Mario era fan de los podcasts. Era joven, deportista en exceso, más bien, vigoréxico. Trabajaba en una tienda de deportes. Cuando no estaba en la tienda, estaba en el gimnasio o haciendo running. Siempre estaba escuchando podcasts con los auriculares. No tenía novia. Era un chico algo solitario. Su pasión era el deporte y los podcasts. Cuando se decretó el estado de alarma en España y el confinamiento estricto, de un día para otro perdió su trabajo y se vio encerrado en casa, sin poder salir a la calle, a hacer deporte, como él quería. Solo le quedaban los podcasts.
Cada día confinado, su vida era más y más triste, más vacía. Los primeros días hacía ejercicio en casa, corría sobre la alfombra del salón, hacía circuitos con cosas que dejaba en el suelo repartidas por todas las estancias. Se ponía música diferente, en función del ejercicio que fuera a realizar. Cuando terminaba la sesión se ponía a escuchar podcasts. Al principio, escuchaba programas de deportes. Sin embargo, un día la aplicación le mostró en la pantalla de inicio un programa de misterio. Los primeros días no hacía caso, seguía escuchando deportes, mientras hacía deporte. Ese extraño programa aparecía siempre, ocupando todo el espacio publicitario de la aplicación.
A medida que iban pasando los días, la fuerza inicial para hacer ejercicio en casa, se fue apagando, poco a poco. No podía salir de casa. No trabajaba. Estaba solo en casa. No tenía ganas de nada. Cada vez hacía menos ejercicio, empezó a engordar un poquito, no salía a la calle, no trabajaba, apenas se duchaba, no se afeitaba, no veía la televisión… solo escuchaba podcasts.
Pasadas apenas tres semanas desde el inicio del confinamiento estricto, Mario había perdido toda su energía, su esencia, su alegría de vivir. No era ni la sombra de lo que había sido. Su vida había cambiado radicalmente de un día para otro, sin esperarlo, sin poder hacer nada al respecto. Iba de la cama al sofá y del sofá a la cama. El confinamiento le pilló solo en ese momento. Sus compañeros de piso estaban de viaje y se quedaron donde les había pillado. Así que Mario estaba todo el día solo, sin hablar con nadie y escuchando podcasts sin cesar. Uno tras otro durante prácticamente las veinticuatro horas del día.
Los podcasts de deportes dejaron de hacerle gracia. Además, tampoco había deportes sobre los que comentar. Todo el país estaba paralizado, incluso el fútbol. ¡Quién lo iba a decir! Empezó a beber cerveza a todas horas. ¿Para qué iba a hacer ejercicio? ¿Para qué iba a comer sano? Su vida era eso: cerveza, falta de higiene por doquier, tanto personal como la de la casa, y podcasts.
Un día, cansado de escuchar programas de deportes, donde solo hablaban de partidos pasados, pinchó en la publicidad del programa de misterio que llevaba desde hacía semanas mostrándose en la pantalla principal de la aplicación. Nunca antes había salido o, al menos, nunca antes había reparado en él. Pinchó. El programa se abrió y, en vez de aparecer la página principal del programa con la información del mismo y la lista de episodios debajo, directamente empezó a sonar. El presentador comenzó a hablar. Sin música, sin entradilla, de forma clara y concisa. Tenía un voz grave. Hablaba muy despacio, para dar más énfasis a cada palabra que decía. Desde ese mismo momento, Mario se quedó hipnotizado con esa voz que parecía como si le hablara a él directamente.
—Hola, amigos del misterio. Bienvenidos una noche más a este programa, a esta casa, a esta cueva, a esta buhardilla —Hablaba en un tono solemne—. ¿Qué tal lleváis el confinamiento? ¿Bien? Seguro que no. Seguro que no tenéis ganas de hacer absolutamente nada. Todo el día encerrados en casa, sin poder salir, sin poder ver a los nuestros. Porque los nuestros, queridos amigos, nuestras familias, son los que están y también los que no están con nosotros aquí y ahora. Pero no es cierto que no podamos verlos. A los vivos podemos verlos a través del móvil, pero, ¿y los otros? ¿Qué hacemos para ver a los otros? Están aquí, con nosotros. Y ahora más que nunca. Han venido para hacernos compañía, para ayudarnos en este trance. ¿Lo notas, Mario? ¿A quién sientes a tu alrededor?
