¡Fuera de aquí!

– ¡Sara! ¿Damos un paseo? Me apetece. Necesito despejarme. Estoy harta de discutir con mamá todo el rato.

– Vale, venga, sí. Llevo estudiando ni se sabe cuántas horas y me voy a volver tonta. Cojo el móvil y nos vamos.

Sara y su hermana Vanesa salen a dar un paseo. Es domingo, son las doce de la mañana y hace un sol radiante, un estupendo día primaveral. Bajan las escaleras del portal, salen a la calle y se paran en la puerta.

– ¿Hacia dónde vamos? – Pregunta Vanesa. Sara mira a varios lados, a lo lejos. Detiene su vista hacia la izquierda.

– Por allí. – Dijo señalando al horizonte. – Allí mismo. ¿Qué más da, no? Sólo es un paseo. Allí hay grandes parques y más naturaleza. Nos vendrá bien para despejarnos.

– Sí, porque falta nos hace. Yo no sé cómo aguantas a mamá. Es insoportable, siempre gritando, dando órdenes…

– No te compliques la vida. Es una madre como cualquier otra. Tienes que aprender a dominar ese genio. Prioriza. No discutas con ella y disfruta de las cosas buenas de la vida, como este paseo.

Dan un largo paseo de más de una hora, recorriendo las calles de la ciudad hasta que llegan a una zona llena de jardines. Es domingo por la mañana y hace buen tiempo, así que las calles y los parques están llenos de gente, personas mayores tomando su ración de vitamina D, padres con niños con los patinetes y las bicicletas, las terrazas de los bares llenas a rebosar… Atraviesan un gran parque y llegan al final, a las afueras de la ciudad. Llegan a un punto en el que sólo hay tres opciones: o se dan media vuelta, o se van a una zona de oficinas o se van a una zona residencial de lujo. Optan por esto último.

Las calles de la zona residencial son todas iguales: altas paredes de hormigón donde no se puede ver el interior de los grandes jardines y grandes casas, que se imaginan que habrá, porque no se ven, cámaras de seguridad por todas partes, tanto en las calles como en las casas, coches de vigilancia de una empresa privada dando vueltas por todos lados. No hay nadie en las calles, sólo las dos hermanas. De vez en cuando se ve pasar algún coche; la mayoría de las veces son Mercedes y BMW, pero otras son coches más modestos. Así que piensan que esos coches serán de visitas o de empleados de las mansiones. Todas las calles tienen la misma estructura, la misma apariencia, el mismo paisaje y hasta los nombres de las calles son muy parecidos, con lo que, a veces, es difícil saber en qué lugar se está exactamente. Es como un laberinto. Las aceras son estrechas. Hay un árbol a cada pocos metros. No hay ni una sola plaza de aparcamiento. Está prohibido aparcar. Esas calles deben ser sólo de paso. El que quiera ir por allí o pasa de largo o entra en alguna de las casas. De vez en cuando se ve alguna parada de autobús vacía o con una sola persona. Las calles están desiertas. Todo el bullicio que había en la ciudad y en los parques minutos antes ha quedado atrás. Ahora, es como si hubieran entrado en otro mundo. Es como si el tiempo se hubiera detenido. Da igual el momento en el que se pasee por esas calles, la imagen es exactamente la misma. Da igual que sea verano o invierno, que llueva o que haga sol. Esas calles, esas casas, no cambian. Todo está igual, igual de lúgubre.

– ¿Cómo puede vivir la gente así? – Pregunta Vanesa.- No hay nada por ninguna parte. Están encerrados todo el tiempo. ¡Qué triste!

– Pues a mí no me importaría vivir aquí. ¿Tú sabes cuánto valen estos chalecitos? Hay auténticas mansiones. Aquí hay gente con mucha, mucha, mucha pasta. Políticos, actores, cantantes…

– Lo que tú quieras, pero esto es triste. ¡Mira todo esto! No te puedes bajar al bar a tomarte una caña. Tienes que coger el coche para todo, hasta para comprar el pan.

– Vanesa, esta gente no compra el pan.

– También es verdad. Oye, ahí hay como una plazoleta, ¿no?

