Era el primer día de trabajo de Álvaro como celador en la residencia de ancianos. Llegó puntual a la hora convenida, a última hora de la tarde. Comenzaba con el turno de noche, sustituyendo a una persona que se había marchado repentinamente.
Le atendió Antonio, el jefe de recursos humanos. Le enseñó las instalaciones, le presentó al personal y a algunos de los residentes. Hablaba sin parar. Solo podía escuchar y asentir con la cabeza, mientras intentaba fijar en su mente nombres, procedimientos y todas las cosas que le iba contando. Se hizo enseguida con el puesto. Ya tenía experiencia de otras empresas. No iba a ser diferente. Siempre era lo mismo, trasladar a los ancianos, moverlos, levantarlos o acostarlos de las camas o de las sillas de ruedas. En principio, nada le hacía pensar que esta residencia iba a ser diferente a las demás.
Las primeras horas fueron un poco caóticas. Mucho ruido, información, personas entrando y saliendo. Había muchos residentes y personal médico y el trajín de las visitas era constante. Poco a poco, el edificio se fue tranquilizando. Las visitas se marcharon, el personal médico también y quedaron solo las personas de guardia. Los ancianos ya estaban acostados. Todo estaba en calma.
Se quedó charlando tranquilamente con sus nuevos compañeros de trabajo, mientras tomaban café. Las noches solían ser largas. Cada cierto tiempo, hacían la ronda, comprobando que todo estaba en orden en las habitaciones. En una de ellas, una mujer se había caído, intentando levantarse de la cama para ir al baño. Álvaro tuvo que acudir a la habitación para ayudar a levantarla y a colocarla de nuevo en la cama. La anciana, una mujer que calculó tendría unos noventa años, con muchísimas arrugas y la piel blanca y fina, le dijo sonriente:
—Tú eres nuevo aquí, ¿verdad?
—Sí, hoy es mi primer día.
—¿Has visto ya a Manuela?
—Pues no lo sé, señora. He conocido a tanta gente hoy…
—Eso es que no. Ya la verás, seguro.
Álvaro dejó a la anciana en su cama y volvió al puesto de trabajo. Sus compañeros no estaban, pero sí otro que no conocía. Se llamaba Bernardo. Era un hombre poco hablador. Solo lo hacía cuando era estrictamente necesario y con monosílabos. Era parco en palabras. Era celador, como él. Intentaba darle algo de conversación, pero era inútil. De vez en cuando, se levantaba a ratos a mirar por el pasillo, por si venía alguno de sus compañeros y poder hablar. Mientras esperaba que alguien más sociable llegara, se quedó en silencio con Bernardo. Estaba todo tranquilo. No se oía ningún ruido, solo la respiración de las dos personas que allí estaban y los toquecitos que daba Álvaro con los dedos en la mesa insistentemente. El silencio era absoluto, hasta que comenzó a oír unos golpes. Se levantó y se dirigió al pasillo. Era el sonido de un bastón, lento, pero contundente. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Miraba a todas partes y no sabía de dónde provenía el sonido. No había nadie en el pasillo. Entró en todas las habitaciones, una a una. Todos los ancianos estaban acostados. Volvió al puesto y se quedó en la puerta, observando. Claramente, ese sonido estaba en el pasillo. Era como si un anciano estuviese caminando con un bastón, con paso lento, pero uniforme. Incluso oía el arrastrar de los pies. Sentía cómo ese sonido se acercaba a él poco a poco, lentamente, hasta pasar de largo delante de sus narices y continuar por el pasillo hasta el final del mismo, donde estaba el ascensor. No vio nada, pero sintió como si una persona hubiera pasado por delante de él. Se dio la vuelta para comentárselo a Bernardo, pero éste no estaba. No recordaba que se hubiese marchado. Al poco tiempo, llegaron los demás compañeros. Habían salido a fumar tras hacer la ronda por los dormitorios. Álvaro, por un momento, dudó si contarles lo sucedido o no pero, finalmente, no lo hizo. Pasó el resto de la noche tranquilo, con las cosas normales de una residencia: ancianos que gritaban, porque habían tenido una pesadilla o quejándose porque les dolía algo. Nada fuera de lo común.
