Cada noche los muertos salían a pasear. En cuanto daban las doce los espíritus se levantaban de sus tumbas, donde se escondían durante el día, y salían por la puerta del cementerio. Deprisa. Se dirigían corriendo a los lugares que habían elegido, a sus casas, a visitar a sus familias, a lugares abandonados… Todos salían corriendo. Sabían que apenas tenían unas horas. Debían estar de vuelta antes del amanecer.
Enfrente del cementerio había un edificio de oficinas. Noche tras noche, uno de los vigilantes era testigo, a través de las cámaras de seguridad, de la estampida de espíritus y su regreso al amanecer. Un día grabó unas imágenes y se las enseñó a su amiga Marta. Ésta no dudó ni un instante en querer presenciarlo y una tarde se coló en el cementerio poco antes de que cerrasen y se escondió en un rincón, esperando a que dieran las doce para ser testigo de ese grandioso espectáculo. Y así fue. Vio cómo de las tumbas, de los nichos y de los panteones salían los espíritus de las personas allí enterradas. Eran seres nebulosos, semitransparentes, unos de color blanquecino y otros más oscuros. Cada uno iba vestido de una manera diferente, en función de la época en la que habían vivido. Hombres, mujeres y niños de diversas épocas, todos juntos en un mismo lugar. No interactuaban, no hablaban entre ellos. Simplemente, salían de sus tumbas y todos se dirigían al mismo lugar, a la puerta del cementerio. La atravesaban, salían a la calle y se dispersaban. En un instante, el cementerio se había quedado vacío y solo, a excepción de las decenas de gatos que por allí pululaban, campando a sus anchas.
Marta decidió salir de su escondite. Caminaba a oscuras por el cementerio; con la luz de la luna, las estrellas y las tenues farolas era suficiente para ver sin tropezarse. Prefería no encender la linterna del móvil, no fuera que hubiera un vigilante en el cementerio o que alguien la viera desde fuera y llamase a la policía. Estuvo un rato dando un paseo. El lugar era tranquilo y silencioso, salvo cuando los gatos se enzarzaban. Al cabo de un hora, le entró sueño, así que buscó un rincón donde cobijarse y no ser encontrada al día siguiente por el personal del cementerio. Se dirigió a la zona más antigua, donde había tumbas y panteones de más de un siglo. Le llamó la atención ver las tumbas tan viejas y descuidadas y esos nombres de épocas anteriores que ahora no se estilaban: Bernardino, Cipriano, Feliciana… Sonrió.
—¡Hola! —Dijo una voz masculina a su espalda. Marta se giró rápidamente, sobresaltada; puso cara de terror y salió corriendo. Tropezó y cayó varias veces, mientras miraba hacia atrás. Estaba aterrorizada—. ¡Espere! No se vaya a hacer daño—. Ya era tarde. Se había caído y se había hecho daño en el tobillo. El hombre se acercó a ella lentamente y le tendió su semitransparente mano—. No tema.
Marta estaba en el suelo, con el tobillo dolorido, mirando al frente a un ser semitransparente vestido con ropa del siglo XIX. Llevaba un traje de levita, sombrero de copa y bastón. Tenía una barba perfectamente cuidada. Era joven y educado y mantenía la distancia con ella.
—Por favor, no tema—. Volvió a insistir el espíritu.
Marta no tenía palabras. Había ido al cementerio para ver la procesión de espíritus que su amigo le había dicho que ocurría noche tras noche. Pero quería hacerlo escondida, para no ser vista. No contaba con que alguno de esos espíritus se quedase allí y hablase con ella.
—¿Está bien? ¿Puede levantarse? Debería hacerlo, puede coger frío en el suelo. Le daría mi mano para ayudarla a levantarse, pero creo que no es posible. Lamento no poder ayudarla en esta situación.
—Estoy bien, gracias—. Contestó Marta, cuando, por fin, pudo articular palabra.
