El vidente

—¡Te ordeno que salgas del cuerpo de Manoli! ¡Fuera, malos espíritus!

Dice Ricardo, mientras hace aspavientos con las manos, dando vueltas alrededor de la mujer. Tiene en las muñecas unas pulseras que hacen ruido al chocar contra sí las campanillas que tienen colgando cuando agita los brazos. Así, le da más énfasis al espectáculo.

—¿Lo notas, Manoli? ¿Sientes cómo salen los malos espíritus de tu cuerpo?

—¡Lo noto! ¡Lo noto! — Grita Manoli elevando los brazos, casi en éxtasis.

Pasados unos minutos todo vuelve a la calma.

—Ya está, ya pasó todo. Ya estás libre. Ya no te vas a sentir mal. Los malos espíritus te han abandonado. 

—Gracias, Gran Ricart. ¿Qué te debo?

—Cien euros. 

Le da el dinero en efectivo y se marcha. Ricardo se dirige a la habitación de al lado. Allí está Elena, su mujer, con sus dos hijos, ayudándoles a hacer los deberes del colegio. 

—Toma, le he sacado cien euros. Con esto puedes hacer una compra decente. Me quito esta mierda de ropa y me doy una ducha. 

—No me gusta lo que estamos haciendo. Esto no está bien. Estamos engañando a la gente.

—A mí tampoco me gusta, pero hay que comer. ¿Se te ocurre algo mejor? Estamos los dos en paro. Además, esta gente viene por voluntad propia. Se aburren y pagan lo que sea por cosas nuevas. Yo no engaño a nadie. 

—No se debe jugar con estas cosas. Me da miedo. ¿Y si un día pasa algo?

—¿Pero qué va a pasar, mujer? Anda, baja al súper y compra algo, a ver si podemos cenar caliente.

Ricardo se quita el turbante, la camisola, las pulseras con campanillas, los pendientes de aro y el bigote y la barba postizos y se tira en el sofá a ver la tele. 

Ya por la noche, en la cama, de madrugada, se despierta. Huele ligeramente a quemado. Se levanta y recorre la casa. El olor proviene del dormitorio, pero no ve nada. Se vuelve a acostar. Al rato, vuelve a pasarle lo mismo. Vuelve a oler a quemado. Es desagradable, pero no es fuerte. Abre los ojos y ve una figura de humo en el marco de la puerta. Lo mira fijamente. No sabe si está despierto o dormido. Es la figura de un hombre de unos sesenta años, calvo, con gafas y fumando un puro. 

—Hola —dice la figura. Ricardo da un respingo y se incorpora en la cama. Lo sigue mirando fijamente sin decir una sola palabra—. No me conoces, pero yo a ti sí. Estuviste con mi mujer hará un par de semanas, limpiándole el aura y quitándole los malos espíritus. Me reí un montón al ver cómo lo hacías. Me parto contigo. Menudo espectáculo tienes aquí montado—. Ricardo sigue mirándole sin decir nada. Aún sigue sin saber si está despierto o dormido. Tampoco quiere despertar a Elena—. ¿Qué? ¿No vas a preguntarme quién soy y qué quiero? —niega con la cabeza sin decir una sola palabra—. Da igual. Me llamo Pedro. Mejor dicho, me llamaba. El maldito virus me mató hace cinco meses. No duré ni tres días. Fue fulminante. Como te he dicho, hace unos días le limpiaste el aura a mi mujer, a mi viuda. ¿Sabes ya de quién te hablo? —asiente sin decir una sola palabra—. Pues, verás… —toma una bocanada del puro y lo expulsa lentamente, mientras piensa lo que va a decir—. Tenemos un problema. Me tienes que ayudar…

En ese momento, aparece por detrás de la figura uno de sus hijos. La atraviesa como si nada y Pedro desaparece al instante.

—Papááááá… he oído un ruido y no puedo dormir —le dice el pequeño entre sollozos, mientras agarra fuertemente el peluche que tiene en sus manos—. ¿Puedo dormir con vosotros? —Ricardo siente miedo por la presencia y prefiere irse a la habitación de los niños, para protegerlos. Pasa toda la noche despierto con la luz encendida y mirando sin pestañear hacia la puerta, hasta que ya al amanecer le vence el sueño y se queda dormido.

Se despierta a media mañana. Elena ya ha llevado a los niños al colegio y le está preparando el desayuno. 

—¿Qué te ha pasado, cariño?

—No te lo vas a creer. ¿Te acuerdas de Pepa, la viuda, la que vino hace diez días o así? No te lo vas a creer: anoche me visitó su difunto marido. 

Elena no da crédito a lo que acaba de oír. 

