Willy

Willy era un gato siniestro, o, al menos, eso era lo que pensaba Arancha, una niña de seis años, ingenua, asustadiza e imaginativa. Le daba miedo ir a casa de sus abuelos, una casa vieja y oscura. Y ahí estaba Willy, el gato. Le daba mucho miedo. Veía que hacía cosas raras. La familia solía reunirse en el salón, al final del pasillo, al fondo de la casa, dejando el resto de estancias a oscuras y dejando la puerta del salón abierta. Arancha se sentaba en el sofá, pero no podía evitar mirar hacia ese pasillo largo y oscuro, donde se veía el reflejo de los ojos de Willy. Incluso aunque no quisiera mirar, lo veía por el rabillo del ojo. Se asustaba. El gato siempre estaba ahí, a oscuras, en silencio, inmóvil. Se subía de un salto vertical a lo alto de un mueble en la esquina, justo donde el pasillo da un giro de noventa grados. Ahí estaba siempre Willy. Desde ahí podía controlar toda la casa, el salón, las habitaciones y la puerta de entrada. De vez en cuando, le oía bufar y Arancha se asustaba mucho. Se levantaba del sofá y se dirigía corriendo a agarrarse a las piernas de alguien, buscando consuelo. Sin embargo, lo único que encontraba eran risas por parte de sus abuelos, separándola de sus piernas y diciéndole que no tuviera miedo, que no pasaba nada, que Willy era así, que ésa era la naturaleza de los gatos. Esa contestación no convencía mucho a Arancha. Cuando le decía eso, ella siempre respondía lo mismo, que el gato que tiene su otra abuela no era así, que era mucho más amable, divertido, juguetón y no hacía esas cosas raras que hacía Willy. Sus abuelos siempre le contestaban lo mismo, que cada gato, al igual que las personas, tenía su propia personalidad y había que respetarla.

Estaba muy asustada. No le hacía mucha gracia estar ahí. Siempre que iba, lo hacía con su familia, de visita, con sus padres, sus tíos y sus primos. Normalmente, ir a casa de sus abuelos suponía pasar un día de fiesta, porque se juntaba toda la familia y ella jugaba sin parar hasta quedar extenuada. Pero esta vez era diferente, no estaban sus padres, ni nadie más de la familia. Su padre había tenido un accidente de coche y estaba en el hospital. Su madre estaba con él. Así que ella tenía que pasar unos días en casa de los abuelos. Se llevó sus juguetes y sus cosas para estar entretenida. Sus abuelos la trataban bien, le daban de comer, salían al parque a jugar… El problema era cuando estaban en casa. Willy era silencioso. Nunca se sabía dónde estaba ni qué podía hacer. Por eso, cuando Arancha estaba en casa, no se movía del salón. Se sentaba en el sofá y miraba fijamente hacia el largo pasillo oscuro. Da igual que fuera de día, siempre estaba oscuro. Se cerraban puertas y ventanas y solo había luz en el salón, que era donde siempre estaban. No podía apartar la mirada del pasillo. Se comportaba igual que el gato. Willy se pasaba las horas muertas subido al armario esquinero del pasillo, inmóvil, en silencio, vigilante. Solo se movía para ir comer, beber o afilarse las uñas. Luego, volvía otra vez a su sitio. Arancha lo miraba, pero no sabía si él hacía lo mismo o no, si le correspondía. No sabía hacia dónde estaba mirando. El pasillo estaba oscuro y solo veía los ojos prácticamente a la altura del techo. ¿Qué vigilaba Willy? ¿A quién o a qué bufaba? 

El primer día, Arancha se comportaba de una forma normal, jugaba, veía la televisión, se reía… Pero el comportamiento del gato la inquietaba. La primera noche le pidió a su abuela que durmiera con ella, porque le daba miedo el gato. La abuela accedió, pero le advirtió que solo lo haría la primera noche, las demás, tendría que dormir sola, que el gato no hacía nada. Aquella primera noche, le pareció oír ruidos en la casa. Oía los ronquidos de su abuelo, que estaba en otra habitación, y los ronquidos de su abuela, que la tenía al lado. Los ronquidos no la dejaban dormir. Sin embargo, oía otros ruidos que no sabía qué eran, como una respiración en el pasillo. Le pareció ver una sombra con forma humana en la puerta del dormitorio que rápidamente desapareció e, inmediatamente, oyó a Willy bufar y sintió cómo se abalanzaba sobre algo. Arancha estaba aterrorizada. Miraba a su abuela, que roncaba plácidamente. No se había enterado de nada. ¿Cómo no se había despertado con el ruido del gato? Encendió la luz de la mesilla de noche y se sentó en la cama. Así pasó el resto de la noche. 