Las noches siguientes fueron igualmente tranquilas. No hubo ningún incidente extraño. No volvió a oír los golpes del bastón ni ningún otro ruido, ni en ese pasillo ni en otro lugar. Todo transcurrió con normalidad, hasta que, a la cuarta noche, salió a fumar y, cuando volvió a entrar, pasó por delante de la piscina donde se hacía la rehabilitación. La entrada a la sala estaba formada por una puerta con dos hojas; cada una de ellas tenía un agujero de cristal en el medio, por lo que podía ver el interior. Aunque estaba a oscuras le dio la impresión de haber visto a alguien paseando por el bordillo de la piscina. Miró a través de uno de los cristales y vio cómo alguien se tiraba a la piscina. Sintió el chapoteo del agua al caer. Entró, encendió la luz y no vio a nadie en toda la estancia. Sin embargo, el agua se movía, aún se podían ver las ondas producidas por el impacto. Recorrió la sala entera, mirando por todos los rincones, pero no vio a nadie. Cuando ya lo había dejado por imposible y se estaba marchando, justo antes de disponerse a apagar la luz y cerrar la puerta, volvió a oír el estruendo del agua, como cuando una persona se tira a la piscina. Se giró rápidamente y vio cómo el agua se movía sola. Las ondas se expandían en la zona del impacto y se abría un camino en línea recta, como cuando una persona está nadando. No veía a nadie, solo veía al agua moverse sola. Se asustó y se fue corriendo a contárselo a sus compañeros.
Les contó todo lo que había visto, pero ninguno de ellos quería hacer ningún comentario. Se miraban entre ellos, como dudando si decirle algo que solo ellos sabían, hasta que Álvaro saltó.
—Bueno, ya está bien. ¿Me vais a contar qué pasa o qué?
Sus compañeros seguían dubitativos, hasta que una de ellas, Lorena, se atrevió a hablar.
—Debe ser Manuela.
—Es la segunda vez que oigo ese nombre. ¿Quién es Manuela?
—Era una residente. De joven fue nadadora profesional. Un accidente la dejó en silla de ruedas. Estuvo aquí muchos años, hasta que falleció —. Álvaro la miró con incredulidad.
—Ya. Soy el novato y venís a contarme historietas de Halloween. Manuela, nadadora, minusválida, que después de muerta se da bañitos nocturnos en la piscina. ¡Venga ya! A otro perro con ese hueso.
—No te enfades. Lo que te decimos es la verdad. Se da un baño en la piscina y luego desaparece. Al menos, eso es lo que dicen otros residentes que dicen que la ven.
—Ya, y lo del pasillo, ¿qué es? ¿También es Manuela?
Se miraron extrañados. No sabían a qué se refería. Ellos solo habían sido testigo de los baños de Manuela. Les comentó que Bernardo estaba presente cuando sintió pasar al anciano con el bastón y le dijeron que no conocían a ningún Bernardo, que en el turno de noche solo estaban los allí presentes. Álvaro pensó que le estaban tomando el pelo, que era la novatada del día.
Las siguientes noches fueron tranquilas. No volvió a sentir nada extraño, procuró evitar pasar por la piscina. También evitó hablar del tema con sus compañeros de trabajo. No le gustaba que se rieran de él. Sabía perfectamente lo que había visto y sentido.
La anciana que atendió la primera noche, la que le habló de Manuela, le preguntaba todos los días si ya la había conocido. Cuando le decía que no, se desilusionaba, diciendo que era una pena, porque era una mujer muy maja, que había sido su compañera de habitación. Le contó que el tiempo que estuvo allí como paciente, a pesar de haber tenido una vida muy dura, siempre luchaba. Luchó hasta el final, hasta que el cáncer acabó con su vida, y que al morir se liberó, ya que pudo volver a nadar, que era su gran pasión. Desde entonces, todas las noches se aparecía en la piscina, se daba un baño para luego volver a desaparecer. A Álvaro le parecía una historia muy bonita y la ancianita, que se la contaba noche tras noche, le parecía muy tierna.
—Pero no solo es eso —dijo la anciana—. Aunque no te lo creas, esto es una fiesta por las noches. Aún no lo has visto. ¿Quieres que te lo muestre? —Le mira desafiante y Álvaro acepta, asintiendo con la cabeza y sonriendo de medio lado—. Ahora estás preparado. Llévame a la piscina, pero que no nos vea nadie. Esto es un secreto.