– Eso parece.

A unos cien metros se divisa una plaza y lo que parece un pequeño campanario. Está rodeado de grandes pinos que tapan el resto de la construcción. A medida que se van acercando se va vislumbrando lo que es. Se trata de una pequeña iglesia o ermita románica. Cuando se construyó debía estar bastante alejado de la población, pues en esa zona nunca hubo casas, hasta la década de los setenta, cuando la ciudad comenzó a expandirse. Así que, quizá, se trate de una ermita situada a las afueras de lo que entonces era el pueblo, donde la gente iría cada cierto tiempo de romería.

En ese momento, tocan las campanas y empieza a salir gente de la iglesia. Saldrán como una veintena, todo personas mayores, muy mayores, vestidas con sus mejores galas, sus joyas, sus chaquetones de piel. Casi todo son mujeres. Apenas hay tres o cuatro hombres, también muy mayores, vestidos con sus trajes de chaqueta negros. En un momento, la pequeña plaza se llena de gente y tal cual han salido de la iglesia, atraviesan la plaza y desaparecen.

Sara y Vanesa están en una esquina observando la escena. No hay ni un solo coche en la plaza ni en los alrededores. Se miran extrañadas y Sara pregunta.

– ¿Y toda esta gente ha venido andando? – Vanesa se encoge de hombros al mismo tiempo que aprieta los labios, baja el mentón, levanta las cejas y echa la cabeza hacia adelante, indicando signo de extrañeza.

– Flipo. ¿Has visto cómo vestían? Se ve que tienen pasta. Pero, vamos, que parece que nos hemos transportado a otra época.

– No, hombre, no. Es que van elegantes, inculta. Eso que tú y yo no hacemos nunca. Somos de épocas diferentes aunque convivamos en el mismo año.

La plaza se ha vaciado de gente en un momento y sólo quedan tres elegantes viejecitas en la puerta de la iglesia. Están charlando tranquilamente. Las dos hermanas se sientan en un banco a descansar un rato. Sacan una botella de agua de la mochila y una bolsita de patatas fritas.

– Anda, Sara, mira. Ahí hay un cementerio. No lo habíamos visto. ¿Entramos?

– ¡Claro!

Vanesa se levanta rápidamente y va camino de la puerta del cementerio, mientras Sara mete la botella y la bolsa de patatas vacía en la mochila, con lo que queda unos metros rezagada por detrás de su hermana. Mientras camina rápido para cogerla, se coloca la mochila a la espalda y levanta la vista. Puede ver la entrada del cementerio. Entre la puerta y la verja será en total unos cuatro o cinco metros de ancho. Al fondo, se ven varias tumbas, no muchas. El resto del cementerio debe estar detrás de la iglesia y desde donde se encuentra no puede ver nada más, sólo la puerta y unas pocas tumbas. Sin embargo, ve algo extraño que hace que se pare en seco sin apartar la mirada. Hay un hombre. Es joven. Está totalmente vestido de negro. Le ve de lado, de perfil, mirando hacia una de las tumbas de la entrada con aspecto serio. Tiene la mano izquierda colocada sobre la axila derecha, el brazo derecho apoyado sobre la muñeca izquierda y la mano derecha tocándose la cara y la barbilla. El hombre tiene un aspecto extraño. No sabe qué es exactamente. Lentamente, gira la cabeza hacia Sara. No hacia Vanesa, que está a unos veinte metros de ella, casi llegando a la puerta. No. Dirige su mirada hacia Sara. La mira a los ojos. Se aparta la mano de la cara, se enfurece y va corriendo hacia ella como alma que lleva el diablo, gritando:

– ¡Fuera de aquí!

Está a unos treinta metros de distancia. La rapidez con la que corre es tan grande, que Vanesa siente el aire cuando pasa por su lado. Se echa hacia un lado dando un traspiés, como si la hubiera empujado, y se gira hacia atrás, hacia donde está su hermana. El hombre empuja a Sara y vuelve a gritarle:

– ¡Fuera de aquí!

