Alicia, su marido y sus dos hijos acaban de llegar al hotel. Van a pasar unos días de vacaciones en la playa. El viaje ha sido largo desde Madrid. Llegan al final de la tarde, dejan las cosas en la habitación del hotel, bajan al restaurante a cenar y salen a dar un paseo por la zona. El ambiente está muy animado. Es verano y, además, son las fiestas patronales. Hay gente por todas partes. Las calles están llenas; los restaurantes, los chiringuitos de la playa están a rebosar. El paseo marítimo está igualmente abarrotado de gente. Luces, música, atracciones de feria, los puestos del mercadillo donde se vende ropa, alhajas, recuerdos…
Recorren el paseo marítimo de principio a fin, disfrutando del momento. Es viernes. Por la mañana, Alicia y su marido han estado trabajando hasta el mediodía. A pesar de estar agotados, querían salir corriendo de Madrid y disfrutar sus vacaciones al máximo. No querían desaprovechar ni un solo minuto. Querían amanecer en la playa los quince días de vacaciones, como si no hubiera un mañana.
Cada año van a un sitio nuevo. Eligen una ciudad, un hotel y no miran qué sitios se pueden visitar. Quieren ir a ciegas y que sea el propio lugar el que les muestre sus maravillas, el que les sorprenda con sus parajes, con sus monumentos, sus ruinas, sus historias, sus tradiciones. Van por la ciudad paseando, admirando el paisaje playero, observando a las personas a su alrededor.
Divisan un faro al final del puerto. Como todos los faros, está algo lejos de la costa, ganándole terreno al mar. Hay un camino muy largo que dirige hasta él. A la entrada hay un cartel que pone “Faro de Alicia”. Los hijos de Alicia, como niños pequeños que son, empiezan a reírse y a hacerle burla a su madre, porque hay un faro que lleva su nombre, diciendo en tono cantarín, burlón e infantiloide y sacándole la lengua: Faro de Alicia, Faro de Alicia, Faro de Alicia… Ella sonríe mientras les acaricia la cabeza.
Es un paseo muy ancho, de varios metros, con bancos de piedra por todas partes para poder pararse a descansar. Está alumbrado con luces en el suelo que no iluminan demasiado, sólo marcan el camino. El faro está muy lejos, puede que a unos dos kilómetros. A pesar de estar cansados, no tienen inconveniente en intentar llegar hasta el final. En los primeros quinientos metros hay mucha gente, familias como ellos dando un paseo, disfrutando de la noche tan buena que hace. Un poquito más adelante, hay algunos jóvenes haciendo botellón. Unos metros más adelante, sólo se ve de vez en cuando alguna pareja joven haciéndose arrumacos por los rincones donde no hay foco. Y más adelante aún ya no se ve a nadie. Se han quedado completamente solos. Deben estar a mitad de camino. El faro aún está lejos. Siguen caminando tranquilamente dados de la mano, charlando, parándose de vez en cuando a observar las luces de la ciudad. La luz del camino es muy tenue. Están prácticamente a oscuras, lo que favorece disfrutar del momento, sentir la brisa del mar, escuchar cómo las olas rompen contra la pared. El sonido del mar es relajante, embriagador, casi hipnótico. Después de una agotadora semana de trabajo, con mucho estrés por dejar todos los frentes terminados, no hay nada como estar a oscuras, sintiendo el mar y respirando profundamente con los ojos cerrados. Paz. Por fin, vacaciones. Sin teléfono, sin ordenador, sin email. Quince días de descanso y libertad para luego volver a la lucha del día a día con las pilas recargadas.
Después de unos minutos de momento zehn, vuelven a la realidad. A lo lejos, se ven las atracciones de la feria y el bullicio de la playa. Los hijos de Alicia van corriendo y saltando todo el camino, jugando entre ellos, distraídos. El pequeño se tropieza y se hace daño en un tobillo. Se acerca a mirarle y a decirle que no tiene nada, que siga adelante, que ya se le pasará. Su hijo sale corriendo y ella aún permanece agachada en el suelo, cuando, al levantar la mirada, ve algo raro. Ha visto una sombra blanca. A pocos metros están su marido y sus hijos y esa sombra blanca está dando vueltas lentamente a su alrededor. Es lo que parece la sombra de una mujer.
Alicia observa la escena inmóvil, sin poder hablar. No quiere ponerse a gritar y parecer una loca. Así que sólo observa. Cada vez lo ve con más claridad. Aunque difuminada, efectivamente, puede apreciar que se trata de una mujer. Lentamente, se separa de su marido y sus hijos y desaparece en la oscuridad de la noche.
