El escritor

Julio necesitaba desesperadamente escribir. Se había inventado una mentira de la que no sabía cómo salir. Llevaba varios meses en paro. No encontraba trabajo, ni siquiera hacía entrevistas. Estaba desesperado. Así que sin saber muy bien cómo, acabó en manos de un editor que había confiado en su palabra: le había dicho que era escritor. 

En realidad, no era del todo mentira. Siempre le gustó escribir. Desde muy joven mostró afición por la escritura. Escribía cosas adaptadas a su edad, pequeños cuentos infantiles o historietas de amigos en busca de un misterio. Pero pronto dejó de hacerlo. Sus padres y hermanos le dijeron que eso no era serio, que tenía la cabeza llena de pájaros y que se dejara de tonterías. Además, en el colegio y en el instituto tampoco le incentivaron demasiado a ello; al contrario, había que centrarse en asignaturas en condiciones: matemáticas, lengua, física… la literatura… sin pasarse. No estaba bien visto. Los escritores se morían de hambre y para hacer una gran novela había que pasar grandes calamidades, lo cual no era su caso, pues era un adolescente normal y corriente. Pasaron los años y estudió una carrera en condiciones, no literatura, ni bellas artes, ni nada de eso. Estudió económicas, que era lo que un hombre de bien debía estudiar. Así que entre su familia, el entorno educativo y la sociedad en general, Julio estudió lo que tenía que estudiar, trabajó en lo que tenía que trabajar y no se dedicó a “la tontería ésa de escribir”, como decían sus padres. Es decir, Julio se convirtió en un fracasado que nunca hizo lo que realmente quería. 

Escribía en soledad y ocultaba sus escritos. Nadie sabía que le gustaba escribir. Nunca lo habló con nadie, ni con su familia, ni con sus novias, ni con sus amigos, ni con sus compañeros de trabajo… con nadie. Era su gran secreto. No sabía si lo que escribía estaba bien o no, si podría gustar o no. Llevaba años escribiendo en silencio.

Como estudió una carrera que no le gustaba, no era muy bueno en su trabajo. No tuvo empleos que durasen mucho tiempo, porque sus jefes veían que no valía para el puesto. Al quedarse en paro y ver que pasaban los meses y no conseguía nada, se dio cuenta de que no iba a llegar a buen puerto. Desde siempre supo que ése no era su camino. No le gustaba la economía, ni los números. Él solo quería escribir. Inventar historias. Así que, con treinta y nueve años, se plantó delante del espejo y dijo: soy escritor. Cambió su curriculum, modificó algunas cosillas sin importancia, tales como cursos que no había hecho, empleos que nunca había tenido… Y un día le llamó un editor. Le dijo que quería leer una de sus novelas o que le diera los primeros capítulos de la que estuviera escribiendo. Julio entró en pánico. ¿Y ahora qué iba a hacer? Las cosas que tenía escritas eran absurdas, novelettes de adolescente o, incluso, infantiles, relatos de ciencia ficción, de crímenes donde fantaseaba con diferentes formas de matar a su jefe… Eso no podía presentarlo. Así que no tenía nada escrito. Le había dado un plazo. Pasaban los días y no era capaz de escribir una sola palabra. No sabía cómo se había metido en ese lío, por qué había mentido de esa manera. Él solo quería un trabajo, nada más. El editor le llamaba, le preguntaba si ya tenía algo, de qué iba la novela… ¡Ni siquiera sabía de qué iba! 

Se sentaba delante del ordenador día y noche, mirando la pantalla en blanco del procesador de texto. No era capaz de escribir nada. Se tomaba una cerveza tras otra y no le salía una sola palabra. Paseaba por la casa, dando vueltas y golpes a la pared, enfadado consigo mismo. ¿Por qué había mentido? No era escritor, ni siquiera aprendiz de escritor. No era nada. Era un fracasado. Se volvió a sentar delante del ordenador, pero estaba tan borracho que desistió y se fue a la cama, dejándolo encendido. 

A la mañana siguiente, se levantó angustiado, porque se le acababa el plazo y, además, tenía una tremenda resaca. Se tomó un café y se sentó delante del ordenador. No podía creer lo que estaba viendo. Se frotó los ojos y volvió a mirar. Los abrió todo lo que pudo, mostrando su sorpresa. Miró al frente y miró ligeramente a la derecha, intentando recordar, mientras pensaba: “no puede ser”. Volvió a mirar la pantalla. Sus ojos no le engañaban: había texto escrito, todo un capítulo entero, nada más y nada menos. No recordaba haber escrito nada. ¿Cuándo lo había hecho? Seguía dudando. Se fue al baño, se lavó la cara con agua fría y volvió a mirar el ordenador. Ahí seguía el capítulo uno de… ¿su novela? 