—Éste no es lugar para una dama y menos de noche y sola. No ha debido venir. Aquí hay personas, por llamarlo de algún modo, que no siempre tienen buenas intenciones. Ahora mismo no hay nadie, así que puede estar tranquila. Por cierto, me llamo Braulio. ¿Y usted?
—Marta.
—Por favor, no tema. No puede salir del cementerio hasta que abran, porque dudo que se aventure a saltar el muro. Es demasiado alto y podría lastimarse. La acompañaré toda la noche hasta que pueda marcharse, si no tiene inconveniente.
—¿Tú no te vas como los demás?
—No. Ellos siempre tienen prisa. Prisa para todo. Cuando vivían, tenían prisa y ahora de muertos también tienen prisa. Siempre con prisas. Esperan que caiga la noche para salir corriendo, para luego volver al amanecer, también con prisa. Ya ha sucedido en alguna ocasión, que alguno ha llegado siendo ya de día y un vivo lo ha visto. No disfrutan el momento. No aceptan que han muerto. ¿Por qué las personas de ahora tienen tanta prisa? En mis tiempos, todo era mucho más pausado. El tiempo era más lento, se vivía más, se disfrutaba más. Era intenso.
—Ya, eran otros tiempos. ¿Por qué no te vas como los demás?
—¿Para qué? No tengo dónde ir. Cuando vivía, me gustaba venir aquí a pasear. Entonces los cementerios no solo eran un lugar para visitar y honrar a los muertos. También eran un lugar de paseo, de paz, de introspección.
—Eres joven. ¿Cómo perdiste la vida? ¿En qué año fue?
—Fue en 1889. Me batí en duelo. Se puso en duda mi honor y el de una bella dama a la que amaba más que a mí mismo. Mi contrincante fue más rápido y certero que yo. Y desde entonces aquí estoy.
—¿Moriste por amor? ¡Qué bonito! ¡Y qué triste al mismo tiempo! ¿Qué fue de ella?
—Se casó… con mi contrincante y tuvieron descendencia.
—Lo siento.
—Venga por aquí. Le mostraré los personajes ilustres y no tan ilustres de este pueblo, que ya no lo es tanto.
Braulio le hizo una visita guiada a Marta por la zona vieja del cementerio y los panteones, donde estaban los restos de las personas que él había conocido en vida. El alcalde, el cura, el médico, el gobernador de la provincia, un escritor. Le llevó también al panteón donde estaba la tumba de su amada, Estefanía, y a la de su esposo, Isidro, su contrincante, quien acabó con su vida.
Le contó a Marta que cada noche se arrodillaba ante la tumba de su amada, lamentándose por lo que pudo haber sido y no fue. Le pedía perdón por no haber sabido hacerla feliz. No entendía por qué él permanecía ahí y nunca vio al espíritu de Estefanía. Cuando ella falleció, fue a la luz directamente. Nunca pudo despedirse de ella ni pedirle perdón. Por eso, estaba condenado a repetir la misma escena noche tras noche, durante más de ciento treinta años. Le confesó a Marta que empezaba a estar cansado, que quería marcharse, que quería abandonar definitivamente este mundo, pero que no sabía cómo hacerlo.
Pasaron la noche hablando plácidamente. Cuando faltaba poco para amanecer fue testigo de cómo volvían los espíritus. Mientras que la salida a media noche, había sido acelerada y tumultuosa, la vuelta era escalonada y más tranquila. Vio cómo cada espíritu atravesaba la puerta del cementerio y se dirigía a su tumba para meterse dentro, para volver a salir, nuevamente, a las doce de la noche. Marta se despidió de Braulio. Se volvió a su escondite y esperó el momento oportuno para salir y regresar a su casa.
Le había gustado tanto la historia de Braulio, que decidió investigar los hechos que él le contó en la hemeroteca del periódico del pueblo. Verificó que, efectivamente, Braulio había muerto en un duelo en 1889. También vio la foto de la boda de Estefanía apenas dos semanas después de su fallecimiento, pues Isidro era hijo de la persona más rica del pueblo y tenía poder para agilizar los trámites. Fue todo un acontecimiento en la zona. Estefanía e Isidro tuvieron un hijo, Ramón, que nació prematuro a los ocho meses del matrimonio. Murió en la guerra civil, pero dejó descendencia, un hijo llamado Eduardo, que montó una fábrica en el pueblo, que en la actualidad regentaba su nieto, que también se llamaba Eduardo y hacía poco que había ganado un premio a la mejor empresa de la zona.