Sara cae al suelo y el hombre se desvanece como por arte de magia. Vanesa y las tres viejecitas son testigos de lo ocurrido. Sara está tirada en el suelo mirando a todos los lados extrañada y asustada.

– Pero, ¿qué ha pasado? – Le dice Vanesa a Sara.

– ¿Lo has visto? Me ha empujado.

– No, yo no he visto nada.

– ¿Qué? ¿Cómo que no?

– Que no he visto nada, pero ha pasado algo super raro. Había algo, pero no lo he visto. ¿Qué te ha pasado?

– Que me ha empujado alguien. Ha venido corriendo desde el cementerio, me ha dicho “fuera de aquí”, me ha tirado al suelo y ha desaparecido. ¿En serio no lo has visto?

– No. No había nadie. Pero yo lo he sentido también. Es como si a mí también me hubiera empujado. Lo he notado pasar, sólo que no lo he visto. ¿Tú sí lo has visto?

– Sí, era un chico joven vestido de negro. Estaba ahí en la puerta, me ha visto y ha venido loco hacia a mí.

– ¡Ay, mi madre! ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

– No, no, estoy bien. Ha sido sólo el susto. ¿Esto ha ocurrido de verdad?

Sara mira a las viejecitas que aún siguen en la puerta de la iglesia. Ya no están hablando como antes. Están mirándolas, observando la situación en silencio. Dudan si preguntarles algo. No quieren parecer dos locas. Sara se levanta, se sacude la ropa y se van por donde han venido.

– ¡Qué fuerte, no! – Dice Vanesa.

– ¡Ya te digo!

– ¿Nos vamos a casa?

– No, a mí no me va a achantar nadie. Íbamos a entrar y entramos como Sara que me llamo… pero antes damos un paseo, que se me pase la temblina. – Las dos hermanas se echan a reír.

Dan un paseo corto, de unos diez minutos. Ya están más tranquilas. Hablan sobre lo que ha pasado, aunque aún no saben muy bien qué es ni cómo calificarlo. Regresan a la plaza de la iglesia. Siguen estando las tres viejecitas; esta vez sí que están charlando tranquilamente. Las dos hermanas se cogen del brazo y caminan lentamente hacia la puerta del cementerio, mirando a todos los lados por si ese hombre o lo que sea vuelve a aparecer. No ven ni sienten nada. Atraviesan la puerta. No pasa nada. Sara busca la tumba que estaba mirando ese hombre con cara compungida. Las primeras tumbas de la izquierda son de finales del siglo XIX y primeros del XX. Están muy viejas y en muy mal estado. Son pequeñas y están rodeadas de estacas metálicas, una práctica muy común en aquella época para protegerlas de profanaciones.

– ¡Qué extraño! – Dice Sara.- El hombre que yo vi era joven y vestía ropa moderna. No era de otra época. Me dio la impresión de que era como motorista. Iba completamente vestido de negro, pero con vaqueros y jersey de cuello vuelto, ropa actual. Aquí, en este lado, todas las tumbas que hay son de mujeres, no hay un solo hombre, y son todas de hace cien años o más. No lo entiendo. Ni es su tumba ni es su época. ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Y por qué me ha atacado?

– Vamos a mirar en el resto del cementerio, a ver si vemos algo. – Propone Vanesa.

Se recorren el cementerio entero, que es muy pequeño, tan pequeño como la iglesia, mirando todas las tumbas una a una. No encuentran ninguna que encaje con la descripción del hombre. Durante todo el tiempo que pasan allí, no vuelve a pasar nada. No hace acto de presencia, ni ese hombre ni nadie más. El lugar es tranquilo. No hay ni visitas, sólo están ellas dos y las tres ancianitas de la iglesia. Deciden quedarse un rato por allí, por si vuelve a pasar algo, pero no. No pasa nada. Vuelven a pararse ante la tumba de la entrada. Sigue sin pasar nada.

Es la hora de comer. Así que se marchan a casa, no sin antes preguntarse si todo eso que había ocurrido había sido real o si, por el contrario, había sido producto de su imaginación. No lo saben y quizá nunca lleguen a saberlo.

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Foto: Pexels.

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