La niña del pasillo

Hugo está jugando feliz con su pelota de Pocoyó, sus dibujos animados preferidos. Fuera está lloviendo y no puede salir al parque, así que tiene que pasar la tarde en casa y jugar solo, sin sus amiguitos del barrio. Juega a la pelota recorriendo toda la casa. Le da una patada y va corriendo tras ella riendo sin parar. Cuando llega tiene que abrazarla con los dos brazos extendidos, porque la pelota es la mitad de su tamaño.

Hugo tiene dos años. Es un niño feliz y risueño. Siempre está jugando y riendo. Su madre, Angélica, le mira con cariño, le sonríe y juega con él a ratos. Aprovecha que el niño está tranquilo jugando solo para recoger un poco la casa. En un momento dado, se percata de que Hugo está sentado en la alfombra del salón, con la pelota encima de las piernas, riéndose y hablando solo, mientras está viendo en la tele Pocoyó. En principio, no le da mayor importancia, porque cree que es normal que un niño hable solo. Sin embargo, algo no le cuadra. Después de estar un rato dándole vueltas a qué podía ser, se percata de lo que es: ¿quién ha encendido la televisión? Intenta recordar en qué momento ha ido a encenderla. Por más que lo piensa, no lo recuerda. Se dirige al salón y busca el mando. Está encima de la mesa. Él no ha podido cogerlo, no llega. Tampoco ha podido encaramarse a una silla, porque están las cuatro perfectamente pegadas a la mesa. Además, recuerda claramente que por la mañana la había encendido y estuvo viendo otro canal. ¿Cómo ha encendido Hugo la tele y ha cambiado de canal?

Le observa. Ve su comportamiento normal. Está jugando y hablando con la tele, mientras se ríe con las cosas que hacen Pocoyó y Pato. A veces, parece que habla con alguien. 

— Hugo, ¿quién ha encendido la tele?

— La niña.

—¿Qué niña? —Hugo señala hacia el pasillo. Angélica mira, intrigada, pero no ve nada. No sabe qué decir. No sabe si decirle que allí no hay nadie o darle la razón al tratarse de un amigo imaginario. Pero… ¿los amigos imaginarios encienden la tele?

Pasan los días y Angélica no hace más que observar el comportamiento de Hugo. Esconde el mando y lo coloca en lugares en los que es imposible que un niño tan pequeño pueda acceder a él. Cada día lo esconde en un sitio distinto, en lugares insospechados, como el armario de la cocina, el mueble del baño o debajo del colchón. Sin embargo, da igual dónde lo ponga: la televisión se enciende sola y lo hace a unas horas concretas, casualmente justo cuando comienza el capítulo de Pocoyó. Cuando le pregunta quién ha encendido la televisión, siempre responde lo mismo, que ha sido la niña, su amiga, con la que juega. Al ver que día tras día tiene el mismo comportamiento, que todos los días ocurre lo mismo, decide preguntarle a su hijo directamente e intentar averiguar algo, aunque puede ser un poco complicado debido a su corta edad. Aún así, lo intenta.

    —Hugo, cariño. ¿Quién ha puesto la tele?

    —La niña.

Angélica respira hondo, se arma de valor y le sigue preguntando; le hace un interrogatorio. 

—Muy bien, la niña. ¿Qué niña? —Nuevamente, Hugo señala al pasillo y Angélica vuelve a mirar, no viendo nada—. Vamos a hacer una cosa, levántate, te cojo de la mano y vamos juntos a donde está la niña, ¿te parece bien?

Se levanta y van juntos de la mano durante unos metros, hasta que llegan al final del pasillo. En ese momento, Hugo se suelta de la mano, vuelve corriendo al salón, coge la pelota, vuelve junto a su madre y le tira la pelota a la pared. La vuelve a coger y la vuelve a tirar. Así, varias veces.

—¿Qué haces?

—La niña no quiere jugar conmigo. 

—¿Dónde está? —Señala la pared—. Vamos a hacer una cosa. Vamos a hacer un dibujo de esa niña, ¿te parece? 

