—Venga, mamá, no llores. No te pongas así. Ya sé que no quieres ir a una residencia. Nadie quiere, pero es lo mejor para ti. Necesitas cuidados especiales veinticuatro horas. Te queremos y queremos lo mejor para ti.
—Yolanda, no te molestes en hablarle, no te entiende, hace mucho que ni siquiera sabe quién eres —le dijo su marido.
—Es mi madre, no soporto verla así. Algo entiende, porque se le saltan las lágrimas —dijo llorando, casi sin poder hablar.
Yolanda llevó a su madre a la residencia a la hora convenida. La directora del centro ya había visto a Margarita anteriormente y había dado su aprobación para aceptarla como residente. Era una residencia muy exclusiva. No aceptaban a cualquier persona. Aunque el coste mensual era muy elevado, no apto para todos los bolsillos, la directora negaba la residencia a personas famosas y muy ricas. Decía que no solo era una cuestión de dinero, sino también de actitud. Ella, personalmente, seleccionaba a los residentes, uno a uno, tras hacerles una entrevista, una serie de pruebas médicas e, incluso, pasando una noche allí, todo ello sin estar la familia presente en ningún momento. Si todo resultaba correcto, según los parámetros secretos de la directora, el anciano en cuestión pasaba a ser residente.
Margarita había pasado todas las pruebas pertinentes y, según la directora, con muy buena nota. La residencia se llamaba El Colegio. Vanesa, que así se llamaba la directora, había sido en su juventud profesora de colegio y se había criado en un estricto colegio de monjas. De un día para otro, decidió cambiar de profesión y dedicarse a los ancianos en vez de a los niños. Decía que las personas mayores tenían que volver a aprender y que su misión en esta vida era volver a enseñarles las cosas básicas, ya que, al fin y al cabo, los ancianos se volvían como niños.
—Margarita, bienvenida al Colegio. Será un placer tenerla entre nosotros. Yolanda, no se preocupe por nada. La deja en buenas manos. Les damos una segunda vida. Ya verá cómo le nota mejoría enseguida. Ya sabe que esta residencia es muy exclusiva y que no aceptamos a cualquier persona. Ha tenido ocasión de hablar con familiares de otros pacientes para asegurarse de que todo es correcto. Nuestro personal está perfectamente cualificado. Su madre aquí estará muy bien atendida. Puede venir a verla siempre que quiera.
Yolanda se acercó a su madre, le dio un beso y la cogió de la mano. A Margarita se le cayeron dos lágrimas por los laterales externos de los ojos. No hablaba, tenía la mirada perdida, pero sentía. Yolanda no paraba de llorar, mientras veía cómo su madre se alejaba sentada en una silla de ruedas, con una bolsa de ropa encima de las piernas, mientras un celador se la llevaba a la que sería su habitación a partir de ahora.
Vanesa se quedó a solas con Margarita en su nueva habitación.
—Muy bien, Margarita, ya estás en tu casa. ¿Todo bien? ¿Te acuerdas de mí? No te preocupes, te acordarás. Lo primero será asearte y cambiarte de ropa. ¡Hay que ver qué mal gusto tiene tu hija! No te pega nada esta ropa. Es de vieja. Te daré algo más de tu estilo. ¿Te parece bien una falda escocesa y una camisa blanca, como en el colegio? Mucho mejor, dónde va a parar.
Una vez aseada y cambiada de ropa, el mismo celador que la recogió a la entrada ahora le daba un paseo por la residencia para que la conociera. Le iba indicando dónde estaba el comedor, el salón, la sala de rehabilitación, el jardín… Margarita ni se inmutaba. Seguía con la mirada perdida.
