El psiquiátrico abandonado

Miguel era un fanático del misterio. Siempre estaba viendo vídeos en Youtube de personas que iban a lugares abandonados en busca de psicofonías. Él también quería hacerlo. Quería su momento de gloria. Quería captar un sonido, una imagen, subir el vídeo a internet, que se hiciera viral y, de paso, ganar algo de dinero. Se compró algunos aparatos para la ocasión: cámaras, micrófonos, grabadoras, detectores de movimiento, trípodes, linternas… el equipo completo. Cogió el coche, lo cargó y partió rumbo al psiquiátrico abandonado. Él solo. Era un valiente. 

Se fue de noche, pues dicen que es cuando mejor se captan las presencias paranormales. Cuando llegó dio un rodeo al edificio para ver en qué estado se encontraba y si había alguien en los alrededores. No quería encontrarse con nadie. Quería vivir una asombrosa experiencia paranormal en completa soledad en un lugar en ruinas. Estaba convencido de que allí, por fuerza, tenía que haber fantasmas, que él los iba a encontrar y que dejaría el momento inmortalizado en vídeo.

Inspeccionó la zona, mochila a la espalda con todo el aparataje. Entró por la que se suponía que sería la puerta principal, de la cual solo quedaba el marco. Primer obstáculo salvado, no había puerta. Enfocó al suelo, las paredes y el techo con la linterna más potente que se había comprado. Vio que estaba todo muy desmejorado y decidió ponerse el casco de obra, que también se había comprado para la ocasión, engarzó una linterna y una cámara de vídeo, especialmente diseñadas para ello. 

Se encontraba en el vestíbulo principal. Todavía quedaban restos del mostrador y alguna silla de la sala de espera. Miró a derecha e izquierda y en ambos lados había pasillos. Se dirigió al que estaba situado a su derecha, sin ningún motivo en concreto. Al poco de adentrarse en el pasillo, vio unas escaleras. Decidió subir. Lo hizo muy despacio, comprobando peldaño a peldaño que se encontraba en buen estado para poder hacerlo. Iba pegado a la pared, en vez de ir por el medio del escalón, pues pensó que la parte central debería estar más desgastada que la lateral y sería más fácil que se partiese. Ascendió lentamente y llegó a la primera planta. No había vestíbulo, pero sí una pequeña recepción. Supuso que se trataba del puesto de enfermería de la planta. Al fin y al cabo, aquello en su día había sido un hospital, donde habría médicos, enfermeras, visitantes y enfermos. Aquel edificio ahora destartalado un día tuvo vida. Miguel se imaginó cómo sería el día a día de las personas que allí estaban, siendo de día, con luces, puertas y ventanas en los marcos… En estas divagaciones estaba cuando oyó una fuerte ráfaga de aire y un portazo proveniente de la planta de arriba. Se sobresaltó, dio un respingo y se le aceleró el pulso. No sabía qué hacer. Miró a todos los lados sin moverse y sin hacer ningún ruido. Apagó la luz de la linterna del casco, no quería que nadie le viera. Se quedó quieto, a oscuras y en completo silencio. Quería sentir. Agudizó el oído. Sentía la brisa. No había prácticamente ni puertas ni ventanas, un grandísimo edificio de más de cien años, de cuatro plantas y miles de metros cuadrados en medio de la nada, en mitad del campo, lejos de todas partes. Así no se oían los gritos de los enfermos, los cuales muchas veces eran sometidos a torturas, como la lobotomía. Hacía algo de aire. Sin embargo, en la planta baja y en la primera, en la que se encontraba, no había restos de esa ligera brisa. El aire se percibía más en la segunda planta. Pensó que era lógico, pues estaba más alto y corría más el aire. Pensó que era algo normal y que no debía asustarse por ello. Además, él había ido a eso. ¿No quería encontrarse con lo paranormal? Pues ahora era el momento. ¿Y si no era solo aire? Estaba muerto de miedo. Pero había ido allí por una razón. Quería su vídeo viral, su foto. No debía tener miedo. Se volvió a oír la ráfaga de aire y el portazo en la planta de arriba. No había duda. Ahí había algo y tenía que subir. 