El segundo día, estaba tan cansada por no haber pegado ojo en toda la noche, que se quedaba dormida a ratos. Se echó una siesta de varias horas por la mañana en el sofá y otra por la tarde de la misma manera. Sus abuelos, como la veían tan cansada, no quisieron llevarla al parque ese día. Así que pasó todo el día encerrada en casa con sus abuelos y el gato siniestro. Al caer la tarde, Arancha ya había dormido todo lo que necesitaba, así que estaba completamente despierta. De noche, la casa era más oscura aún, si cabe. No quería salir del salón. Cuando tenía ganas de ir al baño le pedía a sus abuelos que la acompañaran, los cuales accedieron, aunque un poco a regañadientes. Les oyó hablar con su madre y cómo le decían que la niña tenía un comportamiento extraño y que estaban preocupados por ella, que no había querido dormir ni salir a la calle. Arancha, al oír la voz de su madre al otro lado del teléfono, se puso a llorar. Quiso hablar con ella, pero no la dejaron. Lloraba y gritaba, diciendo que quería irse a casa, que le daba miedo el gato y la sombra de la habitación. Intentaron calmarla y le prometieron que volverían a dormir con ella por la noche. Y así fue. La abuela durmió con ella la segunda noche. Se durmió al instante y comenzó a roncar. Arancha intentó dormir, dejando la luz encendida, pero tenía mucho miedo, recordando lo que había visto la noche anterior. No quería quedarse a oscuras y ver de nuevo esa sombra ni escuchar al gato peleándose con alguien en el pasillo a altas horas de la madrugada. 

Consiguió quedarse dormida, pero se despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía si quedaba mucho tiempo para amanecer o no. Solo sabía que se había despertado, porque tenía una imperiosa necesidad de ir al baño. Intentó despertar a su abuela, pero le hablaba de una forma tan suave que no se despertaba. Así que se levantó lentamente, encendió la luz del techo, abrió la puerta intentando no hacer ruido, intentó buscar la luz del pasillo, pero no sabía dónde estaba, así que se tuvo que ir al baño a oscuras. Tenía mucho miedo. La puerta estaba cerrada, como todas las demás de la casa, intentó abrirla, pero el picaporte estaba muy duro. De repente, sintió cómo el gato bufaba, al mismo tiempo que una sombra le tocaba la espalda e, inmediatamente después, Willy se abalanzó sobre la sombra y la espantó desapareciendo frente a sus ojos, sin poder decir hacia dónde había ido. Desapareció de su vista, sin más. Se esfumó. Arancha empezó a gritar y sus abuelos se despertaron. La pobrecita se hizo pis encima, sin poder hacer nada por evitarlo. 

Sus abuelos no creyeron ni una sola palabra de la historia que les había contado. Al día siguiente, se lo dijeron a su madre por teléfono. Arancha quería hablar con ella. Necesitaba hablar con ella, sentir un abrazo, una palabra de aliento. Sin embargo, no recibió nada. Sus abuelos, nuevamente, no la permitieron hablar con ella. No eran personas especialmente afectuosas. No le daban abrazos ni besos, ni jugaban con ella, eran de otra época. Enseguida comprendió que no podía contar con ellos. 

Sin embargo, sí podía confiar en Willy. Se había dado cuenta de que no era malo. La había defendido en dos ocasiones. Podía confiar en él. Le seguía dando mucho miedo, porque ese comportamiento era muy extraño. Siempre estaba subido en el mueble del pasillo, a oscuras, sin moverse. Cuando bufaba se sobresaltaba, se asustaba mucho e iba corriendo a protegerse en las piernas de sus abuelos. Pero éstos le quitaban hierro al asunto y se desprendían de ella. 

Pasaron varias noches y siempre sucedía lo mismo. Había una sombra paseándose por la casa y Willy la mantenía a raya abalanzándose sobre ella. ¿Qué sería esa sombra? Poco a poco fue perdiendo el miedo a Willy. Estaba más tranquila. Dormía más, aunque no conseguía hacerlo toda la noche del tirón y siempre dejaba la luz de la mesilla de noche encendida, algo que no le gustaba a su abuela, que, finalmente, accedió a dormir todas las noches con ella. 