Guardó rápidamente una copia en el ordenador y la imprimió en papel, por si acaso pasaba algo y desaparecía. Se sentó en el sofá y comenzó a leer. Se titulaba “Asesinato en Hyde Park” y estaba ambientada en los años cincuenta en Londres. Era una novela policíaca. Leyó el capítulo con interés y se quedó con ganas de saber más de la historia. Estaba estupendamente bien redactada, demasiado bien. La historia era intrigante. ¿Eso lo había escrito él? ¿Cuándo? ¿Qué pasaría en el segundo capítulo?

Se sentó delante del ordenador, pero le pasó lo mismo que en días anteriores, no era capaz de escribir nada. Leía una y otra vez el primer capítulo de su supuesta novela, pero no podía seguir adelante. Aún así, le envió el primer capítulo a su editor. No sabía muy bien por qué lo había hecho, pero ya que estaba escrito… Nadie sabía que no lo había escrito él. Se pasó todo el día delante de la pantalla y no consiguió nada. Apagó el ordenador y se acostó sin haber logrado escribir una sola palabra. 

A la mañana siguiente, el ordenador estaba apagado, tal como lo dejó la noche anterior, lo encendió y fue directo al archivo de texto. Seguía igual, solo estaba escrito el primer capítulo. Se decepcionó. Esperaba realmente que se hubiera escrito solo el segundo, como por arte de magia. Pasó el día lamentándose, enfadado consigo mismo y con la vida por no ser capaz de hacer algo en condiciones. Por la noche, cuando se fue a acostar, decidió dejar el ordenador encendido y abierto el archivo. Escribió: Capítulo dos. Y se marchó a dormir.

A la mañana siguiente, el capítulo dos estaba escrito. ¡Qué emoción! Estaba deseando leerlo. ¿Qué pasaría? Se tomó el café, imprimió el capítulo y se sentó en el sofá a leerlo plácidamente. ¡Qué historia más bonita! Habían asesinado a un oficial de policía de Londres en Hyde Park a plena luz del día y nadie había visto nada. ¡Qué interesante! ¿Por qué le habían matado? ¿Quién era el asesino? No tenía respuestas para esas preguntas. ¿Seguro que lo escribía él por la noche mientras estaba durmiendo? ¿Era sonámbulo y no lo sabía? Aquella noche hizo lo mismo, dejó el ordenador encendido con el archivo abierto y, a la mañana siguiente, estaba escrito el tercer capítulo. 

Julio empezó a pensar que se estaba volviendo loco. O era sonámbulo o amnésico o alguien estaba escribiendo su novela. ¿Pero quién? Decidió salir de dudas. Compró una cámara de vigilancia y la enfocó mirando al ordenador. La dejó grabando toda la noche. Al día siguiente, estaba escrito el siguiente capítulo. Hizo la misma rutina de los últimos días, se tomó el café, imprimió el capítulo y se sentó a leerlo en el sofá. La historia estaba muy interesante y quería saber cómo iba a terminar. Después, miró el vídeo que había grabado. Eran muchas horas de grabación, así que lo pasaba a cámara rápida. No se veía ningún tipo de movimiento en la sala en ningún momento. De repente, se fijó en el ordenador y las palabras se escribían solas. ¡No había nadie delante de la pantalla escribiendo! Sin embargo, la historia se estaba escribiendo sola. Hizo grande la imagen y pudo ver que las teclas se hundían ligeramente con cada letra que se transcribía en la pantalla. Empezó a asustarse. Lo que en un principio parecía un juego divertido, de repente le dio miedo. El teclado se movía solo. Alguien invisible para la cámara estaba escribiendo su novela. 