—¿Tienes fiebre? ¿Te llevo al hospital? —dice asustada, mientras le toca la cara con el dorso de la mano para tomarle la temperatura— ¿Te encuentras bien? Vamos al médico, de verdad. Llamo a mi hermana y que se encargue de los niños.

—Que no, que no, que no, que estoy bien. No me pasa nada. Te lo juro, anoche estuvo aquí el marido de Pepa y me dijo que tenía un problema y que tenía que ayudarle.

—Tómate un tranquilizante o algo, estás muy estresado. Anoche no dormiste bien, has dormido en la cama del niño de mala manera. Has tenido una alucinación o un sueño que te parece real, pero que no lo es. Tómate el día libre. No recibas hoy a nadie. Descansa. 

—Joder, con lo que yo era y mira cómo hemos acabado. Sin trabajo, sin dinero, malviviendo…

—Cálmate, anda, cariño. No empieces otra vez, que te da la ansiedad. Por lo menos, sacamos un dinerillo con esto del Gran Ricart. Con eso y el paro podemos pagar la hipoteca y comer. Estás estresado. Necesitas descansar. Tuviste una alucinación. 

—¿Tú crees?

Ricardo se convence con la explicación de Elena. Está estresado, está cansado. No duerme bien desde que empezó la pandemia y ambos perdieron su trabajo en las primeras semanas. Llevan muchos meses viviendo una situación desesperada. Así que la idea de una alucinación por estrés le parece de lo más convincente. Sin embargo, al caer la noche le aterra dormirse. Quiere permanecer despierto por la noche y dormir por el día. Durante un par de días lo consigue, pero no puede mantener esa situación por mucho tiempo. Tiene que seguir con el espectáculo del Gran Ricart. Hacen la compra en el supermercado con ese dinero, pues el del paro es para pagar la hipoteca y los gastos de la casa. Así que en un par de días vuelve todo a la normalidad. No le queda otra. Como tiene miedo a que se aparezca de nuevo la figura de Pedro, por la noche se toma un somnífero. No quiere que nada lo despierte. Durante un par de días, el somnífero hace su efecto, pero se le acaba la caja y el médico no le receta más, porque dice que le coge vicio. Se compra unas pastillas para dormir sin receta, pero no son muy efectivas. Así que el momento que tanto temía, llegó. Y volvió Pedro a visitarle. 

—Hola, de nuevo, Gran Ricart —susurra mientras aspira el puro y lo expulsa lentamente dibujando aros de humo en el aire. Esta vez Ricardo despierta a Elena, pero ella no lo ve. Sólo lo ve él, lo que le aterra aún más. ¿Será real o una alucinación? Empieza a respirar con más fuerza, jadeando, le está dando un ataque de ansiedad. En vista de que en esas condiciones no va a poder entablar una conversación con él, Pedro se marcha. 

Pasan los días y Ricardo está cada vez más alterado. Toma tranquilizantes por el día y somníferos por la noche. Tiene abandonado “el negocio” del Gran Ricart. 

—Ricardo, así no puedes seguir. Necesitamos al Gran Ricart. Hay que hacer la compra. Tenemos la nevera vacía —le increpa Elena—. Unos días está bien, pero no podemos dejarlo pasar por más tiempo. Yo no puedo hacer de Gran Ricart. Lo tienes que hacer tú. 

—Tengo miedo de Pedro. 

—Pedro no es real.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Y cómo lo sabes tú? ¿Has hablado con la viuda? Llámala. 

—¡No hace falta! —aparece Pedro de repente en un rincón del salón. Ricardo da un grito, sale corriendo y se encierra en el cuarto de baño.

—¡Fuera de aquí! ¡Márchate! —le increpa Ricardo mientras se sienta en el suelo, en un rincón, contra la pared, abrazando las piernas, en posición infantil—. No puedo más, no aguanto esto. ¡Déjame en paz!

Elena entra en el baño. 

—La viuda está aquí. Por favor, haz un esfuerzo. Lávate la cara, vístete y recíbela. Aclara esto cuanto antes. Por favor te lo pido. No puedo verte así. Te vas a volver loco.

Ricardo mira hacia la ducha. Pedro está ahí, en silencio, observando la escena. En cuanto Elena se marcha, le dice:

—He traído a Pepa. Ella no lo sabe, claro. Tenemos que hablar. Me tienes que ayudar. No te haré ningún daño. Recíbela —desaparece. Ricardo hace lo que le ha dicho Elena, se lava la cara, se disfraza de Gran Ricart y ensaya su mejor sonrisa delante del espejo varias veces. Respira hondo y va a recibir a Pepa con una sonrisa.

—Muy buenos días, Pepa. ¿Qué le trae por aquí?