Durante el día, Arancha seguía mirando al gato. Le seguía por la casa, para ver dónde iba, qué hacía. Willy era escurridizo. Muchas veces no sabía dónde estaba y, en cuanto se descuidaba, estaba subido al mueble del pasillo, vigilando. En una ocasión, entró en la cocina y al ir a coger un paquete de galletas, Willy se abalanzó sobre ella y la atacó; acabó con toda la cara y los brazos llenos de heridas. Volvió a cogerle miedo. Ya le habían advertido sus abuelos muchas veces que no debía acercarse demasiado al gato ni hacerle carantoñas. El gato no era amigable y ella había estado varios días detrás de él. Al igual que hizo con la sombra, la mantuvo a raya a ella. Sin embargo, la seguía defendiendo. Todas las noches hacía aparición esa sombra negra, más oscura que la propia noche, y Willy se abalanzaba sobre ella. Noche tras noche la misma situación. «¿Cómo no se daban cuenta sus abuelos? ¿Estaban viviendo con una sombra negra y vivían tan agusto?» Pensaba Arancha.

Después de varios días viviendo allí, intentó hablar con su abuelo sobre el tema, pero enseguida cortó la conversación. No quería ni oír hablar de la sombra ni otras imaginaciones de una niña. Así que lo intentó con su abuela. También estaba muy reacia a hablar de la sombra, aunque zanjó la conversación de una forma menos arisca que su abuelo. 

Después de varios días, o, mejor dicho, de varias noches, viviendo la misma situación, a pesar de ser una niña muy pequeña y no tener el apoyo de nadie y sin saber a qué se enfrentaba, decidió plantarle cara a la sombra cuando hiciera su aparición, porque contaba con que Willy la defendiese llegado el momento. Como era de esperar, la sombra apareció y Willy estaba en alerta, esperando el más mínimo movimiento de la sombra para abalanzarse sobre ella. 

—Hola —le dijo Arancha a la sombra—. ¿Quién eres? ¿Por qué vienes todas las noches?

—Vivo aquí —respondió la sombra con voz de hombre—. Ésta es mi casa. 

—No —negó Arancha moviendo la cabeza y las manos al mismo tiempo—. Ésta es la casa de mis abuelos. Vete.

—Ésta es mi casa. No me iré —La imagen de la sombra se hizo más clara y pudo ver a un hombre mayor, a un anciano. 

—No es tu casa y molestas a mis abuelos. Vete.

—No molesto a nadie. Se molesta este gato, que no me deja en paz. No le hago nada a tus abuelos, ni a ti, ni a nadie. Ésta es mi casa. No me voy.

Acto seguido la sombra, que ya no era tal, se esfumó.

Al día siguiente, Arancha le contó a sus abuelos la experiencia que había tenido, transcribiendo toda la conversación mantenida con el supuesto fantasma, y esta vez sí que le hicieron caso. Sacaron de uno de los cajones del salón una caja de zapatos grande con un montón de fotos antiguas. Arancha reconoció al instante a esa persona en una de ellas. Su abuelo dijo que era su abuelo Raimundo, el que construyó la casa hacía muchísimos años. Ese señor era su tatarabuelo. Intentó aprender a pronunciar esa palabra, pero le costaba mucho, así que desistió y decidió llamarle «abuelo antiguo».

La sombra seguía apareciéndose por las noches, pero ya no tenía forma de sombra, sino que le podía ver casi como a una persona normal. Era el abuelo antiguo Raimundo. Willy seguía alerta, pero ya no se abalanzaba sobre él. Raimundo se paseaba por la casa durante un rato, haciendo ronda, como hacía todas las noches desde hacía décadas. 

Arancha ya dormía sola en la habitación. Había dejado de tener miedo. Raimundo le hacía compañía, le contaba fantásticas historias de otra época hasta que se quedaba dormida. Ya no tenía miedo ni a la sombra ni a Willy.

Llegó el día en que tuvo que volver a su casa y volver a la normalidad, cuando su padre salió del hospital. Después de todo, le dio pena marcharse y tener que despedirse de Raimundo y de Willy.

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