El influjo de la mariposa azul

Montse se levanta como cada mañana para ir a trabajar. Es enfermera. Trabaja en un hospital. Esta semana está de mañana y su turno comienza a las ocho. Así que se levanta a las siete, desayuna, se viste, baja al garaje, coge el coche y se va a trabajar medio dormida.

Se va a trabajar como todos los días. ¿O quizá no? Está agotada por las intensas semanas de trabajo que lleva debido a la pandemia que asola el mundo entero. Hace unos turnos larguísimos, de doce, catorce horas. Su marido y su hija se han marchado a casa de sus suegros. Montse está bien; hasta el momento no ha desarrollado ningún síntoma, pero han preferido separarse para evitar contagios. El mundo entero está en confinamiento. La gente permanece en sus casas y sólo salen a la calle para trabajar las personas que se consideran esenciales en esta situación anómala: personal sanitario, suministros, distribución, alimentación… Va sola por la carretera. No hay nadie en la calle. De vez en cuando, se cruza con algún coche. Las calles están vacías a cualquier hora del día o de la noche.

Sin embargo, cuando llega al hospital la situación es bien distinta. Está lleno de gente por todas partes. Los pasillos están abarrotados de enfermos. No hay salas ni camas suficientes para todos. Los enfermos están, literalmente, tirados por los suelos, tosiendo, llorando, gritando, con fiebre… La imagen es desoladora, encoge el alma. Y así un día y otro y otro y otro. Todos los días lo mismo. El hospital está completamente desbordado. Jamás pensó que pudiera encontrarse en una situación así en su vida. Trabajando sin descanso, corriendo riesgos por su salud y la de los suyos, habiéndose separado de su familia para no contagiarse, viendo gente morir por docenas cada día, algunos de ellos conocidos, vecinos, amigos. Montse está destrozada por la situación. Aún así, se levanta cada mañana para ir a trabajar y hacerlo lo mejor que sabe. Hay días que tiene ganas de tirar la toalla, de irse a su casa y no volver. No quiere vivir esa situación. No quiere ver a la gente morir de esa manera. Tiene miedo de contagiarse. Tiene miedo de morir. Ha visto demasiadas cosas en estas semanas. Ha visto demasiadas cosas extrañas últimamente, que no había visto nunca antes.

Lleva varios días viendo revolotear por el hospital una enorme y gigantesca mariposa azul del tamaño de su mano. Al principio, pensaba que era su imaginación. ¿Una mariposa azul? ¡Qué cosa más extraña! No hay mariposas azules en España. Pero cuando escuchó a otra compañera hablar de ella, se convenció de que era real. ¿Qué hace una mariposa azul en medio de un hospital y lejos de su hábitat natural?

Montse se olvida durante unas horas de la extraña mariposa azul. No tiene tiempo para pensar en nada. Esta semana le toca estar en la UCI. No quiere. Es la parte más terrible en este momento de pandemia. Es el lugar más traumático, donde más gente muere. Se cuentan por docenas cada día. No quiere ir, pero debe hacerlo. Y cuando entra en la sala…

Salen dos enfermeras corriendo, gritando, pidiendo un spray anti insectos y buscando algo con que darle a una gigantesca mariposa azul que está revoloteando por la UCI. Es enorme. Da miedo. Mide como diez o doce centímetros. Tiene un color azul intenso y unas finas rayas amarillas en el centro de las alas. Es bonita, pero asusta. La UCI se queda vacía de personal médico. Sólo permanecen en ella Montse y los pacientes. Montse permanece inmóvil, mirándola, observándola. Hay ocho enfermos. Lógicamente, todos están muy graves, pero especialmente uno. Es un anciano de ochenta y ocho años. Lleva muchos días allí y no consigue mejorar. Pitan algunos de los aparatos que tiene conectados. Montse se olvida de la mariposa y se acerca al anciano a atenderle. Comprueba el respirador, la vía, los medicamentos, el estado de las máquinas a las que está enchufado… El anciano no puede respirar. Se ahoga. Entra Jasmine, otra enfermera, dejando la puerta abierta. En ese momento, la mariposa se posa sobre el cabecero de la cama del anciano. Apenas unos segundos después fallece y la mariposa azul se marcha por donde entró un momento antes.

