Quince de agosto de dos mil veinte. Por fin, vacaciones. Habían sido unos meses duros. Desde que empezó el año el mundo había sido una locura. ¡Una pandemia nada menos! ¡Quién lo iba a decir! En navidades todo el mundo hacía sus planes, los propósitos para el año nuevo: dejar de fumar, ir al gimnasio, estudiar algo para mejorar el curriculum, adelgazar, comprar un coche nuevo… Eran tantos y tantos los propósitos… Pero a nadie se le pasó por la cabeza que estaríamos sumidos en una pandemia mundial de un día para otro. Así, de sorpresa, sin estar preparados, sin verlo venir. Meses encerrados en casa, con miedo a salir a la calle, a contagiarse, a morir. Meses llenos de intensidad, de emociones, de sentimientos encontrados. También, de ansiedad, de estrés, de agobio. Meses de no dormir, de no saber si tu madre, tu abuelo o tu hermano la semana siguiente seguirían vivos. Todo el mundo necesitaba vacaciones, descansar física y emocionalmente. No se sabía lo que nos esperaría a la vuelta. Había que reponer fuerzas.
Eva estaba agotada y había pensado que podría pasar unos días en casa de sus abuelos, en un pequeño pueblo de Badajoz. Descansar. Desconectar de todo. Dejar la mente en blanco. Hacía varios años que no veía a sus abuelos. Estaban mayores y ya no iban a Madrid, como hacían antes. Sus padres iban a visitarlos de vez en cuando, varias veces al año, pero ella no. Siempre tenía mucho lío y aprovechaba las vacaciones para irse por ahí con sus amigas. Visitar a la familia siempre era un rollo. ¡Qué iba a hacer ella en un pueblo diminuto perdido en medio de Extremadura! Pero ese año era distinto. Buscaba precisamente eso, paz, ir a un pueblo recóndito donde nunca pasaba nada. O, al menos, eso es lo que ella creía.
Eva era joven, tenía veintinueve años. Era asesora laboral. En esta pandemia había trabajado desde casa sin parar. Su sector había sido uno de los más castigados por la pandemia, aunque por exceso de trabajo. Jornadas agotadoras de mucho más de ocho horas diarias. Quería pasar sus merecidos quince días de vacaciones en un pueblo perdido de Badajoz junto con sus abuelos. Olvidarse del mundo, pasear por el campo y descansar, descansar mucho. Lo necesitaba. Sus abuelos aún podían valerse por sí mismos, cosa que agradeció Eva, pues lo que necesitaba en ese momento era libertad para poder liberar la mente.
Sus abuelos la recibieron con los brazos abiertos:
—¡Hola, hija! —Le dice su abuela con ganas contenidas de darle un gran abrazo y colmarla de besos.— ¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Cómo has crecido! Aunque estás un poco flacucha. Tienes que comer más. Pero no te preocupes, aquí engordarás un poquito. Te voy a hacer una fabada.
—¿Fabada? ¡Abuela, no, por favor!
—¡Era broma! ¿Todavía no conoces a tu abuela? —Le dijo su abuelo, mientras chocaban los codos, el nuevo saludo de la pandemia.— Te hemos preparado la misma habitación donde dormías cuando venías de pequeña. Era la que más te gustaba de la casa.
—Gracias, abuelo, pero ya soy adulta. Puedo dormir en cualquier habitación.
—No, hija, ésta es especial y lo sabes. Era tu preferida.— Le dijo su abuelo Manuel, mientras le guiñaba un ojo y le daba otro codazo.
Una vez instalada y después de haberse echado una siesta que hacía años que no se daba, Eva decidió salir a dar un paseo por el campo. La casa estaba prácticamente al final del pueblo. Era el típico pueblo blanco extremeño. Las casas se unían unas a otras, formando la calle una sola hilera larguísima de casas. No era como en la ciudad, donde había edificios independientes que formaban manzanas. Aquí no. Aquí había un montón de casas todas seguidas. Por un lado, estaban las entradas principales y por detrás, callejones con los pasos de carruajes. Antes eran carretas y burros y ahora coches, furgonetas y tractores. La parte trasera solía ser más estrecha, menos iluminada y no era tan bonita como la parte delantera, con sus puertas señoriales, sus ventanales, flores, grandes paseos…
Eva salió afuera y se dirigió hasta el final, donde acababa la calle y terminaba el pueblo. Había un riachuelo. Apenas tenía agua, la cual estaba verde y asquerosa, llena de ranas, renacuajos, moscas y mosquitos de todos los tamaños y muchas libélulas, libélulas por todas partes. Todo estaba tal cual lo recordaba, igual de asqueroso. Se quedó mirando el riachuelo, observando las ranas y las libélulas. Siempre le habían dado asco y miedo a partes iguales, quizá porque lo asociaba a la putrefacción del río sin apenas agua, de color verde, llena de bacterias y hongos. Recordó que alguien le dijo una vez que las libélulas daban suerte, pero, aún así, no le gustaban nada.
