí con ellos.
Se emocionó al ver a sus nietos, a los que no conocía. Vivían en una zona residencial, en una casa grande de dos plantas con jardín, como las de las películas. Se alegró de que a su hijo le hubiera ido bien en la vida, a pesar de haberle tenido como padre. Nunca le perdonó la muerte de su madre. Y no le faltó razón. Él la mató. Debía explicarle lo que sucedió realmente y pedirle perdón. Pero, ¿cómo hacerlo? Decidió hablarle, a ver si así le oía. Aún estaba durmiendo, debía ser el mejor momento.
—Antonio, Antonio. ¿Puedes oírme? Soy tu padre. Tengo que hablar contigo —Antonio dijo entre balbuceos, dormido, la palabra papá. Manuel se emocionó. ¡Le había oído! —Antonio, soy papá. He sufrido un infarto. Estoy en el hospital. Me están operando a corazón abierto. No sé si sobreviviré. Escúchame, tengo algo que decirte. Aquel día, cuando tu madre murió… —Antonio abrió los ojos. Manuel no sabía si despierto podría escucharle o no y, por un instante, dudó. Finalmente, prosiguió—. Fue un accidente. Yo no quería matarla. Había bebido, estaba agresivo, es verdad que la pegué un par de guantazos como solía hacer. Estaba borracho y cogí el coche. Estábamos discutiendo. Perdí el control, nos salimos de la carretera y nos estrellamos contra un árbol. Ella salió del coche. Tenía un golpe en la cabeza. Estaba sangrando y desorientada. Tropezó y cayó ladera abajo, rodando y dándose más golpes por todas partes. Yo intenté ir tras ella, pero para ayudarla. Era de noche, estaba borracho, con el golpe saltó el airbag y tardé en salir un poco, me había quemado la cara y no recuerdo mucho más. Salí a buscarla. Me caí, rodé por la ladera, al igual que ella. Y lo siguiente que recuerdo es que estaba en el hospital rodeado de policías y tú mirándome con cara de odio. Nunca más volví a beber.
Antonio siguió con los ojos abiertos. Estaba tumbado en la cama, junto a su mujer. Manuel no sabía realmente si estaba despierto o dormido. No hacía ningún movimiento, no decía nada. ¿Le habría oído? ¿Habría conseguido penetrar en su mente? ¿Habría recibido su mensaje? Tenía el semblante serio. Apretó la mandíbula con fuerza. Miró a su mujer y la abrazó. Ésta se despertó.
—¿Qué pasa, Antonio?
—No estoy muy seguro. He soñado con mi padre. Que venía a pedirme perdón y que se estaba muriendo.
—Será solo un sueño. Déjalo y duerme, que aún es temprano.
Al rato, sonó el teléfono. Antonio vio que se trataba de un número muy largo procedente de España. Se temió lo peor. Entonces, Manuel sintió un tirón fuerte hacia atrás, como una fuerza irresistible y volvió repentinamente a su cuerpo. Le estaban dando descargas eléctricas en el corazón. Volvió a estar en el hospital. Estaba vivo. No sabía cuánto tiempo había pasado. ¿Horas, días, semanas? Aún pasaría algún tiempo hasta que pudiera abrir los ojos. Cuando, por fin, pudo hacerlo ahí estaba su hijo. Prácticamente no podía hablar y apenas podía moverse. Estaba lleno de cables y de tubos por todas partes. Así que lo único que podía hacer era mirarle con emoción y con ojos interrogantes.
—Hola, papá. He venido en cuanto he podido —Posó su mano sobre su hombro, se acercó a él y, prácticamente en un susurro, le dijo—. Recibí tu mensaje —Se reincorporó y habló de una forma normal—. Tras el accidente no quise saber nada y me fui a Chicago. Nunca escuché tu versión de los hechos. Tengo amigos en la policía y ahora he podido ver el informe policial. Coincide con lo que me contaste la otra noche. Pero eso no cambia el pasado. Fue un accidente. ¿Y qué? Eso no cambia que nos maltrataras a ella y a mí durante años. ¿Dejaste de beber aquel día? Me alegro por ti. No puedo perdonarte. No se puede cambiar el pasado —Y se marchó.