Montse no da crédito a lo que acaba de ver. La mariposa se ha posado sobre el anciano y ha muerto al instante. Piensa que no puede ser verdad, que el cansancio le está jugando malas pasadas. ¿Qué daño puede hacer una mariposa? ¿Cómo ha podido morir el paciente justo cuando se ha acercado? ¿O habrá sido casualidad?

— Jasmine, ¿tú has visto aquí una mariposa hace un momento o lo he soñado?

— Sí, es preciosa, ¿verdad? Una bellísima mariposa azul. Hay muchas en mi país, en Méjico.

Por algún motivo que desconoce, a Montse le da un vuelco el corazón. Aprovecha el descanso para coger el móvil y buscar información sobre la mariposa azul. No logra encontrar gran cosa, historias, leyendas… Nada especial.

Vuelve de nuevo a su puesto, pero esta vez la envían a la UVI. Allí charla con otra anciana que lleva cuatro semanas ingresada.

— Paquito se ha ido, ¿verdad? —. Le pregunta la anciana. Montse asiente con la cabeza entre lágrimas—. No llores, hija. Le llegó su hora, como también va a llegar la mía.

— Señora, su hora todavía no ha llegado. Si está usted muy bien. Tranquilícese. Y no se quite la mascarilla del oxígeno. La necesita puesta todo el rato.

— Es que entonces no puedo hablar.

— Es que no tiene que hablar, Manuela. Quédese tranquila. Su hora no ha llegado—. Le dice mientras le coloca la mascarilla.

— Sí, hija, yo ya me muero. Está ahí mi marido-. Le dice señalando a la pared. Montse se gira y no ve a nadie-. Ya sé que tú no puedes verlo, pero yo sí. Me está esperando. Ya volvemos a estar juntos otra vez, después de tantos años separados. ¿Te he contado cómo nos conocimos?

A Montse se le encoge el alma. Hay cosas a las que no se acostumbra. Ella estudió enfermería para poner vacunas, escayolas, ayudar a personas recién operadas o que han tenido un accidente de coche, trabajar en un hospital donde pasan cosas malas, pero al final la gente se salva y vuelve a su casa. Lo que no soporta es ver morir a la gente y no poder hacer nada. Siente una gran impotencia por ver morir a personas. Antes sólo era de vez en cuando, pero desde que llegó la pandemia es a diario y ella no está preparada para esta situación. Siempre le han dicho que no interactúe con los pacientes demasiado, que no se implique, que no establezca relaciones personales, que no empatice con ellos, porque, además de sufrir, no llegaría a ser una buena profesional. Nunca hizo mucho caso. De hecho, así conoció a su marido. Fue paciente del hospital. Se rompió una pierna y le escayoló, algo sencillito y sin complicaciones.

— Hija, ¿quién es la niña que te acompaña? —. Interrumpe la anciana los pensamientos de Montse.

— ¿Cómo?

— Ah, ¿que tampoco puedes verla? Oh, vaya. Ya no distingo bien. Pues te acompaña una niña preciosa. ¿Quieres que le pregunte quién es?

— No, Manuela, tranquila. Déjelo. Descanse. Y no se quite la mascarilla —. Le dice mientras le vuelve a colocar la mascarilla de oxígeno.

— Qué más da, hija. Si me voy a morir ya. Me está esperando Manolo.