Saca las pinturas, los rotuladores y los folios y entre los dos se ponen a hacer diversos dibujos. Angélica hace un boceto de una niña y le pone falda. Le pregunta si se parece a ella. Hugo dice que no lleva falda, que lleva una cosa morada hasta el suelo y un gorro muy largo hacia arriba, con una cuerda blanca en la cintura. Le parece una vestimenta un poco extraña para una niña. Sigue haciendo dibujos con él, siguiendo sus indicaciones, hasta que le dice que la niña se parece a la del último dibujo. Angélica se lo queda mirando fijamente y, finalmente, reconoce lo que puede ser: una niña vestida de nazarena. Lleva una túnica morada hasta el suelo, un logotipo en el pecho, una cuerda blanca atada en la cintura, un capirote puntiagudo muy largo y un cirio en un soporte más grande que ella, que sostiene con ambas manos. Busca imágenes de nazarenos en el móvil y se las enseña a Hugo, el cual reconoce que exactamente ésa la ropa que lleva la niña. 

Hugo nunca ha estado en una procesión y, probablemente, tampoco la haya visto por la televisión, pues le controla lo que ve en ella, pues aún es muy pequeño. ¿Dónde ha podido ver a una niña vestida de nazarena para imaginársela de una forma tan realista?

Pasan los días y sigue observando el comportamiento de su hijo. El tiempo que pasa en la calle es completamente normal. Juega con otros niños, ríe, salta… Pero, cuando llega a casa, sólo tiene ojos para la niña del pasillo. Cada vez le absorbe más. Juega con ella, aunque cada vez se ríe menos. La televisión se enciende sola justo cuando va a empezar Pocoyó. Durante el tiempo que duran los dibujos está más tranquilo. Una vez que terminan, la tele se apaga y Hugo se vuelve un poco más retraído. Al principio, estaba más contento y jugaba con más alegría, pero, poco a poco, se va tornando serio. Se queda quieto en el pasillo, mirando hacia la pared. A ratos se sienta en el suelo del pasillo con sus juguetes, sin moverse de allí, y menos animado que de costumbre. Cuando Angélica le pregunta que por qué juega en el pasillo, en vez de en la alfombra del salón, donde estará más cómodo, le responde que le tiene que hacer compañía a la niña, que no se puede mover de allí. Cuando le pregunta por qué, no sabe qué responder. Le pregunta si la niña le hace algo, si le hace daño, y Hugo contesta que no. Él quiere jugar con ella, tirarle la pelota, hacer carreras de coches, jugar con los peluches de Pocoyó, pero la niña no quiere jugar a nada, sólo le gusta ver los dibujos de Pocoyó, que es cuando está en el salón con él, y el resto del tiempo permanece inmóvil en el pasillo. Dice que no se puede mover de allí. 

—Muy bien, cariño. Vamos a hacer una cosa. Le vas a preguntar a la niña del pasillo cómo se llama. ¿Te parece bien? Venga, pregúntale. Yo estoy aquí contigo.

—¿Cómo te llamas? —Espera durante unos segundos—. No dice nada, mamá —Angélica le insiste en que le vuelva a preguntar—. Mi mamá dice que cómo te llamas —Pasados unos segundos, la niña responde y dice su nombre, aunque sólo puede oírlo Hugo—. Se llama Laura —A Angélica se le encoge el corazón. Mira al pasillo sin pestañear. Manteniendo el tipo, sin mostrar ninguna emoción, continúa el interrogatorio a través de su hijo.

—Hola, Laura —dice Angélica, hablándole a la pared—. Hugo, pregúntale por qué va así vestida. 

—¿Por qué vas así vestida? —Espera un instante y contesta—. Porque va a la inglesia —Contesta Hugo, trabándosele la lengua, no entendiendo muy bien lo que está diciendo.

—No te preocupes, cariño. Lo estás haciendo super bien. Ahora pregúntale dónde está su casa.

—Dice que se ha perdido. 

—¿Y qué hace aquí? —Hugo se encoge de hombros.

Angélica y Hugo viven en una casa normal, en un piso normal y corriente, relativamente nuevo, en una urbanización a las afueras de la ciudad donde nunca antes había habido ninguna otra construcción. Antes de la llegada de Hugo nunca habían ocurrido cosas extrañas en la casa.

Cada vez que pasa por el lugar exacto donde se supone que está Laura, le entra un escalofrío. Aprovechando un momento en el que Hugo está durmiendo la siesta, se arma de valor, se planta frente a la pared y le pregunta directamente.

—Hola, Laura. Sé que estás aquí. No puedo verte y no puedo oírte. Pero quiero hablar contigo. Quiero saber quién eres y qué quieres de nosotros. No quiero hacerte daño. Quiero ayudarte. Si te has perdido, te ayudaré como pueda a encontrar tu casa y a que puedas volver con tu familia. ¿Cómo puedo ayudarte?