Subió lentamente las escaleras, temblando. No había encendido la luz del casco, con lo que no veía prácticamente nada, tan solo lo poco que dejaba vislumbrar la luz de la luna. Llegó a la segunda planta y asomó la cabeza por el pasillo, dejando el resto del cuerpo apoyado en la pared, pensando que, así, podría estar más protegido. La brisa era mucho mayor en la segunda planta que en las inferiores. Sentía el aire moverse a sus anchas por aquellos viejos pasillos. Oyó nuevamente el portazo y dirigió su mirada hacia el origen del sonido, pero no conseguía ver dónde estaba exactamente y qué era lo que lo provocaba. No le quedaba más remedio que acercarse. Fue andando lentamente pegado a la pared mirando a todas partes, asustado. Poco a poco, se fue acercando al final del pasillo, donde le esperaba un gran ventanal desde donde podía ver la luna en cuarto creciente. A través del gran ventanal del final del pasillo, entró otra fuerte ráfaga de aire y se volvió a oír el portazo. La puerta que se movía estaba al final del pasillo, la penúltima a su izquierda. Era la única puerta que había. En todas las demás habitaciones, solo quedaba el marco, al igual que en el resto del edificio. A medida que iba avanzando por el pasillo, miraba hacia adelante y hacia atrás constantemente, pero también miraba el interior de cada habitación por la que pasaba. Todas ellas tenían un aspecto tétrico, sin puertas, sin ventanas, sin muebles en su interior, las paredes caídas, llenas de pintadas, los cables colgando de lo que quedaba de techo, los cables de los enchufes fuera… Todo el inmueble tenía el aspecto normal de un edificio tras décadas de abandono. Estaba en ruinas y era peligroso. 

Continuó avanzando por el pasillo. Todas las estancias que iba dejando atrás tenían el mismo lamentable aspecto. Sin embargo, la penúltima estancia era diferente. Conservaba la puerta, aunque no tenía cerradura y estaba a merced del viento. Empujó levemente con el brazo la puerta, para poder ver su interior y enfocó con la linterna. La ventana del fondo tenía barrotes, pero no tenía cristales. Las paredes estaban prácticamente intactas. Aún conservaban restos del acolchado que se utilizaba para que los enfermos no se hicieran daño cuando se atacaban a sí mismos o cuando tuvieran algún brote psicótico. En un rincón a la derecha había un somier y una silla que aún se mantenía en pie. De repente, oyó la voz entrecortada y susurrante de una mujer que provenía del lado izquierdo de la habitación. 

— ¿Dónde está mi bebé?

Miguel enfocó con la linterna y vio el espectro de una mujer joven con el pelo largo tapándole la cara, una larga melena rubia. Aún llevaba puesta la camisa de fuerza. 

— ¿Has visto a mi bebé? —Volvió a decir la joven de una forma pausada, mientras ladeaba la cabeza hacia la izquierda, como si estuviera bajo los efectos de los medicamentos. 

Miguel estaba tan asustado que salió corriendo. Al llegar al final del pasillo, volvió a encontrarse con ella. 

— ¿Dónde está mi bebé? ¿Lo tienes tú? Dámelo. ¡Quiero a mi bebé!

Miguel continuó corriendo, pero allá donde iba se encontraba con ella, que le reclamaba a su bebé. No le quedó otra opción que contestarle. 

— No lo sé. 

— Ayúdame a buscarlo. ¡Quiero a mi bebé! — El espectro comenzó a llorar. 

— No sé cómo ayudarte. 

— Busca en los papeles.

Le indicó dónde debía ir para localizar los documentos de los enfermos. Se dirigió al sótano, a una sala muy pequeña al lado de la morgue. Al entrar no vio nada. La sala estaba completamente vacía. Ella le dijo que buscara bien, pero Miguel le insistía en que no había nada, que la sala estaba vacía. Le señaló una pared. Miguel no lo dudó ni un instante y fue en busca de algún objeto contundente con que romper la pared que le estaba señalando el fantasma de la camisa de fuerza. Encontró un trozo de pared grande y resistente y un tubo de hierro. Con eso empezó a golpear la pared hasta hacer un agujero lo suficientemente grande como para meter la cabeza y la linterna. Tras la pared, había una estancia muy pequeña que tenía un armario grande, una mesa y una silla. Al haberse levantado una pared, se conservaba todo en perfecto estado. Siguió rompiendo la pared hasta hacer un agujero lo suficientemente grande para poder entrar. Tras un rato de duro esfuerzo, lo consiguió. 

— Busca mi nombre, año 1922, María Teresa Moncada Fernández.

— ¿Moncada? —Preguntó Miguel muy sorprendido —. María Teresa Moncada Fernández. No puede ser. ¿Tú eres María Teresa Moncada Fernández? ¿María Teresa Moncada Fernández? —Se preguntaba a sí mismo insistentemente—. No puede ser. ¿1922? Pero… ¿qué te pasó? ¿Estabas aquí? ¿Moriste aquí? 

— ¿Has visto a mi bebé? 

— No, contesta a mi pregunta. ¿Cómo llegaste aquí? 

— Perdí a mi bebé.

— No, no lo perdiste. Recuerda. ¿Qué te pasó? 

— Mi marido me quitó a mi bebé. Dijo que estaba muerto, me lo arrebató de los brazos, me trajo aquí y aquí me quedé hasta el fin de mis días. 

— ¿Cómo se llamaba tu bebé?

— Eduardo.