El día transcurrió de una forma completamente normal. Los residentes pasaban un rato en el comedor, luego se echaban la siesta o veían la televisión, se iban a la sala de juegos, donde les ayudaban a hacer ejercicios con las manos, los brazos y las piernas o hacían puzzles. Todo era completamente normal o, al menos, eso era lo que parecía a simple vista. Cualquier persona desde fuera podría pensar que se trataba de una residencia de ancianos normal y corriente. Sin embargo, no lo era. El cambio se producía por la noche, un rato después de cenar, una vez que ya estaban acostados. Durante un tiempo, la residencia quedaba en silencio. El personal se había marchado y solo quedaba la directora, que vivía allí, y un grupo muy reducido de personas de su entera confianza. La residencia se cerraba a cal y canto. A las doce en punto de la noche, al dar las campanadas, todo cambiaba. Los residentes y los pocos sanitarios que allí había, se transformaban, cual hombre lobo con la luna llena. En cuestión de un minuto, las ropas les venían grandes, los zapatos se salían de los pies, el pelo dejaba de ser canoso y volvía a tener el color, la fuerza y el brillo que tuvieron antaño, las arrugas desaparecían, la memoria volvía a sus mentes, la sonrisa volvía a sus caras. Las puertas de las habitaciones se abrían de par en par, mientras decenas de niños corrían por los pasillos gritando, saltando, jugando. Los había de todas las edades, desde los tres años hasta los trece, catorce o quince. La residencia se había convertido en cuestión de un minuto en un verdadero colegio.
Los niños que eran más mayores se encargaban de abrir las puertas del jardín. En un rincón, al fondo, tapado, para que nadie adulto lo pudiera ver, había columpios, toboganes, porterías de fútbol, canastas de baloncesto. El colegio cobraba vida cada noche.
Vanesa, la directora, que tenía catorce años, buscaba a Margarita. Se había transformado en una edad más pequeña, trece. Era su segunda noche allí. La primera que pasó fue la de prueba. Tomó el brebaje en la cena y se acostó hasta que le hizo efecto. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Se había transformado en una niña, rápidamente, sin dolor. Podía moverse, correr, saltar, recordarlo todo. Era tan grande aquello que sintió al volver a ser niña, que no quería otra cosa, quería volver a vivir.
Durante el día, volvía a ser una anciana y volvía a su ser normal, a una persona que no recordaba ni quién era, aunque había algunos momentos en los que sí recordaba algo de lo sucedido. Durante unas horas, por la noche, volvía a ser libre, a jugar sin parar. Lo cogía con tanta ansia cada día…
Noche tras noche, los ancianos se convertían en niños. No todos podían transformarse. Por eso, era necesario pasar una prueba. Tenían que saber si esa persona se transformaba o no al tomar el brebaje. Por eso, muchos eran rechazados. El Colegio era famoso por la inexplicable mejoría de los ancianos que allí vivían. Durante el tiempo de permanencia allí, estaban felices y contentos. Física y emocionalmente mejoraban muchísimo. Era calificada como la residencia milagrosa, única en el mundo. Todo el mundo quería saber su secreto y Vanesa decía que el único secreto era dar amor y comprensión a sus ancianitos y encontrarse en un lugar apartado en medio de la naturaleza.
Sin embargo, no todo era tan bonito, no todo era tan idílico. Todo tenía un precio. Pronto Margarita lo descubriría.
Margarita y Vanesa se hicieron amigas desde el primer momento. Vanesa vio en Margarita a alguien en confiar. No podía ser su sucesora en el Colegio, porque era muy mayor y tenía Alzheimer, pero sí podría ayudarla en los momentos en los que era una niña. A Margarita le daba el brebaje la primera. Ella se encargaba de abrir y cerrar las puertas, de vigilar que todo estaba bien, que no se escapara ningún niño; algo, por otro lado, bastante complicado, porque el recinto estaba rodeado por unos muros muy altos y se encontraba alejado varios kilómetros a la redonda de cualquier núcleo urbano o casa de campo. De allí, no podía escapar nadie.