—Nada bueno puede salir de aquí.— Dijo en voz alta, sin darse cuenta.
Se quedó unos instantes observando el riachuelo verde y prosiguió su curso. Atravesó el pequeño puente y quiso continuar el camino. Recordaba que, más adelante, había una fuente con no sé cuántos caños, donde antes las mujeres iban a por agua para las casas, llevando una gran tinaja en la cabeza, y donde ahora los jóvenes hacían botellón. Pasada la fuente, un poquito más adelante estaba el cementerio del pueblo, otro sitio donde también se hacía botellón. También era un buen lugar precioso para ver las estrellas. Lástima que hubiera ido al pueblo el quince de agosto, en vez del diez, y haberse perdido las perseidas. Recordaba que eran espectaculares. Verlas desde ahí era una gozada, sin contaminación y el cielo siempre estrellado.
En esos recuerdos andaba, cuando, a mitad del puente de piedra, que es romano, algo interrumpió su camino. Se había plantado frente a ella una libélula, cortándole el paso. Sabía que no hacían nada, no picaban, pero siempre le habían dado muy mal rollo, quizá por el asco que le producía el riachuelo en el que vivían. La libélula era algo más grande que las demás y estaba separada del grupo. Estaba volando sola. Se había puesto delante de ella, a los pies, porque no volaba alto. Era bonita, tenía muchísimo colores, pero la miraba con respeto. No le gustaban las libélulas. Intentó apartarse y seguir su camino, pero allá donde iba, la libélula se ponía delante. Se movió varias veces, para intentar esquivarla, pero no hubo manera.
—¿Me estás retando? —Le increpó Eva al insecto, sintiéndose totalmente ridícula. Miró a su alrededor, para cerciorarse de que no la había visto nadie.
Siguió intentando zafarse varias veces de ella, pero no lo consiguió. Hiciera lo que hiciera, siempre estaba ahí delante. En su interior sabía que no podía hacerle nada, que no picaba. Además, era muy bonita, tenía muchos colores y un vuelo elegante. Ella lo único que quería era seguir hacia adelante. No quería que la libélula la tocase. Le daba mucho asco. Por eso, intentó evitarla a toda costa. Sin darse cuenta, poco a poco, la libélula la fue acorralando hasta que la obligó a salirse del puente. Volaba rápidamente a su alrededor, por delante, por detrás, pero sin separarse, guiándola hacia la dirección que debía tomar. La acorraló. La obligó a salir del puente y a tomar el camino de la derecha. Eva quería seguir recto hasta la fuente y luego hasta el cementerio. Pero la libélula la obligó a girar a la derecha, a salirse del camino. Poco a poco, la fue llevando a su terreno, al riachuelo. Se acercaron las demás libélulas. Eva estaba a punto de entrar en pánico. No sabía qué podía pasar. «¿Seguro que no pican?» Pensó. Se vio rodeada por decenas de libélulas, girando a su alrededor. Le dejaron una especie de puerta abierta, una vía por la que salir. Era como si estuvieran volando en formación, como si fueran un ejército. Formaron un círculo a su alrededor, acorralándola, y de repente, abrieron una puerta, una salida. Eva no lo dudó y salió por esa abertura. Tenía miedo. Nunca le había pasado una cosa así. Salió lentamente por la puerta que le habían preparado. El único lugar posible al que podía dirigirse era debajo del puente. Pegó la espalda a la vieja pared romana y se movió lentamente para intentar salir de ahí. Pero algo llamó su atención. Las libélulas se apartaron de ella y se colocaron encima del agua. Se movían alrededor de algo que había enterrado. Vio un montón de tierra removida debajo del agua. Las libélulas se movían hacia adelante y hacia atrás, enfrente de Eva, como indicándole que dirigiera su atención a ese punto concreto. Buscó un palo grande en los alrededores y comenzó a escarbar y a pinchar. Efectivamente, había algo ahí dentro, pero no sabía qué podía ser. El montículo era muy grande, de más de metro y medio de largo.