Le cuenta a su marido lo que acaba de ver. Éste le dice que puede ser una corriente de aire o una alucinación debida al cansancio. Le sugiere que se sienten un rato a descansar y que después vuelvan al hotel. Los niños siguen a los suyo, corriendo y saltando, habiendo olvidado por completo lo que había dicho su madre instantes antes. Ellos sólo quieren jugar. Es de noche muy tarde y siguen en la calle; esa sensación les gusta, les hace sentirse un poquito adultos. Alicia y su marido charlan sobre lo ocurrido. A la única conclusión a la que llegan es que o bien está cansada y le ha parecido ver algo que en realidad no es o bien ha sido una simple corriente de aire o algún tipo de efecto luminoso. Pasado un rato, vuelven a reanudar la marcha. Ya que están allí quieren llegar hasta el final. No es más que un faro como otro cualquiera, va a seguir allí al día siguiente con la luz del día, pero prefieren terminar el camino, sólo les llevará un ratito. Aún así, Alicia no está conforme con la solución propuesta por su marido. Continúa el trayecto en alerta, con mil ojos en todas partes, mirando hacia atrás a cada instante. Sabe que es imposible que hubiese una persona allí y hubiera desaparecido. A los lados sólo hay mar. Delante y detrás sólo hay un camino de cemento y una luces pobres en el suelo. No hay mucha visibilidad, pero tampoco hay ningún sitio donde poder esconderse. No hay árboles, ni farolas, ni recovecos de ninguna clase; ningún lugar donde ocultarse o guarecerse. Para desaparecer tendría que haber saltado la valla que da al mar.
El resto del trayecto discurre con normalidad. Poco a poco, Alicia se va calmando. Sin embargo, a medida que se van acercando al faro se empieza a encontrar intranquila, incómoda. Siente algo de frío y nota cómo se le eriza la piel del brazo. No le gusta esa sensación tan extraña. Comienza a mirar a todas partes, muy nerviosa, intentando buscar una explicación a esas sensaciones anómalas, buscando algo, sin saber exactamente el qué. Le dice a su marido que algo no va bien y, acto seguido, pone los ojos en blanco, mientras empieza a hablar sin que éste pueda entenderle ni una sola palabra de lo que está diciendo. Su mente se ausenta.
Mientras tanto, Alicia, en su interior, lo que está viendo es otra cosa. Ha dejado de estar con su marido y sus hijos. Está en el mismo lugar y a la misma hora, pero en otro tiempo pasado, mucho tiempo atrás. Ve a una mujer joven y alegre que va corriendo hacia el faro. Lleva un vestido ¡del siglo XIX! Entonces, mira a los barcos amarrados en el puerto y se corresponden con los de esa época. De la puerta del faro sale un hombre, vestido también con ropajes de aquella época, a recibirla. Grita: ¡Alicia! Y se funden en un apasionado beso, de ésos de película, y se meten dentro.
Alicia, la del presente, curiosa, se acerca para mirar. Al lado de la puerta hay una ventana y, sin miedo a parecer cotilla, mira a través del cristal. Ahí está la pareja comiéndose a besos acaloradamente. Un ruido en el exterior, como un golpe seco, le obliga apartar la mirada hacia su izquierda. Es noche de superluna llena. La luz de la luna ilumina la orilla. Ve a un hombre amarrar una barquita pequeña entre las rocas y dirigirse rápidamente hacia donde ella se encuentra. Lleva en la mano una enorme navaja o un cuchillo de cocina de grandes dimensiones; no lo distingue bien; sólo ve que la hoja es muy grande y ve cómo se refleja la luz de la luna en ella. Da pasos agigantados y enérgicos. Empuja la puerta dando gritos, llamando a Alicia. Los amantes suben corriendo las escaleras, dirigiéndose hacia la planta de arriba. No tienen escapatoria. El faro no tiene más que una puerta. El intruso, de tanto empujarla, acaba tirándola abajo y logra entrar.
– ¿Dónde estás, hija de perra?- Grita el hombre enfurecido. Alicia, la del presente, al ver la puerta abierta, entra y sigue al hombre para presenciar mejor la escena. No sabe si él puede verla o no. No sabe si es invisible y es sólo una mera espectadora o si, por el contrario, puede verla y, por consiguiente, atacarla. Aún así, se arriesga y entra. El hombre sube los escalones de dos en dos y allí arriba sorprende a la pareja-. ¿Cómo me has podido hacer esto? Con lo que yo te quiero.
– Curro, tranquilo, puedo explicarlo-. Dice el amante, mientras levanta las palmas de las manos en son de paz.- Espera, por favor, vamos a hablar.