Aquella noche dejó el ordenador encendido con el archivo abierto y la cámara activada, pero no se fue a la cama a dormir. No. Se quedó ahí, en el sofá, esperando a oscuras. Aunque intentó mantenerse despierto, se quedó dormido. Se despertó en mitad de la noche cuando oyó el ligero sonido de las teclas. Miraba hacia el ordenador, pero no veía nada. No sabía si acercarse o no. El ordenador estaba escribiendo solo. Estaba asustado. Miraba fijamente desde el sofá. Estaba oscuro. Aunque ya había acostumbrado la vista a la oscuridad no veía nada, solo la luz de la pantalla del ordenador. No veía a nadie. Sin embargo, alguien estaba escribiendo, las teclas emitían sonido. Tenía que levantarse y acercarse a mirar la pantalla, pero tenía tanto miedo que estaba paralizado. No veía a nadie. Tenía que levantarse. Hizo un ligero movimiento y el sonido de las teclas se interrumpió drásticamente. Le había oído. Quiera fuera quien estuviese ahí le había oído y había dejado de escribir. Dejó pasar un tiempo hasta volver a hacer otro movimiento. Las teclas ya no sonaban. Lentamente, se levantó y se dirigió a la pantalla. El capítulo se había quedado a medias. Encendió la luz. No le hacía mucha gracia estar a oscuras. Le gritó al aire:

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Por qué haces esto?

Nadie respondió. 

En los días siguientes no pasó nada. Julio le había enviado al editor los primeros capítulos y ahora no tenía nada más que ofrecerle. Intentaba seguir escribiendo la novela él mismo, pero no sabía por dónde empezar. Cada frase que escribía le parecía tan horrible que la borraba. El estilo de redacción era tan diferente que se iba a dar cuenta de que no lo había escrito él. ¿A quién pretendía engañar? No era escritor. Era un impostor. Se estaba apropiando de la obra de alguien, de alguien invisible. 

Pasaban los días y el escritor invisible no hacía su aparición. Julio estaba cada vez más desesperado. El plazo se terminaba. El editor había confiado en él. Decía que la novela era muy buena y que se iba a vender muy bien. 

Julio, en un intento desesperado, le habló nuevamente al aire en mitad de la noche.

—Por favor, ayúdame. No sé quién eres ni por qué haces esto. Eres genial escribiendo. Ayúdame y yo te ayudo en lo que pueda. 

    En ese momento, las teclas del ordenador comenzaron a sonar. Se acercó a la pantalla y vio que estaba escrito: 

“Dicen que cuando una novela es anónima significa que ha sido escrita por una mujer”.

—No entiendo —dijo Julio al aire —. ¿Qué pretendes decirme?

Las teclas del ordenador nuevamente suenan y en la pantalla aparece: 

“Escribí varias novelas, pero nunca se me reconoció, porque era mujer”. 

—Vaya.

“Algunas fueron publicadas como anónimas. Otras no llegaron a publicarse nunca, como Asesinato en Hyde Park”.

—Entiendo. ¿Quieres que te dé visibilidad? ? ¿Que rescate tu nombre del olvido?

“Así es”.

—Lo haré. 

El espíritu de la escritora invisible comenzó a escribir su historia en el ordenador. Le contó, a través del teclado, quién era, dónde había vivido, qué libros había escrito y cuáles había publicado como anónimo. Le indicó cómo podía dar con sus descendientes para que todo eso saliera a la luz y la historia la pusiera en su sitio. Le terminó de escribir Asesinato en Hyde Park para él. Julio le envió la novela a su editor y fue un éxito. No fue un best seller, pero sí ganó algo de dinero con él. Localizó a la familia y habló con ellos. Al principio, estaban reacios a escuchar semejante estupidez, pero cuando les leyó varios pasajes de sus novelas comprendieron que sí eran las de ella. Guardaban los manuscritos originales en un baúl en el trastero. Uno de los niños de la familia los leía una y otra vez a escondidas, imaginando esas estupendas historias que una antepasada suya había escrito. Julio miraba a ese niño y se veía reflejado en él. Él también había sido un niño con inquietudes, que le fueron cortadas de raíz. 

Se rescataron los libros publicados y se cambió el nombre de su autor, anónimo, por el de la verdadera autora. Esta vez sí tenía nombre de mujer. 

La escritora, como agradecimiento, le dio unas pautas para escribir novela policíaca. Le enseñó las técnicas que ella había puesto en práctica y había aprendido por sí misma. Desapareció el bloqueo de escritor, tan temido por muchos, y empezó a hacerse un hueco en el mundo literario del sector. Sus libros no le daban para vivir, porque eso solo está reservado a unos pocos afortunados, pero sí le permitió ser él mismo, aunque tuviera que volver a trabajar como economista, que era el sueldo que le pagaba las facturas.

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