Espera pacientemente una respuesta, pero no percibe nada. Se sienta en el suelo del pasillo y sigue esperando durante un largo rato, quieta, en silencio y observando la pared, pero no obtiene ninguna respuesta. Ha sido una ingenua al pensar que podía ver, oír o sentir algo. Ha visto muchas películas. 

Ya por la noche, en la cama, de madrugada, Angélica se despierta. Abre los ojos ligeramente y ve a la niña en la puerta del dormitorio. Le entran ganas de gritar y salir corriendo, pero está tan asustada, que se queda quieta, inmóvil, mirando a la niña, aterrada. Ahora sí puede verla, así que, ni corta ni perezosa, le habla, por si también la oye y puede conseguir entablar una conversación.

—Hola, Laura. ¿Qué quieres de nosotros?

—Me he perdido. No sé dónde está mi mamá.

—¿Y qué haces en esta casa?

—Me perdí. 

—¿Y por qué no te mueves del pasillo?

—Porque mi mamá dice que si me pierdo me tengo que quedar quieta para que me encuentre, como cuando me perdí en el Alcampo.

—¿Cuántos años tienes?

—Seis.

—A ver cómo te explico esto para que lo entiendas. No debes estar aquí. Éste no es tu sitio.

—Me quiero ir a casa —Dice Laura llorando—. Estoy muy cansada. Quiero estar con mi mamá, mi papá y mi hermanito.

—A ver, Laura, mira a tu alrededor. ¿Ves a alguien más? Mira bien. ¿Puedes ver a alguien más? No sé, a tu abuela, por ejemplo. ¿Ves a alguien?

—No.

—¿Ves una luz muy grande en algún sitio?

—A veces.

—Cuando veas la luz, acércate y mira dentro, a ver si hay alguien de tu familia esperándote para recogerte.

—No, tengo miedo. Me quiero ir a casa —Dice llorando.

—La luz es el camino a tu casa.

—Está ahí la luz —Dice señalando a la pared del pasillo.

—¿Quieres que te acompañe? —Laura asiente. Angélica se levanta de la cama, se acerca a Laura y le coge de la mano. No puede ver la luz, pero se deja guiar por la niña—Mira dentro. ¿Ves a alguien que conozcas?

—¡Sííííííí! —Grita Laura dando saltos de alegría—. ¡Está mi tío Antonio! ¡Tío Antonio! ¡Tío Antonio! —Grita llorando de alegría, mientras le saluda—. ¿Me puedo ir con él?

—¡Claro! Ve con él.

Angélica ve aparecer por el pasillo la silueta semi transparente de un hombre joven vestido también de nazareno. Le tiende la mano a Laura.

—Gracias por ayudarla a encontrar la luz. Es muy pequeña y no entiende lo que ha pasado. Estábamos de procesión cuando la imagen del Cristo venció y cayó sobre nosotros. Yo fallecí al instante y ella poco después en el hospital.

—Ve con tu tío, Laura. Él te cuidará.

Laura y su tío se despiden de Angélica y desaparecen. Sin saber cómo, sin haberse dado cuenta, siente cómo le caen unas enormes lágrimas por la cara. Se sienta en la cama, saca un paquete de pañuelos de la mesilla de noche y se pone a llorar desconsoladamente hasta que se queda sin lágrimas y se vuelve a meter en la cama.

A la mañana siguiente no sabe si lo que ha pasado ha sido real o un sueño, aunque nota que tiene la cara hinchada de tanto llorar. Se levanta medio dormida, va a la habitación de Hugo a darle un beso y cogerlo en brazos, y se dirige al salón. Está tan adormilada que, en un primer momento, no se percata de que algo ha cambiado en la casa. Las habitaciones, el pasillo, la cocina y el salón están llenos de claveles. La casa entera está repleta de claveles blancos, rosas y rojos por todas partes. Entra una radiante luz natural por las ventanas y hay un hermoso olor a claveles. En el salón la televisión está encendida; como no, está Pocoyó. Sonríe, le da un beso a Hugo y se sientan juntos en el suelo a ver los dibujos. Angélica mira al pasillo, cree ver la imagen de Laura difuminada, le sonríe, le manda un beso al aire y se despide de ella. Laura se va feliz, con una sonrisa y un clavel en la mano.

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Foto original: Pexels.

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