Mario estaba hipnotizado. Estaba tan concentrado en las palabras del presentador, en lo que le hacía sentir, que ni siquiera se había percatado de que se había dirigido a él por su nombre. Se limitó a mirar a su alrededor y cerrar los ojos para ver si era capaz de sentir algo. ¿Había algún familiar allí con él? No podía dilucidar muy bien las cosas. Estaba tirado en el sofá, tomando una cerveza tras otra. Estaba mareado, veía borroso. Le pareció ver una sombra en el salón, inclinó la cabeza para intentar verlo un poco más derecho, pero se acabó cayendo del sofá, quedándose dormido en el suelo, con una pierna encima del sofá, el botellín de cerveza agarrado por la mano, vacío, con todo el líquido desparramado por la alfombra, y el móvil en la otra mano. Mientras tanto, el podcast seguía sonando en su cabeza. Aunque estuviera dormido, borracho, sus palabras penetraban hasta lo más profundo de su mente. De forma subconsciente, las palabras del locutor iban haciendo mella en él.
Mario despertó de madrugada. Tenía una imperiosa necesidad de ir al baño. Se encontraba tan mal, con tanta debilidad, que no consiguió ponerse erguido y fue al baño a cuatro patas, medio arrastrándose. No le quedaba más remedio que ponerse de pie frente al inodoro; así que se levantó como pudo, apoyándose en la pared. Se tambaleaba. Todavía le duraba la borrachera. Cuando terminó, se acercó al lavabo y se lavó la cara. Metió la cabeza debajo del grifo para mojarse la nuca y el pelo y espabilarse un poco. Cuando levantó la cabeza se miró al espejo. Tenía una pinta horrible, el pelo demasiado largo para lo que lo solía llevar, barba de varias semanas, los dientes amarillos y llenos de restos de comida de no lavárselos… Vuelve a mojarse la cara y cuando vuelve a mirarse al espejo, ve a un hombre detrás de él. Se giró con rapidez, pero ya era tarde. Le asestó un fuerte golpe en la cabeza, que lo dejó inconsciente.
Cuando recobró el conocimiento ya era de día, estaba en el salón, en el sofá. Todo seguía como lo había dejado la noche anterior, las botellas de cerveza tiradas por todas partes, la alfombra llena de manchas y de bolsas de patatas fritas. Un desastre. No recordaba bien qué era lo que había pasado. ¿Había sido un sueño? Le dolía la cabeza justo en el lugar donde había recibido el golpe. También le dolía por la resaca. Seguía aturdido y, sobre todo, muy débil. En cuanto se espabiló un poco y tomó conciencia de la situación, cogió el móvil y puso el podcast de misterio que había escuchado la noche anterior. Llevaba semanas sin tener contacto con nadie. No encendía la televisión, para no ver las desgracias que estaban ocurriendo. No quería ver la realidad. Estaba asustado. Ese podcast era su única compañía. Volvió a encenderlo.
—Hola, amigos del misterio…
A Mario le pareció que la voz sonaba muy real, demasiado real. Le dio la impresión de que no hablaba desde el teléfono. Era como si estuviera allí mismo, como si estuviese delante de él. Alzó la mirada y, efectivamente, ahí estaba el hombre que unas horas antes le había golpeado hasta dejarlo inconsciente. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, vestido elegantemente, con un traje azul marino, una camisa rosa palo, una corbata roja, un alfiler de corbata, unos gemelos y un anillo tipo sello en el meñique derecho. Vestía impecable. Alto, delgado, fornido. Pelo corto, afeitado.
—Hola, Mario —Dijo el hombre de forma solemne, con voz grave. Era la misma voz que la del locutor.
—¿Quién eres?
—Me llamo Pedro. Digamos que somos familia.
—¿Qué quieres? ¿Cómo has entrado en mi casa?
—Eso es lo de menos. Lo importante es que estoy aquí para ayudarte, para que salgas de aquí.
—No podemos salir a la calle. Detienen a la gente que sale sin motivo justificado.
—Haz un pedido de algo y que venga un mensajero. Él sí puede salir a la calle. Te has quedado sin cervezas y sin comida basura. Y cuando venga, le asestas un golpe con este palo, como hice yo contigo ayer. ¿Te acuerdas?
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque él puede salir a la calle y tú no. Le golpeas, le quitas la ropa y sales a la calle. Entonces, serás libre. Si eres mensajero no te pueden detener.
—No.
—Tú mismo, pero él sale a la calle y tú no.
Pasaron varios días. Mario se vio obligado a hacer un pedido. La cerveza se le había gastado hacía tiempo y, con tal de no hacer un pedido, bebía agua del grifo. Pero llegó el día en que se quedó también sin comida y no tuvo más remedio que hacer un pedido. El mensajero llamó a su puerta y Pedro estaba detrás de él hablándole al oído, diciéndole que atacara al mensajero para quitarle la ropa y salir a la calle. Le decía que necesitaba salir, que le diera la luz del sol, correr, respirar, y que no podía hacerlo de otra manera. Pedro se pasaba día y noche hablándole acerca de lo maravilloso que era salir a la calle y ser libre. Mario no quería escucharle, volvió a beber cerveza hasta quedar inconsciente. No quería escuchar esa voz veinticuatro horas al día. No le dejaba ni de día ni de noche, no le dejaba dormir. La única manera que tenía de no escucharle y de poder dormir un poco era estando borracho. Solo la cerveza apagaba temporalmente esa voz que le incitaba a cometer delitos. Él no era así. Él era una buena persona. Quería mantenerse firme, pero Pedro le iba minando poco a poco. Le susurraba al oído veinticuatro horas al día, era como un martillo pilón.