—No lo sé muy bien, Gran Ricart. Sentí la necesidad de volver. Me da usted tanta paz. 

—Oh, no, yo no. La paz la tiene usted en su interior —le dice mientras junta las manos, las acerca a su pecho a modo de oración y asiente con la cabeza—. ¿Qué necesita de mí? 

—Últimamente sueño mucho con mi Pedro. 

—Es normal, hija mía. Hábleme de él, se sentirá mejor, se lo aseguro. ¿Quiere que le eche las cartas mientras me habla de lo que le atormenta? Voy encendiendo las velas. Disculpe que no tenga las cosas preparadas, pero ha venido sin avisar. 

—Me hago cargo. Como le decía, últimamente sueño mucho con mi marido. Había conseguido estar más tranquila. Me voy acostumbrando a su ausencia, poco a poco. Pero… no sé… a veces… me da la sensación de que él está conmigo. Siento como si estuviera todo el tiempo a mi lado y me hablara. 

—¿Y qué le dice?

—No, es que no le oigo, sólo lo siento. Noto su presencia. Ahora mismo la estoy notando aquí. Huelo el humo del puro, ese olor tan asqueroso. Nunca me gustó que fumara de esa manera —Ricardo levantó la cabeza y vio a Pedro detrás de Pepa. 

—Ahora es el momento, ya estamos todos —dice Pedro. Pepa no puede oírle, pero le siente.

—Él está aquí ahora mismo. Lo percibo, Gran Ricart. 

—Yo lo estoy viendo, lo tengo delante. Está detrás de usted —la mujer se gira hacia atrás, pero no ve nada. 

—¿Puede verlo?

—Claramente. Quiere decirle algo. Adelante, Pedro. 

—El cuerpo incinerado que hay en mi tumba no es el mío. 

—¡Coño! —grita Ricardo, mientras se levanta de la silla enérgicamente. Casi llega a tirar la mesa camilla donde están las velas y el tarot.

—¿Qué pasa, Gran Ricart?

Pedro se acerca a Ricardo, insistiéndole en que le diga a su viuda lo que acaba de decirle. 

—Pepa… verá… como le digo aquí está su marido —le cuenta, mirando a todas partes, nervioso, tragando saliva, pero intentando mantener el tipo—. Dice algo que a mí me parece horrible. No sé cómo se lo tomará usted. Dice que el cuerpo incinerado que hay en su nicho no es el suyo. 

—¿Qué?

—Verás —interviene Pedro—, hay un par de empleados de la funeraria que la han liado parda y han cambiado un montón de cuerpos. Se liaron con los papeles. Ya lo saben y lo están arreglando. La llamarán en algún momento para hacer el cambio. Lo malo es que a mí me han mandado a Valencia. Oye, que se está bien allí en la playita y tal, pero, vamos, que prefiero estar en mi casa. 

—Pedro dice que se equivocaron en la funeraria. Ya se han dado cuenta y lo están arreglando. La llamarán. Dice que sus cenizas están en Valencia —le informa Ricardo mirando hacia la mesa todo el tiempo. No se atreve a mirar a Pepa a la cara. 

—Ahora lo entiendo todo.

—¿El qué? — Pregunta Ricardo sorprendido.

—Sentía el humo del puro de Pedro y las olas del mar. Aunque no lo crea, eso me daba paz. No sé por qué. 

—Él está en paz y se la transmite. Márchese tranquila. 

—¿Qué le debo?

—Nada. 

—Muchas gracias, Gran Ricart. Es usted un buen hombre. 

Pasaron los días y Ricardo estaba ya mucho más tranquilo. Había dejado los tranquilizantes y los somníferos. Todo había vuelto a la normalidad. Hasta que una noche…

—Hola, Gran Ricart —vuelve a aparecer Pedro en mitad de la noche —. Ya he vuelto a casa. Gracias.

—Gracias, ¿por qué? Yo no he hecho nada. 

—Sí, avisaste a mi mujer de lo que había pasado. La preparaste mentalmente. Gracias. Y, como agradecimiento, te tengo una sorpresita. Mañana os van a llamar a tu mujer a ti de la funeraria. Andan escasos de personal. Ya sabes, la pandemia. Espero que no te moleste trabajar en un sitio así. Ah, y, quizá, a partir de ahora, recibas alguna visita inesperada de vez en cuando de gente que pasa por allí, pero son cosas de la vida. ¡O de la muerte! Según se mire. Hasta la vista.

Efectivamente, al día siguiente les llamaron para una entrevista y ambos consiguieron el trabajo y, tal cual había vaticinado Pedro, Ricardo recibe alguna visita de vez en cuando de fallecidos, recibiendo el encargo de transmitir los mensajes que quieran dar a sus familiares.

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Foto: Pexels.

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