— ¿Eduardo Medina Moncada? —el fantasma asintió—. No murió. Tu bebé era mi abuelo. Te dijeron que había muerto, porque enloqueciste al dar a luz. Por eso te trajeron aquí. 

— No, yo no estoy loca. Mi bebé murió. 

— No, María Teresa. Yo me llamo Miguel Medina y soy tu bisnieto. Tu bebé no murió. Enloqueciste.

— No, yo no estoy loca. Mi bebé murió. Yo lo vi. ¡Estaba muerto! ¡Lo tuve en mis brazos, muerto! No estoy loca. Yo lo vi. Mira bien en los papeles. 

Miguel buscó entre los papeles del armario. Estaba todo perfectamente colocado en carpetas por años. Cogió la carpeta correspondiente a 1922 y localizó el expediente de María Teresa. Ingresó ese mismo año a la edad de veinticuatro años. Había dado a luz a un niño llamado Eduardo. En el parto, había perdido mucha sangre. Tardó varias semanas en recuperarse. Sin embargo, su mente empezó a divagar. Comenzó a despreciar al niño. No quería cogerlo en brazos, no quería amamantarlo, ni cuidarlo, ni tranquilizarlo cuando lloraba. Se negaba a salir de casa, pensando que les ocurriría algo terrible, a ella y al bebé. Su marido la llevó al psiquiátrico con la esperanza de que pudiera sanarse. Sufría de brotes psicóticos que la evadían de la realidad. Tan pronto gritaba buscando a su bebé, como lo odiaba. Un día consiguió escaparse de la celda en la que estaba, la penúltima del pasillo, y llegó hasta la morgue, en el sótano. Allí estaba el cadáver de un bebé recién nacido de otra enferma del hospital. Lo cogió en brazos, pensando que era su hijo. Se encerró en la morgue y no dejaba que nadie entrara, mientras le lloraba al que creía que era su bebé muerto. Los médicos llamaron a su marido, que acudió al instante. Consiguió entrar en la morgue y le arrebató al bebé de sus brazos. No pudo soportar tanto dolor y acabó semanas después tirándose por la ventana, falleciendo dos días después a causa del politraumatismo sufrido.

A Miguel se le saltaban las lágrimas mientras leía en voz alta el expediente. A María Teresa le cambió la cara. 

— ¿Ese bebé muerto que tuve entre mis brazos no era mi hijo? —Miguel negó con la cabeza. El rostro de María Teresa se iba transformando por momentos. Cada vez tenía un mejor aspecto. Estaba recobrando la razón —¿Eduardo no murió?

— No, era mi abuelo —María Teresa empezó a llorar. Por un lado, de alegría al saber que su hijo no había muerto siendo un bebé y, por otro lado, de pena por haber enloquecido y no haberle tenido como madre.

— ¿Cómo fue su vida?

— Muy buena. Murió muy viejo. 

En ese momento, aparece un foco de luz en la habitación saliendo de la pared. Lentamente, sale de él Eduardo, más o menos con la edad de unos treinta años, ni como lo conoció su madre ni como lo conoció su nieto. Se apareció ante ellos en la edad de su mayor esplendor, como dicen que se aparecen los fantasmas. Miguel tiene unos lagrimones en la cara, que le nublan la vista y lo único que alcanza a decir es “Abuelo”. Hacía muchos años que no lo veía. 

Por su parte, María Teresa lloraba tanto que no era capaz de articular palabra alguna. Entonces, habló Eduardo.

— Mamá, creo que necesitas una explicación sobre lo que te pasó. No te volviste loca. Tuviste una enfermedad que entonces no se conocía. Era muy habitual que muchas mujeres enloquecieran al dar al luz y acabaran sus días en un psiquiátrico, habiendo sido sometidas a auténticas torturas. Me pasé años investigando sobre ello. Lo que tuviste fue una disfunción de la glándula tiroidea. Eso te provocó mucha debilidad física y la falta de algunas vitaminas y minerales, entre otras muchas cosas, generó como una especie de niebla mental, lagunas, lo que te originó inseguridad, miedo, y degeneró en una agorafobia. Ahora, se soluciona con una pastilla o, como mucho, con una operación quirúrgica. Pero entonces eso no se sabía. Eran otros tiempos. No estabas loca, nunca lo estuviste.

Eduardo le extendió la mano a María Teresa. Ésta la agarró con fuerza. Ambos se despidieron de Miguel. Se dieron la vuelta y la luz desapareció. Miguel se quedó solo en la salita oculta de la morgue, a oscuras, llorando como un niño. Enseguida se espabiló, se limpió las lágrimas y se marchó del edificio con la intención de no volver nunca más, pero con la satisfacción de haber ayudado a su bisabuela a cruzar al otro lado y poder, por fin, descansar en paz. Cuando se quitó el casco para meterse en el coche, se dio cuenta que la cámara había estado grabando todo el tiempo. Miró la cámara, miró el edificio, sonrió y borró la grabación. 

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