Manuel se quedó solo, como siempre, como los últimos veinte años. Tenía ganas de llorar, pero no podía hacerlo, porque le dolía todo el cuerpo, a pesar de estar sedado. Si pudiera volver al pasado y cambiarlo todo… Si pudiera viajar en el tiempo y enmendar su error, tirar a la basura la primera botella y cortarse la mano tras la primera bofetada.
Comenzó a recordar cuando conoció a Eloísa. Eran tan jóvenes. Estaban tan ilusionados con la vida. Se casaron enamorados. Al poco de nacer Antonio, perdió su trabajo. No era una persona muy cualificada y no conseguía más que pequeños trabajos de corta duración y muy mal pagados. Con eso no podía mantener a su familia. Poco a poco, sin darse cuenta, comenzó a beber. El tiempo que estaba borracho no pensaba en sus problemas. Conseguía evadirse. Eloísa le recriminaba que bebiera tanto. Un día, él le dio una bofetada. Nunca olvidó su cara de horror. Aún así, comenzó a hacerlo cada vez con más asiduidad. No le gustaba que le dijera las verdades a la cara. Ella siempre tenía razón y llegó a odiarla por ello. Antonio, ya desde bien pequeño, mostró su fuerza y su carácter enfrentándose a él cuando pegaba a su madre, por lo que no pasó mucho tiempo hasta que comenzó también a pegarle a él. Y así durante años, hasta el día del accidente que todo lo cambió para siempre.
No quería recordar los malos momentos, solo los buenos, cuando eran felices. Quería volver al pasado. Al igual que ocurriera cuando estaba en el quirófano y pudo viajar astralmente hasta Chicago, se trasladó al pasado. Ya no estaba en el hospital. Estaba en su casa. Eloísa estaba embarazada, a punto de dar a luz. Manuel no pudo contener la emoción y comenzó a llorar sin poder parar, ante los ojos atónitos de su mujer, que no sabía lo que estaba pasando. Manuel no podía creer lo que estaba viendo: había vuelto al pasado, había viajado en el tiempo. La vida le había dado una segunda oportunidad. Podía arreglarlo todo. Nunca más. Ni una botella. Ni una bofetada. Fueran los que fueran los problemas, los superarían juntos. Lucharía por ellos.
De nuevo en el hospital, Manuel se despertó. Volvió a la realidad. Tomó conciencia de la situación. Era la misma cama, la misma habitación, la misma situación. Sin embargo, algo había cambiado. Podía recordar dos vidas paralelas. Recordaba la vida triste y gris, donde se emborrachaba y maltrataba a su mujer y a su hijo, hasta que los perdió a ambos y siguió viviendo muerto en vida durante décadas. Pero, también, podía recordar otra vida muy distinta. Nunca llegó a beber, ni a pegarles. Perdió el trabajo, sí. Durante un tiempo, tuvo trabajos esporádicos y mal pagados, pero esa racha un día terminó y consiguió encontrar un trabajo estable, aunque no le pagaban gran cosa. En esa otra vida, era feliz. Eloísa y Antonio estaban con él. Recordaba cómo Antonio se iba haciendo mayor, como conoció a su mujer, como vivían a caballo entre Chicago y Madrid, como había tenido a sus hijos, que son sus nietos. ¡Conocía a sus nietos! En ese momento, entraron en la habitación dos niños muy pequeños gritando:
—¡Abuelo!
Y detrás, Antonio con Eloísa.
—Vaya susto que nos has dado —dijo Eloísa.
Tuvo una sensación extraña en su interior, que le hizo revolverse un poco en la cama. Sintió como si saliese del interior de su cuerpo una ligera humareda que se disipó en unos segundos. Era su vida paralela que se esfumaba.
Manuel estaba feliz. Por fin, tenía la vida que siempre había querido, al lado de Eloísa y de Antonio. Había viajado en el tiempo y cambiado su vida. Había enmendado su error. La vida le había dado una segunda oportunidad.
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