Montse respira hondo, extendiendo los brazos lentamente hacia delante con las manos levantadas. Se da media vuelta y se marcha. Entra Jasmine, junto con otras dos enfermeras más. Montse se queda mirando al grupo de enfermeras que acaba de entrar, mientras pasan por delante de ella. Se fija especialmente en Jasmine. No dice nada, sólo observa.

— Adiós, hija. Cuídate mucho-. Le dice Manuela a Montse de lejos, mientras se despide con la mano.

Entra la mariposa azul en la habitación, se posa sobre el cabecero de la cama de Manuela; durante unos momentos convulsiona, tose y muere en cuestión de segundos. ¡Otra vez! ¡Ha vuelto a pasar!

¡Qué extraña conjunción! Jasmine, mariposa, muerte. ¿Será casualidad? Jasmine dice que la mariposa azul está en Méjico y ella es mejicana. Allá donde está la mariposa azul, está Jasmine. Intenta recordar los momentos anteriores en los que ha visto la mariposa en el hospital. ¿Estaba siempre Jasmine cerca? No consigue recordar nada. El cansancio y el estrés no se lo permiten.

Le pregunta a otras enfermeras y celadores si han visto la mariposa. Algunas personas le dicen que sí y otras que no. Una paciente que está allí mismo en el pasillo, le dice que sí la ha visto varias veces revolotear por el hospital.

— ¿Quiere que le diga lo que a mí me contaron una vez que fui a Méjico? —. Esa pregunta llama la atención de Montse. Se gira y espera a que continúe. La mujer tiene un aspecto un tanto extraño. Por un momento, su mirada le ha recordado a Jasmine-. Cuando la mariposa azul se posa sobre la cama de una persona fallece al instante. No se debe luchar contra el influjo de la mariposa azul.

— ¿El influjo de la mariposa azul?

— La muerte. No se puede luchar contra la muerte. Cuando te llega, te llega. Quien lucha contra ella, acaba muriendo en extrañas circunstancias, después de haber sufrido otra muerte muy cercana y dolorosa.

— Señora, esto es un hospital. Salvamos vidas. Y no creemos en esas supercherías.

— No se puede luchar contra la muerte. Recuérdalo, mi niña.

Logra asustar a Montse. Se va al baño a lavarse la cara y despejarse un poco. Está asustada de verdad. Quizá debería dejar de preguntar sobre la mariposa. Total, qué más da. Es un sólo un insecto. Tal cual entra, se va. Mejor no meterse en historias de mitos y leyendas ancestrales de otras culturas. Se pone muy nerviosa. Coge el móvil para hablar con su marido y su hija, a ver si se tranquiliza. Se da cuenta de que está apagado. ¿Cuándo se le ha apagado? Hace un rato lo tenía encendido. No recuerda haberlo apagado. Lo enciende y ve tresinta y siete llamadas perdidas de su marido. ¡Algo terrible ha tenido que pasar! Le tiemblan las manos. Se le cae el móvil. No consigue marcar. Suena el teléfono. Es él.

— Cariño, ¿qué ha pasado?—. Dice gritando.

— Montse… ha sido horrible. Nadia ha muerto. La han atropellado. Ha sido todo muy rápido. Dios mío, está muerta. Nuestra hija. ¡¡¡Nooooo!!!

¡Ha muerto su hija! De forma repentina, fulminante. ¡Era la niña que estaba a su lado! ¡La niña a la que se refería Manuela! Montse no puede asimilarlo. Sale corriendo del baño, va corriendo por los pasillos del hospital sin sentido ninguno, llorando, casi sin poder respirar. Cuando llega a unas escaleras, tropieza y se cae, con tan mala suerte que se da con un escalón en la nuca y fallece al instante.

En lo alto de las escaleras, aparece Jasmine. Tiene los ojos excesivamente brillantes, felinos. Son de un azul lapislázuli intenso con una raya amarilla vertical en el centro. Dice con voz metálica:

— Te lo avisé. No se puede luchar contra el influjo de la mariposa azul.

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Foto: Pexels.

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