Hizo varios pedidos y varias veces vino el mensajero. Mario hacía un esfuerzo muy grande por controlarse los pocos segundos en los que tenía contacto él. Pedro estaba detrás, incitándole. Le decía que tenía que salir a la calle o se volvería loco. Que atacara al mensajero. Y un día lo hizo. Cogió el palo con el que Pedro le había golpeado el primer día y le asestó un fuerte golpe en la cabeza al mensajero en el rellano de la puerta. Rápidamente, lo metió en la casa, esperando que ninguno de los otros vecinos de rellano hubiera visto u oído nada. Una vez dentro, decía una y otra vez:
—Lo siento, tío, lo siento. Tengo que hacerlo.
Le quitó la ropa, lo amordazó y lo ató de pies y manos, mientras Pedro lo celebraba aplaudiendo. Se puso su ropa y salió a la calle. La luz del sol le cegó. Se quedó atontado mirando al cielo, a los edificios, a los coches aparcados en la calle. No había nadie. Estaba todo desierto. Divisó a lo lejos un par de camiones del ejército patrullando las calles y varios coches de policía. Pasaron por su lado y se cruzaron las miradas. Se sintió algo nervioso, pero siguió su camino adelante. Había salido decidido a dar un paseo y eso era lo que iba a hacer. Se fue a un parque cercano. La hierba había crecido de una manera descomunal. Vio pasar un jabalí por la carretera.
—¿Un jabalí? — pensó—. ¿Esto qué es, el apocalipsis? ¿La naturaleza tomando la ciudad?
Después de un largo rato paseando y corriendo por las calles del barrio, decidió volver a su casa. Al llegar, se la encontró tal cual la dejó, completamente sucia y desordenada y el mensajero inconsciente tirado en el salón maniatado. En ese momento, se dio cuenta de lo que había hecho. Se quitó la ropa y volvió a ponérsela al mensajero, lo sacó al rellano y allí lo dejó, como si no hubiera pasado nada. Él no sabía nada. Le había entregado el pedido y no sabía más. Y allí lo dejó hasta que un rato más tarde se despertó por sí mismo, desorientado, y se marchó. ¡Bien! No se había enterado de nada. Ya no iría a la cárcel.
Mario estaba tranquilo y feliz. Había salido a la calle y se había quedado super relajado. Había vuelto a sentir, después de tanto tiempo. Volvió a sentirse vivo. No le gustaba lo que había hecho, pero se sentía bien.
Durante varias horas Pedro no había hecho acto de presencia. Durante días estuvo hablándole de forma constante y desapareció justo cuando salió a la calle. Se sintió tranquilo por ello. Pero su dicha duró poco. Pedro volvió a aparecer con la misma historia. Le decía que tenía que salir como fuera, a toda costa, que atacase a otro mensajero, para quitarle la ropa y salir a la calle, para volver a sentirse libre. Mario en ese momento, se dio cuenta de lo que realmente le había pasado. Estar encerrado en casa, solo, sin poder salir a la calle, sin ver la televisión, o viendo solo un mismo tema, que era el virus y el confinamiento, le había desquiciado. Estaba perdiendo el juicio. Pedro no era real. Era su mente jugándole malas pasadas.
El confinamiento estricto fue desapareciendo, dando paso a pequeñas salidas controladas. Mario aprovechaba para salir el poco tiempo que le permitían las autoridades y correr por las calles. Necesitaba eliminar toda la cerveza y las grasas saturadas que había ingerido y volver a su ser, a su esencia. En pocos días, Pedro había desaparecido para siempre. Había sido solo un sueño, una mala pesadilla.
El confinamiento seguía vigente, aunque cada vez menos estricto. Seguía haciendo pedidos de comida a domicilio, a pesar de que podía salir a la calle a comprar. Esperaba encontrarse con aquel mensajero al que secuestró sin que él mismo lo supiera. Un día, ese mismo mensajero volvió a llamar a su puerta. Era un chico muy joven, tendría los dieciocho recién cumplidos. Mario le sonrió, le ofreció una cerveza y le dio una generosa propina. Se fue más contento que unas pascuas y nunca llegó a enterarse de nada. Mario sintió que con ello había pagado su deuda con él.
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Un gran relato.. y en plena actualidad