La colocó en una silla de ruedas, abrió la puerta de la habitación, miró a los lados, comprobando que no hubiera nadie, y la sacó de allí todo lo rápido que pudo, procurando no hacer ruido. Se metieron en el ascensor, llegaron a la planta baja, atravesaron otro pasillo y llegaron hasta la puerta de la piscina. Miró el reloj y vio que eran las tres y treinta y tres de la madrugada. No se sabía quién de los dos estaba más emocionado, si Álvaro o la tierna ancianita. Álvaro se disponía a abrir la puerta de la piscina cuando vio a un anciano salir del ascensor. Llevaba un bastón y arrastraba los pies. Caminaba muy despacio. Se quedó observándolo impasible mientras avanzaba por el pasillo hasta que llegó a donde ellos estaban. El anciano les dio las buenas noches educadamente, abrió la puerta y entró en la sala. Álvaro y la anciana entraron detrás. La piscina estaba llena de gente. Había personas de todas las edades. Cada uno vestía de una manera diferente. Unos eran ancianos y vestían ropas actuales. Otros, en cambio, eran más jóvenes y vestían de los años setenta, de los cuarenta e, incluso, de los años veinte. En la sala habría como cuarenta personas. Había una barra de bar, un tocadiscos y habían decorado la estancia con globos y una luz de discoteca, cosas que antes no estaban.
El centro de atención era una joven morena, con el pelo rizado, alta, delgada y estilizada. Llevaba un vestido corto de los años treinta y un collar de perlas. Les divisó a lo lejos y les saludó con la mano, sonriendo, mientras se acercaba a ellos.
—¡Es Manuela! —Gritó la anciana, emocionada. Álvaro estaba perplejo—. ¿Ves? Te dije que este chico sí. Bernardo no estaba muy convencido, pero yo sabía que podíamos contar con él. ¿A que sí, Manuela?
—Contar conmigo, ¿para qué? —Preguntó Álvaro, intrigado.
—Nada especial —contestó Manuela—, para que pudieras conocer todo esto y ayudarnos a mantenerlo en secreto. El chico que estaba antes que tú lo soltó todo, tuvimos que asustarle un poco y salió corriendo. Le contaba a todo el mundo lo que aquí pasaba. Se traía a sus amigos, que venían con aparatos para hacer psicofonías y fotos. Queremos estar en paz. Aquí nos reunimos algunas noches, como ves, para charlar, escuchar música, bailar, nadar… Normalmente, la gente ni nos ve, ni nos siente. Pero hay personas que sí y ésos son los que nos preocupan.
En ese momento, aparece Lorena y enciende la luz. Instantáneamente, todo ha desaparecido, la fiesta, la gente, la barra de bar, la luz de discoteca… Están solos en medio de la sala Álvaro y la ancianita en la silla de ruedas, a oscuras.
—¿Qué hacéis aquí? —Grita Lorena enfadada, a la par que sorprendida —. Llevamos un buen rato buscándoos. ¡Herminia, a su cuarto! ¡Álvaro, a trabajar! Nada de despistes.
—Perdona, no volverá a ocurrir —se disculpó Álvaro—. Herminia se había desvelado y, como me habíais hablado de Manuela, la traje aquí dando un paseo.
—¿Y la has visto? —Preguntó Lorena, intrigada.
—No. Aquí no hay nada. Lo que me pareció ver la otra noche debieron ser alucinaciones mías —Se giró hacia Herminia y le guiñó un ojo.
Desde entonces, Álvaro todas las noches se pasaba un momento por la piscina, para vigilar que todo estaba en orden, intentando hacer escapadas cortas, sin que nadie le viera. Los fines de semana eran cuando hacían fiestas, venía todo el mundo y era cuando más cuidado había de tener para mantener todo aquello en secreto. En los días de diario, Manuela, noche tras noche se bañaba en la piscina, en soledad. Álvaro la miraba a través del cristal, admirando su belleza. La observaba durante unos minutos y se marchaba. Aquella gente se había convertido en su familia y Manuela en su amor platónico.
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Muy chulo 👌👌👌👌
Gracias, Alex 😊
Que bonito relato …
Gracias 😊
Me ha encantando..
Gracias 😊