En ese momento, apareció a lo lejos su abuelo, Manuel.
—Chiquilla, ¿pero qué haces ahí dentro? Que te vas a poner perdida.
—Abuelo, ven, mira esto. Hay algo aquí dentro.
El abuelo se acercó y observó.
—Sí, parece que hay algo. Voy a por la pala. A ver qué hay. Será alguna cosa que haya escondido cualquier chiquillo.
A los pocos minutos, volvió con la pala y empezó a excavar. Sacó algo de dentro. Era lo que parecía un saco de patatas. Estaba vacío, aunque lleno de fango.
—Anda, mira, un saco de patatas, como el del Aurelio, que siempre iba con uno. No sé para qué lo querría. Era muy raro ese hombre.
—Pero parece que hay más cosas, abuelo. Sigue dándole con la pala—. Dijo Eva con miedo. No quería ser ella la que tocase ese montículo rodeado de libélulas.
Manuel siguió excavando y encuentró un zapato con una suela anormalmente grande. Dió unos pasos para atrás y dijo:
—Este zapato es igual que el del Aurelio.
—¿Y qué pasa?— Preguntó Eva con curiosidad.
—Que el Aurelio desapareció hace tiempo. Llama a la Guardia Civil, que vengan ahora mismo y que saquen lo que sea que haya aquí. Yo no quiero seguir.
Eva hizo lo que le dijo su abuelo, llamó a la Guardia Civil, que se personó a los pocos minutos. Inspeccionaron el terreno, cogieron la pala de Manuel y miraron por encima. Con solo escarbar un poco, salieron a la superficie los restos de un pie. Definitivamente, ahí había enterrado un cadáver. Enseguida llegaron efectivos de otros lugares de alrededor y de la central de la Guardia Civil y acordonaron la zona. El lugar se llenó de gente rápidamente, que estaba intentando grabar con los móviles. También llegó la televisión local.
Eva tenía curiosidad por saber quién era esa persona que ella había descubierto, con ayuda de la libélula, algo, obviamente, que no le había dicho ni a su abuelo ni a la Guardia Civil cuando prestó declaración. Había tenido que dar algunas explicaciones para decir cómo había llegado hasta allí y cómo empezó a excavar. Les dijo que vio una libélula y salió corriendo huyendo de ella, pensando que le iba a picar, y acabó debajo del puente. Al mirar al agua vio un montículo que le pareció extraño, cogió un palo y su abuelo le dio una pala. Prefirió decirle a la Guardia Civil que era una niña tonta de ciudad que le tenía miedo a las libélulas, antes que decir que unas libélulas mágicas la habían llevado hasta el cadáver de una persona desaparecida.
Varios días después, ya se supo quién era el hombre que allí yacía. Era Aurelio, tal como dijo su abuelo cuando vio el saco de patatas y el zapato con suela gorda, pues era cojo debido a un pisotón que le dio un buey cuando era niño. Había desaparecido meses antes sin dejar rastro. Un día se fue a dar un paseo, con su inseparable saco de patatas, y nunca más se supo de él. La familia de Aurelio había ofrecido una recompensa de veinte mil euros a quien diera una pista fiable sobre su paradero. Manuel no quería el dinero, así que le dejó a su nieta que se quedara con todo; al fin y al cabo, había sido ella quien se lo había encontrado.
Decían que las libélulas traían suerte. Y así fue en esta ocasión para Eva, que se había encontrado con un dinero extra que no esperaba, y para Aurelio que, por fin, podía descansar en paz.
Eva pasó el resto de sus vacaciones en el pueblo. Todas las tardes hacía el camino que intentó hacer el primer día. No hubo nada que se lo impidiera. Pasaba por el puente romano del riachuelo, por el camino de la fuente y llegaba hasta el cementerio. Nada interrumpía su paseo. Cada vez que pasaba por el puente, a la ida y a la vuelta, se paraba a contemplar las libélulas mientras sonreía. Ya no le daban miedo ni asco y ahora sabía que, además, traían suerte. Se había puesto de fondo de pantalla del móvil la foto de una libélula azul. Miraba el móvil, miraba las libélulas y sonreía. Sentía paz. Miró al frente y vio a un anciano que le saludaba con la mano. Llevaba un saco de patatas y un bastón. Le dijo adiós y Eva hizo lo mismo. Aurelio también descansaba en paz.
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