Se hicieron inseparables. Se convirtió en la mano derecha de la directora. Su curiosidad la llevó a querer averiguar cómo sucedía este milagro cada noche, qué contenía el brebaje, de dónde lo sacaba. No le costó mucho, Vanesa le confesó que lo hacía durante el día, en su momento adulto, aunque la materia prima la sacaba de noche. Los niños más mayores eran los sanitarios de la residencia. Ellos se encargaban de sacarles sangre y ADN a los niños. Debajo de la residencia existía un gigantesco búnker. Estaba lleno de pasadizos, de habitaciones, de celdas. En una de esas habitaciones había un laboratorio. Allí preparaban el brebaje que les daban a los ancianos cada noche.
El brebaje se preparaba con la sangre y manipulación de ADN de los ancianos siendo niños. Pero antes, hubo que sacarlo de niños de verdad. Durante décadas, se utilizó la sangre y el ADN de niños inocentes hasta dar con la fórmula mágica. Se probaba en personas adultas. Vio que funcionaba, que los ancianos rejuvenecían por la noche, hasta convertirse en niños, y que también mejoraban considerablemente siendo ancianos. El único problema era que esa transformación suponía un esfuerzo muy grande para un cuerpo envejecido. La mejoría era solo aparente. A las pocas semanas o, con suerte, meses, el anciano fallecía. Vanesa decía que les daba una segunda vida, aunque eso significase acortársela. Los familiares nunca se enteraban de nada. De cara a los medios, la residencia era maravillosa y Vanesa tenía un toque mágico que les insuflaba vida en sus últimos momentos.
Yolanda visitaba a su madre con asiduidad y era consciente de su mejoría.
—Vanesa, no me lo puedo creer, hasta recuerda cosas. A veces, se acuerda de mí. Estoy tan contenta. ¿Cómo lo haces?
—Solo les doy amor, tranquilidad y buenos cuidados.
Yolanda sacaba a su madre de paseo por el jardín. El lugar era precioso. Estaba en medio de la naturaleza. En tiempos pasados se creaban sanatorios en lugares como éste para curar a los enfermos, alejados de la civilización. El Colegio no era una excepción. Mientras paseaban por el jardín y Yolanda le contaba sus cosas, Margarita habló. Solo dijo una palabra: búnker.
Vanesa siempre investigaba minuciosamente al anciano al que iba a aceptar y a toda su familia. Sin embargo, cometió un grandísimo error al haber confiado en Margarita. No supo que había sido policía. No lo supo, porque, el tiempo que permaneció en el cuerpo, era una infiltrada. Todos sus datos habían sido falseados. La policía le seguía los pasos a Vanesa desde hacía años, pero nunca encontraban nada, porque los ancianos nunca hablaban. Bien, porque su enfermedad no se lo permitía, bien, porque estaban tan agusto viviendo una segunda vida, que lo ocultaban sin ningún resquemor. Además, era algo impuesto por el centro, no podían decir nada, amenazándolos con expulsarlos de allí si lo hacían. Obviamente, nadie dijo nunca nada jamás. La felicidad de aquellos ancianos cada noche era máxima.
La palabra búnker era lo único que necesitaba Yolanda, para investigar la historia de los búnkeres en la zona, relacionar desapariciones de personas y pedir una orden judicial.
Durante el registro dieron enseguida con el búnker y encontraron todo tipo de documentación, aparatos, pipetas, experimentos científicos… Encontraron también restos humanos en las celdas. Tras meses de investigación se descubrió que Vanesa tenía un origen alemán, su bisabuelo había sido científico y había servido en el ejército alemán durante la segunda guerra mundial. Su padre, que también era científico, encontró toda su documentación en un viejo baúl y retomó la investigación por su cuenta. Vanesa había seguido los mismos pasos de su padre y de su bisabuelo.
Los ancianos fueron llevados a otras residencias. Algunos de ellos hablaron y otros jamás lo hicieron. Todos, al cabo de un tiempo, acabaron falleciendo, incluída Margarita. Nunca supo que había ayudado a descubrir la trama.
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