– Tú no me interesas. La quiero a ella.- Dice señalándola con el cuchillo.
– Tranquilo. Lo que sea, háblalo conmigo. Ella no es culpable de nada. Fui yo. La embauqué. No podía soportar la idea de que fuese tuya cada noche.- Dice el amante intentando calmar a Curro, para que Alicia pudiera escapar.
– Antes éramos amigos, Camilo. No os puedo perdonar esta deshonra. Debéis morir los dos.
– No, Curro, hay otras formas. Vamos a hablar las cosas. Estás muy alterado.- Dice Camilo mientras busca con la mirada algún objeto con el que defenderse. Observa una llave inglesa grande, pero no sabe cómo alcanzarla. Está acorralado contra la pared.
Alicia está a su lado. Sabe perfectamente lo que debe hacer. Sale corriendo hacia la herramienta, que está sobre una mesa a varios metros de distancia, pero Curro la intercepta y le agarra del brazo. En ese momento, Camilo aprovecha para abalanzarse sobre él e intentar quitarle el cuchillo. Ambos hombres forcejean. Alicia logra zafarse, coge la llave inglesa y le asesta un fuerte golpe en la cabeza… ¡a Camilo! Éste cae al suelo inconsciente, con la cabeza ensangrentada. Alicia se echa hacia atrás horrorizada, mientras deja caer el arma homicida. Mira a Curro con estupor y éste, sin pensárselo dos veces, dice fríamente:
– Tenemos que deshacernos del cadáver y limpiar todo esto. No se debe enterar nadie.
Alicia, sin decir una sola palabra y todavía en shock, hace lo que dice su marido. Mientras él carga con el cuerpo inerte de su amado Camilo hasta la barca, ella se queda limpiando y recogiéndolo todo, intentando no dejar ni una sola huella de lo que allí ha pasado. Al rato, vuelve su marido y le dice:
– Ya está. Vámonos a casa. Aquí no ha pasado nada. Mañana será otro día.- Y se marchan en silencio.
Desde entonces, cada noche, Alicia visitaba el faro donde perdió la vida su amado Camilo. La tristeza y el remordimiento por haber acabado con su vida, aunque hubiera sido de forma accidental, no la dejaba vivir. Pasaron varias semanas hasta que, al final, no pudo soportarlo más. Una noche subió al faro y se arrojó al vacío, pensando que, así, descansaría en paz junto al amor de su vida por toda la eternidad.
Pero no lo encontró. Noche tras noche desde hace un siglo, se pasea por allí buscando a Camilo. Se hizo famosa su historia y las personas del lugar aseguran que se ve el espíritu de Alicia vagar por el faro y sus alrededores.
Ya en el tiempo presente, Alicia recupera la conciencia. Su marido y sus hijos están a su lado, preocupados por ella, asustados.
– ¿Qué ha pasado? – Le pregunta su marido.
– He tenido una visión. He visto lo que pasó aquí. Ya sé por qué se llama El Faro de Alicia.
Le cuenta a su marido toda la historia que acaba de presenciar. A medida que se lo va relatando ve cómo se perfila la sombra blanca que había aparecido unos instantes antes. Poco a poco, la sombra difusa se convierte en persona, prácticamente de carne y hueso, como si fuera real. Se aparece ante ellos. Todos pueden verla, no sólo Alicia.
– Ahora ya sabéis lo que pasó.- Dice el espíritu de Alicia.- Nadie hasta hoy ha sabido toda la verdad de lo que aquí ocurrió. En más de cien años, sólo tú, Alicia, has podido verlo. Nadie más. He pagado mi culpa durante todos estos años, vagando por este lugar noche tras noche durante más de un siglo. Yo maté al amor de mi vida. Ya, por fin, he revelado mi secreto. Ya me he liberado. Ahora ya sí que podemos irnos juntos en paz. Gracias, Alicia.
Por detrás, aparece otra sombra blanca difuminada que, al igual que ha pasado con Alicia, toma forma humana y aparece la imagen de Camilo. Se agarran de la mano y se alejan en la oscuridad de la noche. Alicia se gira y les saluda con una gran sonrisa, despidiéndose y diciendo de nuevo en un susurro “gracias”. Y ambos, Alicia y Camilo, se difuminan lentamente hasta desaparecer, esta vez para siempre.
– ¡Qué bonita historia de amor! – Dice Alicia entre lágrimas.- ¡Qué bonito! El amor más allá de la vida y la muerte.
– Ya, bueno… – Dice su marido.- ¡Pero le mató!
– ¡Fue un accidente! Quería matar al marido. Bueno, en realidad, no quería matar a nadie. ¡Ay, cariño, eres de un romántico!
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