Volvió al cementerio para contárselo a Braulio. Se lo encontró ante la tumba de Estefanía, arrodillado ante ella, lamentándose, como cada noche.
—Braulio, ¿por qué te arrodillas ante ella todas las noches? Seguro que ya te perdonó—le dijo Marta.
—No tengo otra cosa que hacer, solo lamentarme. Tenía que haber sido más rápido, haber disparado primero.
—Debes pasar página. Ciento treinta años son muchos años. Debes avanzar. ¿No ves la luz en algún sitio?
—De vez en cuando, pero no se me ha perdido nada allí. Cuando la veo, me alejo de ella y acaba desapareciendo.
—Debes ir hasta allí. Quizá te espere alguien. Quizá esté Estefanía y podáis hablar.
—¿Quién eres tú? —Grita una voz masculina, sobresaltando a Marta y haciendo desaparecer a Braulio—¿Qué haces aquí? ¿Así que eres tú quien merodea últimamente por estas tumbas?
—Perdón, ya me iba.
—¿Ah sí? ¿Y por dónde te vas a ir? Está cerrado. ¿Qué haces en el panteón de mi familia?
—¿Tú eres Eduardo?
—Será mejor que me cuentes una historia convincente, si no quieres que llame a la policía.
Marta comenzó a contarle a Eduardo toda la historia. Al principio, estaba un poco nerviosa, ya que era una situación tensa, a la par que extraña y surrealista. Poco a poco, el ambiente se fue relajando e, incluso, se hizo agradable. Braulio estuvo todo el tiempo en la sombra, vigilando por si tenía que defender a Marta en algún momento. Cuando vio que la situación mejoraba se hizo visible ante ellos. Eduardo se quedó petrificado. Primero, su expresión fue de horror. Se quedó paralizado. Pero, cuando Marta le explicó quién era, se relajó. Después, cuando ya recuperó el habla, dijo que se parecía mucho a su abuelo. Aquello desconcertó a Braulio. No era posible.
Lentamente, apareció una luz de la nada, iluminando todo el panteón. De la luz surgió una mujer joven, con un vestido blanco hasta los tobillos. Era Estefanía. Braulio corrió hacia ella y la abrazó, emocionado. Le dijo que llevaba una eternidad echándola de menos, que necesitaba pedirle perdón por no haber sabido hacerla feliz y por no haber estado con ella hasta el final de sus días como le había prometido. Estefanía le dijo que eso no era así, que sí que le había hecho muy feliz y que le había dado lo mejor de su vida: un hijo. Le contó que cuando falleció, Isidro se hizo cargo de ese niño, como si fuera suyo. Preparó la boda, agilizando los trámites todo lo que pudo, para que las malas lenguas del pueblo no murmurasen y Estefanía no tuviese una vida llena de torturas y sufrimiento. Además, así, él pagaba por su crimen, por haberle arrebatado la vida a Braulio, su amigo. Estefanía le tendió la mano a Braulio y éste la tomó. Ambos miraron a Marta y Eduardo y se despidieron de ellos. Entraron en la luz y ésta desapareció, volviendo la oscuridad de nuevo al panteón.
Marta y Eduardo se miraron atónitos. Habían sido dos testigos de excepción.
Pasaron lo poco que quedaba de la noche charlando amigablemente, hasta que se hizo de día y pudieron salir sin ser vistos, una vez abiertas las puertas del cementerio.
Ya en la calle, Eduardo le preguntó a Marta, con una sonrisa de complicidad:
—¿Tomamos un café?
Era como si se conocieran de toda la vida.
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Dedicado a M. Flóser por iluminarme con el título del relato cuando estaba estancada.
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